Gregory Ezeokeke, cmf
Abuja, Nigeria
El viernes 15 de mayo de 2026, unos hombres armados atacaron varias escuelas en el municipio de Oriire, en el estado de Oyo (Nigeria), y secuestraron a 39 alumnas. Este suceso ha reavivado el sombrío recuerdo de las niñas de Chibok del 15 de abril de 2014. Sin embargo, desde el caso de las niñas de Chibok, el umbral de tolerancia del país ha aumentado drásticamente, hasta el punto de que este tipo de sucesos ya no nos horrorizan y las víctimas no son más que cifras en las crecientes estadísticas de violencia que el país sufre sin cesar.
La valoración de noticias como esta debería ser sencilla: ¡el secuestro es un acto de violencia contra otros seres humanos y el gobierno debe actuar! Sin embargo, la política tiene un don especial para transformar fenómenos sencillos en una realidad muy compleja. Desde que ocurrió el suceso, hemos sido testigos de interpretaciones muy extrañas al respecto. La más extraña de todas es la conclusión de algunos políticos de que el secuestro fue una maniobra orquestada contra el partido en el poder. Para ellos, el caos que genera compromete su integridad. Otros han seguido difundiendo vídeos de un secesionista que advierte de que este tipo de sucesos acabarán ocurriendo en esa parte de Nigeria que, hasta entonces, se había mantenido relativamente en paz.
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