martes, 23 julio, 2024

A nadie le debáis nada, más que amor

Este verano he tenido la suerte de disfrutar un tiempo de mi familia en mi pueblo, en la provincia de León, en el norte de España. Tiempo tranquilo de acompañar a los mayores y pequeños de la casa. Ritmo cotidiano, con espacios para hablar de corazón a corazón, y de percibir las cosas que muchas veces pasan desapercibidas, pero que dan sentido a nuestras vidas.

A veces buscamos a Dios en acontecimientos extraordinarios, pedimos a Dios «milagritos», cuando el verdadero milagro a menudo pasa inadvertido en nuestra vida cotidiana. Allí está Dios acompañándonos y haciéndose presente.

Eso es lo que experimentaba estas semanas atrás en mi pueblo: el sabor del tomate cogido de la planta, el olor del pimiento morrón o la lechuga fresca recién regada, el repicar de las campanas de la Iglesia, el murmullo del agua en el río, el paseo mañanero para saludar a las yeguas de Miguel, los abrazos de la gente querida, el compartir al fresco una velada con los vecinos a la puerta de casa,… tantas cosas simples, que nos hablan de cómo es Dios y como nos quiere.

Quizás por eso hoy me he quedado atrapado en esta frase cuando escuchábamos la lectura de la carta de Pablo a los Romanos: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Nos pasamos la vida intentando agradar, ser los mejores en todo, acumular cuantos más aparatos mejor, creyendo que eso nos va a llenar o dar sentido, cuando al final todos sabemos que lo más importante no son las cosas, ni las apariencias, ni el poder mal empleado, sino el amor.

Pero todos sabemos de que tipo de amor estamos hablando. De ese amor que como dice Jesús lo resume y lo condensa todo. Nos ayuda a crecer, da sentido a nuestro día a día, nos hacer saltar por encima de nuestros límites, nos desbloquea, pero sobre todo nos hace libres para darnos sin medida y sin condiciones. Nos impulsa a dar gratis lo que gratis hemos recibido de parte de Dios y de tanta gente a través de la cual nos cuida, nos guía, nos alienta.

En el fondo nuestra vida es una escuela para aprender a amar.

Quien bien te quiere te hará llorar.

Y en esta escuela del amor, avanzamos en la vida también en ocasiones cuando superamos las crisis. Hay un refrán castellano que dice que “quien bien te quiere te hará llorar”.

El evangelio hoy nos habla de como tenemos que lidiar con los conflictos, como podemos ayudarnos los unos a los otros a superar nuestros egoísmos y faltas de amor. Todos sabemos que, aunque nos cueste, una buena charla a calzón quitado y con cariño, pero al grano puede hacernos mucho bien.

Sentir la presencia de los amigos, de la comunidad a nuestro lado, en las duras y en las maduras es lo que nos ayuda a mirar más lejos, sentir la presencia de Dios, tener compañeros y compañeras de camino que dan sentido a esta escuela de amor.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo.

Pero no me gustaría olvidar las últimas frases de este evangelio que me parecen de especial importancia hoy.

“Os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

Jesús no dice que la presencia de Dios está cuando hay una gran multitud, como en la JMJ o en un Sínodo, sino donde dos o tres están reunidos en mi nombre. No hace falta que seamos una multitud para sentir la presencia de Dios. En ese paseo mañanero, en esa conversación, en la oración de los lunes, en el grupo de catequesis, en nuestro trabajo, en nuestras celebraciones, aquí está Dios a nuestro lado.

Ahora que es verdad que no vale cualquier reunión. Jesús dice que Dios se hace presente cuando estamos reunidos en su nombre. En el fondo cuando el amor está presente en nuestro encuentro. No es un encuentro por cumplir, por inercia u obligación. Es un encuentro donde nos reunimos en su nombre.

Vuelvo a mi pueblo, como comenzábamos. Reconocer cómo en los encuentros cotidianos, en los paseos junto al río, en los tiempos al fresco con los vecinos, allí está Dios presente cuando ponemos en el centro el amor, cuando hablamos de corazón, con verdad y sin chismorreos.

Todos necesitamos en el día a día de estos espacios gratuitos, que nos ayudan a serenarnos y no perder el rumbo, que son fuente de alegría. Ahora que empieza de nuevo la vida a tomar ritmo, y muchas veces nos las pasamos corre-que-te-corre, ojalá no olvidemos cuál es la esencia de nuestra vida y aquello que da sentido a nuestra existencia: AMAR.

Domingo 23º del Tiempo Ordinario – Ciclo A

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