domingo, 27 noviembre, 2022

¿DIÁCONOS «PERMANENTES»?

Siempre me ha llamado la atención que hablemos de «diáconos permanentes». No lo entiendo muy bien, tal vez sea ignorancia teológica o litúrgica por mi parte. Pero me pregunto por qué no hablamos, asimismo, de «cristianos permanentes», «sacerdotes permanentes», «obispos permanentes». El Diaconado es un sacramento, una de las «Órdenes sagradas mayores», como el presbiterado o el episcopado. Su «permanencia» nace de la recepción de un sacramento que «imprime carácter», igual que ocurre con el Bautismo que nos hace «cristianos para siempre», o el presbiterado y el episcopado… sacramentos «in aeternum» (aunque luego, en ninguno de los casos la «permanencia» sea general: muchos bautizados apostatan, públicamente o no, de la fe cristiana, como algunos sacerdotes, obispos, e incluso «cardenales» abandonan (o «les abandonan») el ejercicio de su ministerio sacerdotal o episcopal. Todos conocemos unos cuantos casos.

Quizás lo de «permanente» -hablando de los diáconos- se refiera más bien a que la gran mayoría son hombres casados, o sea, hombres que anteriormente han recibido otro sacramento, en principio, también, «permanente»: «hasta que la muerte nos separe». Tengo la sensación de que lo de «diáconos casados», haciendo referencia a dos sacramentos, tan sagrado el uno como el otro: el Matrimonio y el Orden Sagrado diaconal, se evita para que no aparezca tanto «lo de casados», algo así como que el Matrimonio desluce o entorpece la «sacralidad» del Orden del Diaconado, como que los laicos casados ordenados diáconos no pertenecen «del todo» al estado de «consagrados» y continúan siendo «laicos», cristianos de segunda categoría, ovejas anónimas de la grey eclesial. Recordemos cómo no hace muchas décadas, el Matrimonio era considerado como «un mal menor, para evitar la concupiscencia de la carne y asegurar la perpetuidad de la especie humana»  (algo «así» me enseñaron a mí). ¡Siempre «el dichoso sexo» (incluso en la vida conyugal sacramentalizada) complicándonos la vida!  Por eso, no es extraño que los diáconos «casados»… ¡los más (y mal) llamados «permanentes»!, no acaban de cuajar en el panorama eclesial, sacramental, eclesial… de algunas de nuestras diócesis. Soy testigo de cómo estos diáconos, tan diáconos como aquellos que son «temporales» (ésos sí que no son «permanentes») a la espera de la Ordenación sacerdotal, son considerados «diáconos de segunda categoría»…  algo así, como que «son diáconos… pero no tanto» (me decía hace algún tiempo un cura muy leído e intelectual).

Es una pena, conozco diáconos «casados» -y por tanto, «permanentes» en su matrimonio y en su diaconado- de una profunda fe cristiana, una entrega y generosidad sin límites y una ilusión grande por servir a la Iglesia, como esposos y también (sin merma de nada) como diáconos ordenados «para siempre». En el fondo, es obvio, está el larvado, universalizado y corrosivo «clericalismo», del cual tanto nos pone en guardia el Papa Francisco. No somos -o no debemos ser- «una casta sacerdotal/episcopal», sino una Iglesia Pueblo de Dios, como tanto nos insistió el Vaticano II, en la cual cada uno tiene su ministerio por vocación y «por sacramento», y todos los oficios, son ministerios, es decir, «servicios», tan valiosos los unos como los otros. Un abrazo lleno de gratitud a todos los «diáconos casados», saludos a sus esposas y a sus hijos, y tal vez, nietos. Vosotros también sois parte importante de la Iglesia de hoy y desde siempre…

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