martes, 23 julio, 2024

Una Iglesia de profetas

El mundo del profeta Ezequiel el Señor lo describió así: “Yo te envío a un pueblo rebelde… Sus padres y ellos me han ofendido… También los hijos son testarudos y obstinados”. Y algo nos dice que así era también el mundo de Jesús, y que así es nuestro mundo.

Conviene que leamos en el corazón de Dios para intuir lo que hay detrás de sus palabras: no lees ira, no lees castigo, no lees venganza, lees decepción, preocupación, esperanza, lees el corazón de un padre que no se rinde nunca ante la evidencia de la rebeldía de sus hijos. De ahí el profeta, la carta de amor, el mensaje que Dios escribe con añoranza de los hijos que se le han ido de casa… Tanto los amó, que les envió al profeta… Tanto los amó, que les envió a su propio Hijo… Tanto los amó, que les envió a su Iglesia…

El profeta es sacramento del amor que Dios tiene a su pueblo.

Lo primero que hoy necesito aprender es a mirar el mundo desde los ojos de Dios, desde el corazón de Dios, con la preocupación, la esperanza, la añoranza del Padre Dios que lo ama. No hemos venido a un mundo al que juzgar, sino que hemos sido enviados a un mundo al que amar, al que sanar, al que iluminar, al que salvar.

Necesito también aprender a verme a mí mismo desde Dios: Enviado de Dios a un pueblo rebelde fue el profeta Ezequiel; enviado del Padre para nuestra salvación fue Jesús de Nazaret; enviados de Jesús, como él lo fue del Padre, lo somos sus discípulos, lo es la Iglesia, cuerpo de Cristo, presencia real de Cristo en el mundo.

El Señor Dios lo dijo de Ezequiel: “Sabrán que hubo un profeta en medio de ellos”. Y nosotros lo entendemos dicho sobre todo de Jesús, y al decirlo de Jesús, lo entendemos dicho de nosotros mismos. Y también esto necesito aprenderlo: aprender a ser profeta, a escuchar la voz del Señor, a transmitir con fidelidad su mensaje, de modo que todos lean su carta de amor…

Que nos duela el mundo como le duele a Dios: también esto hemos de aprender.

Que la incredulidad de los destinatarios del mensaje, no nos duela por lo que supone de desprecio para nosotros, sino por lo que supone de rechazo del evangelio que todos necesitan recibir, de la gracia con que Dios a todos los visita, del infinito amor que a todos se revela y se ofrece.

Y si algo nos ha de doler hasta hacernos daño es el olvido de nuestra misión profética, la reducción de la fe cristiana a dogmas que creer, ritos que practicar y normas que respetar: somos el cuerpo de Cristo, sacerdote, profeta y rey; y porque somos el cuerpo de Cristo, sobre él y sobre nosotros está el Espíritu del Señor, que en Cristo nos ha ungido y nos ha enviado a evangelizar a los pobres.

No nos hagamos mensajeros de nosotros mismos, pues de ese modo a nadie aportaremos salvación.

Y no temas compartir con Cristo Jesús el rechazo y el abandono; de Jesús y nuestra es la oración con que clamamos al Señor: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo… Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios”. Pediremos misericordia, más para quien nos rechaza que para nosotros mismos, más para quien nos crucifica que para los que son crucificados… Pediremos como Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos,  porque no saben lo que hacen”…

Enviados del amor, mensajeros de la gracia, heraldos de la misericordia: una Iglesia de profetas… Es una hermosa misión.

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