Stat Crux dum volvitur orbis

0
35

Gonzalo Fernández Sanz

Director de VR

En tiempos de la Inteligencia Artificial no estamos para muchos latines. Y, sin embargo, el lema de los cartujos, esculpido con cinco escuetos términos en latín, nos ayuda a no quedar atrapados por el torbellino de la historia. Su significado es diáfano: «La Cruz permanece firme mientras el mundo gira». Los cartujos son una orden contemplativa fundada por San Bruno en el año 1084. Su silencio histórico contrasta con nuestro ruido moderno.

¿Qué podemos aprender de una orden minoritaria surgida hace casi diez siglos? Para comprender su idiosincrasia, a menudo se cita otro lema informal: Carthusia nunquam reformata, quia nunquam deformata, que podemos traducir como: «La Cartuja nunca ha sido reformada, porque nunca se ha deformado». A diferencia de la gran mayoría de las órdenes religiosas tradicionales, que a lo largo de los siglos sufrieron divisiones o experimentaron la necesidad de reforma para volver a sus orígenes, los cartujos han mantenido intacto su estilo de vida eremítico, solitario
y contemplativo desde su fundación.

Una mala interpretación de este segundo axioma cartujano nos llevaría a postular una vida consagrada pétrea, inmune a cualquier cambio, alejada de este mundo. Si así fuera, dejaría de ser vida, porque vivir es cambiar. La verdadera interpretación del carisma cartujano remite al lema principal. Para que las formas de vida consagrada cambien sin deformarse, necesitan anclarse en la Cruz de Jesús, que «permanece firme mientras el mundo gira».

Durante las seis décadas de renovación conciliar, la vida consagrada ha puesto el acento en el cambio. Desde el comienzo de este período se habló de «adecuada renovación», aggiornamento, refundación, innovación, etc.
Con términos diferentes, hemos sentido la necesidad de verter el vino nuevo de nuestros carismas en odres contemporáneos. Hemos vivido la fascinación por lo nuevo, convencidos de que somos seguidores de Aquel que sigue diciendo hoy: «Yo hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Esto nos ha permitido deshacernos de tradiciones obsoletas, conectar con el espíritu de nuestro tiempo, esbozar una fundamentación teológica más sólida y ensayar nuevas formas de seguir a Jesús en el contexto de la posmodernidad líquida. Ahora, metidos de lleno en el siglo XXI, podemos tener la impresión de que los tiempos se aceleran tanto que nos resulta imposible movernos a su ritmo. ¿En qué consiste entonces renovarnos? Muchos consagrados tienen la impresión de que ya no pueden ponerse al día. Dejan que la historia los adelante. Se refugian en lo ya conseguido o se limitan a pequeñas adaptaciones.

¿No habrá llegado el momento de buscar inspiración en el viejo lema cartujano? Quizá lo verdaderamente nuevo consista en viajar a lo esencial. Mientras «el mundo gira», necesitamos un punto firme que nos permita vivir con serenidad este momento sin ser succionados por el torbellino de la historia. Ese punto firme no es otro que la Cruz de Jesús. Si algo puede aportar la vida consagrada a la Iglesia y a la humanidad en este cambio de época, es su experiencia de la Cruz de Jesús como ancla firme en el mar de la historia. Al igual que María, también los hombres y mujeres consagrados permanecemos junto a la Cruz. Aprendemos a «estar» cerca de Jesús para «ser» como Él. Se trata de una experiencia contracultural que desenmascara la fortísima autorreferencialidad que hoy vivimos. Como Pablo, somos conscientes de que «el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios»
(1Cor 1,18). Por nuestro estilo de vida abnegado y entregado, tendría que resultar patente que los religiosos y religiosas «predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1,23-24).

A menudo se critica a algunos jóvenes que abrazan hoy la vida consagrada por su búsqueda de seguridad. Si este paso fuera una huida de los avatares del mundo y de la responsabilidad que implica afrontar el momento presente, indicaría una concepción equivocada de la vida consagrada. Pero si representa una decisión lúcida por parte de una generación que ha descubierto la Cruz de Jesús como verdadera «ancla de salvación», estaríamos ante un hecho profético que puede empujar a toda la vida consagrada a no perder su referencia fundamental en este cambio de época. Somos seguidores de un Crucificado (y por eso entregamos la vida) que ha roto las barreras de la muerte (y por eso esperamos contra toda esperanza). El mundo puede seguir girando.