Carolina Blázquez, ccsb
Monasterio de la Conversión (Ávila, España)
Nunca he sido tan consciente de la cantidad de imágenes en relación con el fuego que están presentes en la Escritura y de las que nos servimos para hablar de la experiencia de Dios. El fuego es un símbolo potente de la acción divina que manifiesta ese paradójico sentimiento religioso, en la expresión clásica de Rudolf Otto, de temor y fascinación, a la vez. El fuego mata y revitaliza, abate y eleva, entra dentro y arrasa por fuera, desfigura y purifica, ciega e ilumina, consume y unifica. Entiendo bien que, desde la antigüedad, este elemento cósmico se haya relacionado con la presencia de lo sagrado.
Así lo hemos vivido nosotras, las hermanas del Monasterio de la Conversión, el pasado verano. Lo veíamos, desde hacía días, en la cumbre de las montañas; pero de lejos las llamas no dan tanto miedo. Llegó un momento en el que nos cercó por delante, a la derecha y por detrás… y cuando sonaron las alarmas de los móviles anunciando la evacuación solo había un camino hacia el que dirigirnos. Éramos todo un pueblo en éxodo, silencioso, conducido por la «columna de humo y de fuego».
This content is locked
Login To Unlock The Content!





