Dejarnos acompañar

Tengo una amiga, religiosa de otra Congregación, que expresa asombro ante ciertas dinámicas y formas de relacionarnos en nuestras instituciones. A ella le digo muchas veces que “a mí lo que me sorprende es que ciertas cosas le sorprendan”. Eso no significa que no haya realidades que me dejan bastante pasmada y una de ellas es la dificultad que tenemos para dejarnos ayudar.

Quizá sea por los derroteros que va tomando mi vida últimamente, pero descubro y saboreo con cierta frecuencia que el tema del acompañamiento sigue siendo una asignatura pendiente en el día a día de muchas personas que desean seguir a Jesús y vivir con seriedad su vida. Y esto, que es dificultad en cualquier vocación cristiana, se me convierte en desconcierto en quienes nos sentimos llamadas a vivir esta en la Vida Consagrada.

No sé si se trata de un problema de autosuficiencia, de pudor, de trabas para narrarnos en verdad ante otro y presentarnos vulnerables, de dificultad para encontrar a personas capaces de llevar adelante este servicio, de entender que me resulta suficiente con aquello que “Dios me inspira”… pero el dato es que bastante menos gente de la deseable está haciendo de su existencia un camino acompañado. Y no solo me asombra este dato, sino también que el número de personas acompañadas sea inversamente proporcional a quienes se sienten llamadas a “acompañar” a los demás… o, al menos, a decirles “lo que tienes que hacer”.

Igual alguno también me dirá lo que yo le digo a mi amiga: “lo que me sorprende es que te sorprenda”

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“Tú eres la que nos cuidas”

En el día a día de una casa de mayores, la cuestión de la memoria es un tema realmente complejo. Para muchas de las hermanas recordar qué han comido o cómo nos llamamos las que vivimos con ellas es un acto heroico que se complica aún más cuando hay cambios y novedades. Una de las ancianas, al ser incapaz de responder a la pregunta de “¿quién soy yo?” que le hacía su nueva superiora, ni corta ni perezosa le ha contestado: “tú eres la que nos cuidas”.

En la Vida Religiosa seguimos teniendo la asignatura pendiente del servicio de autoridad y del liderazgo, pero a veces se nos olvida lo esencial que, precisamente esta hermana con demencia senil tiene tan claro. Estamos llamadas a “ser las que cuidamos” a quienes tenemos cerca, seamos o no superioras. Dentro o fuera de nuestras comunidades, somos invitadas a proteger sin paternalismos para sacar a la luz la mejor versión de los demás, a imagen de Aquel que no deja de cuidarnos.

Ojalá no se nos olvide con esa especie de Alzheimer selectivo que deja escapar lo importante mientras atiende a lo urgente.

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Superficie y profundidad

Solo es necesario ver la fecha de la última entrada de este blog para darse cuenta de que el inicio de curso ha sido, cuanto menos, intenso. Paradójicamente, desde que regresé a la “vida cotidiana”, pocas cosas han tenido la estabilidad y el orden que se puede esperar del día a día. Pero, a pesar de la concentración de actividades y de viajes, no tengo la sensación de que me vida tenga el desorden existencial que sí tiene mi agenda.

Nunca he hecho submarinismo, pero intuyo que bucear tiene que ser algo parecido a lo que yo experimento en la última temporada: una serenidad de fondo muy distinta a la agitación y la actividad de la superficie. Vivir así es, sin duda, don inmerecido que nace de saborearse fundamentada en Otro… ¡y es tan distinto del activismo que a veces nos consume la existencia! Ojalá este nuevo curso esté lleno de momentos así: paz de fondo en medio de turbulencias.

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La cabeza sobre el pecho de Jesús

Mis contactos de WhatsApp ya saben gracias a los estados que este verano ando un poco “chocha” con mi nuevo sobrino de poco más de un mes. Hacía mucho que no había un bebé en la familia y su amama y las izekos (abuela y tías en euskera) andábamos arañando ocasiones para cogerlo en verdaderas “adoraciones del niño”.

Que llore bastante nos ha servido de excusa para intentar consolarlo de brazo en brazo. Con todo, lo que antes y más le serenaba es colocar su cabeza sobre el pecho de alguien. El latido del corazón, algo que ha escuchado desde el seno de mi hermana, le tranquilizaba. Y esto puede parecer un poco “deformación monjil profesional”, pero a mí me ha ayudado a rezar.

Se me ocurría pensar que, ante tantas incertidumbres e inquietudes, también nosotros estamos llamados a serenarnos apoyando la vida y la cabeza en el pecho de Jesús, como lo hizo el discípulo amado la noche en que Él “les amó hasta el extremo” (Jn 13,1.25). Igual, de tanto escuchar cómo y por quiénes late el corazón del Maestro, se nos acompasa nuestro palpitar al suyo y empezamos a intuir la vida y al Padre desde el mismo pálpito que Él. A lo mejor, empezamos a respirar al mismo ritmo que el de su pecho y afrontamos la existencia respirando a la vez que Él.

Puede parecer muy “pasivo”, pero me da a mí que todos nuestros esfuerzos tendrían que orientarse a apoyar nuestra cabeza en el pecho del Señor ¿no os parece?

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Poner “cara rara”

Ayer fui testigo de una conversación muy simpática. Una nieta y su abuela iban caminando por el barrio mientras la adolescente intentaba hacerle caer en la cuenta a su compañera que ponía caras raras cuando se cruzaba con personas “peculiares”. Ella le intentaba expresar que tenía que tener cuidado, porque con su rostro expresaba desconcierto y disgusto. Ella, por su parte, no hacía más que insistir en que a ella “no se le notaba nada”. La más joven, en vez de enfadarse, le decía con cariño y buen humor que,  si ella se daba cuenta, también los “afectados” por sus caras raras podrían percibir su extrañeza. Con todo, la otra se empeñaba en que no hacía gestos, provocando las risas de su nieta.

A todos nos pasa como a esa abuela y dejamos traslucir lo que de verdad nos pasa por el corazón de muchas maneras. Aunque nuestras palabras sean políticamente correctas, aunque nos creamos nuestros discursos, aunque mantengamos la convicción de que cuanto decimos es la verdad más honda… lo que albergamos en el corazón sale a la luz antes o después, de un modo u otro. Y es que “nada hay oculto que no se manifieste, nada ha sucedido en secreto que no se divulgue” (Mc 4,22).

Ojalá se nos vaya regalando que todo aquello que sabemos “de cabeza”, poco a poco, se convierta en algo sabido “desde el corazón” ¡vaya a ser que “pongamos caras raras”!

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Raíces

Hay circunstancias en las que volver la mirada hacia la propia historia resulta inevitable. Quien se haya embarcado en la aventura de hacer una tesis doctoral estará de acuerdo que terminarla con la defensa pública es uno de esos momentos que provocan mirar hacia atrás y agradecer. Esta fue la excusa para una conversación que tuve el otro día con un buen amigo, que me resultó un regalo, que estoy recordando con frecuencia y que me parece digna de recuperar en un post. Hablábamos de lo que suponía estar arraigados y ambos compartíamos la convicción de todo lo que nos jugamos existencialmente en la base sobre la que hayamos cimentado la propia vida.

Igual es porque los dos somos cuarentones y ya no necesitamos que otros nos cuenten que hay un tiempo en el que se puede “sobrevivir” sosteniéndonos en expectativas, propias o ajenas, en nuestras capacidades o en las metas laborales que nos marcamos. Pero llega un momento en el que la realidad se impone, muestra el verdadero valor de todo eso y sólo nos podemos mantener en pie cuando se ha invertido tiempo, esfuerzo y búsquedas en cuidar las raíces para arraigarnos en el Único firme.

Él se expresaba usando la parábola evangélica del árbol bueno que, porque tiene buenas raíces, puede dar fruto, quizá poco, pero bueno (Mt 7,16-18). A mí se me repite la expresión del mismo Dios en boca de Isaías: “Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes” (Is 7,9). Raíces, cimientos… da igual la imagen, siempre que sostengan la vida.

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Griego clásico y Eucaristía

Nunca he negado mi condición de friki, al revés, tengo la certeza de que en esta vida hay que estar entusiasmada por algo hasta el punto de poder parecer extravagante o rara, que es la definición que hace la RAE de este adjetivo. Pues en mi peculiar afición a la Biblia, su mundo y sus lenguas, me estoy leyendo un libro que resulta muy recomendable: “La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego”. La autora, una verdadera apasionada por el griego clásico, te va introduciendo en la lógica interna de esta lengua muerta de forma muy graciosa y amena. Esto ya me lleva a una primera consecuencia muy aplicable a la misión: sólo puede despertar pasión por algo (o por Alguien) quien vive apasionada por eso mismo.

Me diréis que qué tiene que ver todo esto con la Eucaristía. Debe ser por la cercanía de la fiesta del Corpus, pero me ha venido esta relación cuando he empezado a leer cómo la autora explica que en griego las palabras puedan estar en singular, dual y plural. Ella pretendía mostrar que, mientras nosotros nos ocupamos de la cantidad, del número de elementos, a los griegos les interesaba más la relación. De ahí que el dual se utiliza no tanto porque haya “dos” cosas, sino por el estrecho vínculo que, sin dejar de ser dos, se convierten en una unidad.

Hablar de Eucaristía nunca es hablar de números ni de cantidad, sino de lazos, de deseo de unión y de cercanía. Celebrar la Eucaristía nos lanza a generar vínculos y puentes allá donde estamos. Adorar la Eucaristía es acoger a ese Dios empeñado en entrar en relación con nosotros hasta que Él mismo nos decline en dual con Él.

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Reclinar la cabeza

Madrugar y usar el transporte público implica que dormir con desconocidos o velar sus sueños es una práctica habitual y cotidiana. Esta mañana en el autobús hacia Moncloa, mi compañera de viaje había caído en brazos de Morfeo y yo, de refilón, iba viendo cómo poco a poco inclinaba la cabeza hasta acercarse peligrosamente a mí. Os podéis imaginar que me he pasado parte del viaje mirando de reojo cómo se iba acercando y temiendo que, en la primera curva, su cabeza acabara apoyada en mi hombro.

Como soy un poco “freaky bíblica”, la escena me ha recordado lo que Jesús dice en el evangelio de Mateo: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Se me ocurría pensar que igual nuestra vocación tiene que ver precisamente con ofrecer un hombro en el que reclinar la cabeza para aquellos que no encuentran otro lugar en el que apoyar sus vidas y descansar el corazón. Me daba por imaginar que quizá esta disponibilidad para convertirnos en “almohadas” de la existencia ajena sea más importante que muchas de nuestras tareas, aunque luzca bastante menos. La paradoja es que sólo podremos asumir esta misión en la medida en que nosotros hagamos lo mismo que el discípulo amado en el evangelio de Juan: recostar nuestra vida sobre el pecho de Jesús (Jn 13,25).

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De expectativas y cambios

Últimamente me estoy aficionando a una serie que dan cada semana en televisión y que se desarrolla durante los años veinte, en una “escuela de señoritas” ubicada en Sevilla. Más allá de la trama y del contraste entre la educación femenina clásica y la nueva percepción de la mujer que podría estar despertando en esa época, lo que más me gusta es la finura psicológica que muestran a la hora de describir los personajes. A golpe de miradas, palabras y gestos, no resulta difícil vislumbrar los miedos, las dudas, luchas interiores e inseguridades que experimentan las protagonistas.

Del capítulo de ayer me quedo con el modo en que una de las profesoras, prototipo de quien cumple socialmente cuanto se espera de ella, empieza a descubrir que su yo más verdadero se esconde y se ahoga bajo el rol social que tan bien interpreta. Es el encuentro con un tú capaz de mirar más allá de su máscara lo que le inquieta y le permite intuir otra forma de vivir. De forma muy sutil al espectador se nos invita a reconocer el profundo deseo de cambio y, a la vez, el miedo que provoca salir de lo seguro, aunque resulte asfixiante.

Es verdad que no estamos en esa época ni bajo esos parámetros sociales, pero no me resulta difícil reconocer bajo estos personajes algo que todos y todas vivimos: el peso de las expectativas que nosotros u otros vuelcan como un peso que nos asfixia y la valentía necesaria para preferir verdad a la seguridad de lo conocido y dominado. Como en la serie, en creyente también es el encuentro con Otro el que desvela nuestras mentiras existenciales, el que nos urge por dentro a liberarnos de miedos y a sacar nuestro yo más verdadero a la luz, lanzándonos a lo incierto de un terreno que no es conocido. Ojalá nos suceda como en la serie, en la que, a pesar de las resistencias iniciales de la protagonista, termina el capítulo rindiéndose al impulso que le permite respirar profundo. Ojalá seamos mediación de ese Dios que despliega alas y rompe las expectativas, por muy santas y venerables que estas sean.

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De silencio y entrega de la vida

Este año la Semana Santa me ha encontrado participando en nuestro Capítulo General, y justo hoy, Jueves Santo, hemos tenido una larga sesión escuchando la memoria de todo lo que se ha hecho en la Congregación a lo largo de los últimos seis años. Sin duda esto tiene mucho que ver con que hoy me brotara fijarme en lo discreto que resulta ser el Galileo a la hora de entregar la vida. Lo hace en la intimidad del grupo de sus amigos, sin adornos ni alharacas, en unos gestos tan discretos como desconcertantes: partir y repartir el pan, lavar los pies de sus discípulos.

Quizá entregar nuestra vida para dar vida alrededor también tiene que ver con el silencio, la discreción y lo escondido, frente al gusto que solemos tener por mostrar y hacer públicos nuestros logros, mientras ocultamos nuestros límites y evitamos la autocrítica.

Le pido a Jesús que, al contemplarle esta tarde, nos vaya haciendo más silenciosos y menos necesitados de publicitar el amor.

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