Gonzalo Fernández Sanz
Director de VR
En el hemisferio norte, septiembre y octubre son los meses en los que se comienza un nuevo curso académico, pastoral y comunitario. Suele ser también un momento oportuno para
que las comunidades de vida consagrada hagan su programación
Desde hace décadas, muchas elaboran cada año —o en ciclos más amplios (un trienio, por ejemplo)— su proyecto comunitario1. Los nombres fluctúan, según contextos y culturas congregacionales. A veces se le ha llamado también proyecto de vida comunitaria, programación comunitaria, plan local o proyecto apostólico-comunitario. Más allá del nombre y de sus diferencias técnicas, la intención ha sido semejante: ayudar a una comunidad concreta, situada en un lugar concreto y formada por personas concretas, a preguntarse qué quiere Dios de ella en un momento particular de la historia y cómo puede responder a su voluntad. El proyecto comunitario no sustituye a las Constituciones, que son el verdadero proyecto evangélico de vida de una comunidad de consagrados, sino que ofrece la concreción necesaria para que las Constituciones dialoguen de manera realista con la vida cotidiana.
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