martes, 26 octubre, 2021

NÚMERO DE VR, OCTUBRE 2021

Sinodalidad, el arte de vaciarse

El camino sinodal es lento. Tanto que en su búsqueda no es infrecuente perderse, cansarse o desistir. Todavía añoramos principios «fuertes y claros» en donde aparezcan palabras incuestionadas y verdades por todos asumidas. Nacimos en la fragilidad para ser palabra y testimonio débil de la verdad que nos enamora. Nacimos pequeños, pobres, necesitados de entornos que nos permitiesen ser, asomarnos y ofrecer. Nacimos para el diálogo y la acogida; para la comprensión y la integración. ¡En tantos lugares la vida consagrada ha sabido ser clima de pueblo en su entorno! ¡Son tantos los testimonios que nos evocan que además de sostenernos en una vivencia que busca lo sobrenatural hemos sabido ser profundamente humanos! La vida consagrada, cuando lo es, ante todo es garantía de vida. Al ofrecer lo que vive, transparenta una sencillez que hace posible que los seres humanos se encuentren con lo más limpio de sus existencias. La vida consagrada no necesita insistir en ritos y comportamientos de súper-hombres o súper-mujeres, cuando ofrece la vida que celebra, provoca que los hombres y mujeres se encuentren en su humanidad encaminada a la comunión. La vida consagrada, cuando lo es, se muestra fraterna, necesita la complicidad para caminar hacia el Reino.  En su fragilidad, la vida consagrada tiene vocación de totalidad, porque ha sido enriquecida con el arte de provocar que todos sientan la necesidad y posibilidad de ser mejores.

Los consagrados queremos ser y vivir como el Señor Jesús en nuestro tiempo. Que las palabras y las obras se encuentren y así que la felicidad no esté en otro lugar sino en no tener nada, amar mucho y reconocer a todos. Por eso los votos no nos separan sino que nos integran en la realidad; por eso nuestra vida espiritual no nos convierte en una élite segura, sino que nos devuelve a la súplica de los últimos de la tierra. Por eso, cada vez más, los claustros se han ido abriendo y rompiendo para encontrar en la calle, en el horizonte de la tierra y el cielo nuestro lugar para evocar, sencillamente, que se puede ser de Dios siendo profundamente humanos.

El camino sinodal es lento y muchas veces ambiguo. Nos podemos perder en fatigas de logros mínimos en medio de un «combate» para el que nos habíamos armado intelectualmente durante largos periodos formativos. Todavía tenemos que pelear con nuestras propias ideas que entienden la misión como posesión de la verdad que otros deben escuchar y cumplir. Todavía nos pesa mucho la necesidad de tener garantías. Todavía tenemos un concepto de comunidad cristiana que piensa y admite nuestra visión como la buena y única. Asomarnos a la realidad plural no nos aleja de Dios pero nos puede pedir separarnos de seguridades y estilos que hacen imposible vivir en clave de escucha y aprendizaje.

A la vida consagrada le pide el Espíritu que encuentre en este presente su sitio. Quizá estemos todavía en lugares solo aparentemente vivos, pero son de ayer. Somos la pedagogía más evidente de la posibilidad y los caminos diversos que sigue el Espíritu en el corazón del ser humano. Es la hora de permitir que la libertad se exprese y proponga. Es el tiempo propicio para escuchar sin juicios; es la oportunidad privilegiada para empezar a transitar por esta humanidad ofreciendo solo una palabra con sus gestos: acogida y comprensión. Es el momento de inaugurar espacios que frecuentemente nos hemos dicho que no son nuestros por no responder a estructuras estables. Intuyo que la vida consagrada si opta por situarse en «modo Reino» se va a sorprender por la dimensión nueva que adquirirán sus fronteras y visiones y cómo aglutinará tanta ansia de cambio social como se percibe en las generaciones más jóvenes.

El camino sinodal es fuerte, no es una vía estéril de «buenismo» para quedarnos tranquilos. Su arma no es la dialéctica. No es demostrar que el otro está equivocado en su apreciación o es parcial, es ofrecer un amor tan real, que acabe definitivamente con tantas fracturas de fraternidad como padecemos desde los «principios estables» de la consagración. Ya no veremos la realidad distorsionada entre los míos y los otros. La sinodalidad nos abre a la sorpresa de descubrir que detrás de cada acción hay persona… Y, como cada uno de nosotros, necesita encontrarse con su verdad.

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