La cabeza sobre el pecho de Jesús

Mis contactos de WhatsApp ya saben gracias a los estados que este verano ando un poco “chocha” con mi nuevo sobrino de poco más de un mes. Hacía mucho que no había un bebé en la familia y su amama y las izekos (abuela y tías en euskera) andábamos arañando ocasiones para cogerlo en verdaderas “adoraciones del niño”.

Que llore bastante nos ha servido de excusa para intentar consolarlo de brazo en brazo. Con todo, lo que antes y más le serenaba es colocar su cabeza sobre el pecho de alguien. El latido del corazón, algo que ha escuchado desde el seno de mi hermana, le tranquilizaba. Y esto puede parecer un poco “deformación monjil profesional”, pero a mí me ha ayudado a rezar.

Se me ocurría pensar que, ante tantas incertidumbres e inquietudes, también nosotros estamos llamados a serenarnos apoyando la vida y la cabeza en el pecho de Jesús, como lo hizo el discípulo amado la noche en que Él “les amó hasta el extremo” (Jn 13,1.25). Igual, de tanto escuchar cómo y por quiénes late el corazón del Maestro, se nos acompasa nuestro palpitar al suyo y empezamos a intuir la vida y al Padre desde el mismo pálpito que Él. A lo mejor, empezamos a respirar al mismo ritmo que el de su pecho y afrontamos la existencia respirando a la vez que Él.

Puede parecer muy “pasivo”, pero me da a mí que todos nuestros esfuerzos tendrían que orientarse a apoyar nuestra cabeza en el pecho del Señor ¿no os parece?

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Poner “cara rara”

Ayer fui testigo de una conversación muy simpática. Una nieta y su abuela iban caminando por el barrio mientras la adolescente intentaba hacerle caer en la cuenta a su compañera que ponía caras raras cuando se cruzaba con personas “peculiares”. Ella le intentaba expresar que tenía que tener cuidado, porque con su rostro expresaba desconcierto y disgusto. Ella, por su parte, no hacía más que insistir en que a ella “no se le notaba nada”. La más joven, en vez de enfadarse, le decía con cariño y buen humor que,  si ella se daba cuenta, también los “afectados” por sus caras raras podrían percibir su extrañeza. Con todo, la otra se empeñaba en que no hacía gestos, provocando las risas de su nieta.

A todos nos pasa como a esa abuela y dejamos traslucir lo que de verdad nos pasa por el corazón de muchas maneras. Aunque nuestras palabras sean políticamente correctas, aunque nos creamos nuestros discursos, aunque mantengamos la convicción de que cuanto decimos es la verdad más honda… lo que albergamos en el corazón sale a la luz antes o después, de un modo u otro. Y es que “nada hay oculto que no se manifieste, nada ha sucedido en secreto que no se divulgue” (Mc 4,22).

Ojalá se nos vaya regalando que todo aquello que sabemos “de cabeza”, poco a poco, se convierta en algo sabido “desde el corazón” ¡vaya a ser que “pongamos caras raras”!

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Raíces

Hay circunstancias en las que volver la mirada hacia la propia historia resulta inevitable. Quien se haya embarcado en la aventura de hacer una tesis doctoral estará de acuerdo que terminarla con la defensa pública es uno de esos momentos que provocan mirar hacia atrás y agradecer. Esta fue la excusa para una conversación que tuve el otro día con un buen amigo, que me resultó un regalo, que estoy recordando con frecuencia y que me parece digna de recuperar en un post. Hablábamos de lo que suponía estar arraigados y ambos compartíamos la convicción de todo lo que nos jugamos existencialmente en la base sobre la que hayamos cimentado la propia vida.

Igual es porque los dos somos cuarentones y ya no necesitamos que otros nos cuenten que hay un tiempo en el que se puede “sobrevivir” sosteniéndonos en expectativas, propias o ajenas, en nuestras capacidades o en las metas laborales que nos marcamos. Pero llega un momento en el que la realidad se impone, muestra el verdadero valor de todo eso y sólo nos podemos mantener en pie cuando se ha invertido tiempo, esfuerzo y búsquedas en cuidar las raíces para arraigarnos en el Único firme.

Él se expresaba usando la parábola evangélica del árbol bueno que, porque tiene buenas raíces, puede dar fruto, quizá poco, pero bueno (Mt 7,16-18). A mí se me repite la expresión del mismo Dios en boca de Isaías: “Si no os afirmáis en mí, no seréis firmes” (Is 7,9). Raíces, cimientos… da igual la imagen, siempre que sostengan la vida.

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Griego clásico y Eucaristía

Nunca he negado mi condición de friki, al revés, tengo la certeza de que en esta vida hay que estar entusiasmada por algo hasta el punto de poder parecer extravagante o rara, que es la definición que hace la RAE de este adjetivo. Pues en mi peculiar afición a la Biblia, su mundo y sus lenguas, me estoy leyendo un libro que resulta muy recomendable: “La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego”. La autora, una verdadera apasionada por el griego clásico, te va introduciendo en la lógica interna de esta lengua muerta de forma muy graciosa y amena. Esto ya me lleva a una primera consecuencia muy aplicable a la misión: sólo puede despertar pasión por algo (o por Alguien) quien vive apasionada por eso mismo.

Me diréis que qué tiene que ver todo esto con la Eucaristía. Debe ser por la cercanía de la fiesta del Corpus, pero me ha venido esta relación cuando he empezado a leer cómo la autora explica que en griego las palabras puedan estar en singular, dual y plural. Ella pretendía mostrar que, mientras nosotros nos ocupamos de la cantidad, del número de elementos, a los griegos les interesaba más la relación. De ahí que el dual se utiliza no tanto porque haya “dos” cosas, sino por el estrecho vínculo que, sin dejar de ser dos, se convierten en una unidad.

Hablar de Eucaristía nunca es hablar de números ni de cantidad, sino de lazos, de deseo de unión y de cercanía. Celebrar la Eucaristía nos lanza a generar vínculos y puentes allá donde estamos. Adorar la Eucaristía es acoger a ese Dios empeñado en entrar en relación con nosotros hasta que Él mismo nos decline en dual con Él.

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Reclinar la cabeza

Madrugar y usar el transporte público implica que dormir con desconocidos o velar sus sueños es una práctica habitual y cotidiana. Esta mañana en el autobús hacia Moncloa, mi compañera de viaje había caído en brazos de Morfeo y yo, de refilón, iba viendo cómo poco a poco inclinaba la cabeza hasta acercarse peligrosamente a mí. Os podéis imaginar que me he pasado parte del viaje mirando de reojo cómo se iba acercando y temiendo que, en la primera curva, su cabeza acabara apoyada en mi hombro.

Como soy un poco “freaky bíblica”, la escena me ha recordado lo que Jesús dice en el evangelio de Mateo: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Mt 8,20). Se me ocurría pensar que igual nuestra vocación tiene que ver precisamente con ofrecer un hombro en el que reclinar la cabeza para aquellos que no encuentran otro lugar en el que apoyar sus vidas y descansar el corazón. Me daba por imaginar que quizá esta disponibilidad para convertirnos en “almohadas” de la existencia ajena sea más importante que muchas de nuestras tareas, aunque luzca bastante menos. La paradoja es que sólo podremos asumir esta misión en la medida en que nosotros hagamos lo mismo que el discípulo amado en el evangelio de Juan: recostar nuestra vida sobre el pecho de Jesús (Jn 13,25).

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De expectativas y cambios

Últimamente me estoy aficionando a una serie que dan cada semana en televisión y que se desarrolla durante los años veinte, en una “escuela de señoritas” ubicada en Sevilla. Más allá de la trama y del contraste entre la educación femenina clásica y la nueva percepción de la mujer que podría estar despertando en esa época, lo que más me gusta es la finura psicológica que muestran a la hora de describir los personajes. A golpe de miradas, palabras y gestos, no resulta difícil vislumbrar los miedos, las dudas, luchas interiores e inseguridades que experimentan las protagonistas.

Del capítulo de ayer me quedo con el modo en que una de las profesoras, prototipo de quien cumple socialmente cuanto se espera de ella, empieza a descubrir que su yo más verdadero se esconde y se ahoga bajo el rol social que tan bien interpreta. Es el encuentro con un tú capaz de mirar más allá de su máscara lo que le inquieta y le permite intuir otra forma de vivir. De forma muy sutil al espectador se nos invita a reconocer el profundo deseo de cambio y, a la vez, el miedo que provoca salir de lo seguro, aunque resulte asfixiante.

Es verdad que no estamos en esa época ni bajo esos parámetros sociales, pero no me resulta difícil reconocer bajo estos personajes algo que todos y todas vivimos: el peso de las expectativas que nosotros u otros vuelcan como un peso que nos asfixia y la valentía necesaria para preferir verdad a la seguridad de lo conocido y dominado. Como en la serie, en creyente también es el encuentro con Otro el que desvela nuestras mentiras existenciales, el que nos urge por dentro a liberarnos de miedos y a sacar nuestro yo más verdadero a la luz, lanzándonos a lo incierto de un terreno que no es conocido. Ojalá nos suceda como en la serie, en la que, a pesar de las resistencias iniciales de la protagonista, termina el capítulo rindiéndose al impulso que le permite respirar profundo. Ojalá seamos mediación de ese Dios que despliega alas y rompe las expectativas, por muy santas y venerables que estas sean.

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De silencio y entrega de la vida

Este año la Semana Santa me ha encontrado participando en nuestro Capítulo General, y justo hoy, Jueves Santo, hemos tenido una larga sesión escuchando la memoria de todo lo que se ha hecho en la Congregación a lo largo de los últimos seis años. Sin duda esto tiene mucho que ver con que hoy me brotara fijarme en lo discreto que resulta ser el Galileo a la hora de entregar la vida. Lo hace en la intimidad del grupo de sus amigos, sin adornos ni alharacas, en unos gestos tan discretos como desconcertantes: partir y repartir el pan, lavar los pies de sus discípulos.

Quizá entregar nuestra vida para dar vida alrededor también tiene que ver con el silencio, la discreción y lo escondido, frente al gusto que solemos tener por mostrar y hacer públicos nuestros logros, mientras ocultamos nuestros límites y evitamos la autocrítica.

Le pido a Jesús que, al contemplarle esta tarde, nos vaya haciendo más silenciosos y menos necesitados de publicitar el amor.

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San José, Espíritu Santo y discernimiento

Es verdad que la Escritura, cuando es proclamada, adquiere unas resonancias distintas a cuando es leída. Parece que llega a nuestra vida de manera distinta, o al menos eso me ha sucedido esta mañana. He leído y escuchado mil veces la lectura de Mateo que le da a José protagonismo, pero hoy me sonaba con fuerza el anuncio que recibe:

“José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo(Mt 1,20).

Lo más habitual es pensar que, con esta frase, al pobre José le están aliviando la duda sobre la fidelidad o no de María. Pero eso no me encaja demasiado con la descripción que el propio evangelista hace de este hombre como alguien justo (Mt 1,19). En la Escritura este adjetivo describe a quienes se ocupan y se preocupan por hacer en sus vidas el sueño divino para ellos. En cambio esta definición sí que concuerda con la duda que a todos nos ha asaltado alguna vez sobre si estamos o no haciendo lo que Dios quiere.

Esta mañana me imaginaba a José como yo muchas veces: en búsqueda y sin respuestas claras a la pregunta por la voluntad del Señor para mí aquí y ahora. Me encanta descubrirle tanteando respuestas, atento a esos signos, pequeños como un sueño, que hacen fuerte la certeza nunca segura de que algo sea “del Espíritu Santo”. Que Aquél que cuidó y acompañó a Jesús en su infancia nos enseñe también a nosotros ese olfato especial para reconocer las cosas de Dios y, de ese modo, podamos también cuidar y acompañar a quienes entran a formar parte de nuestra vida.

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“Abre tus alas, hermana”

Hace unas semanas que una amiga de otra Congregación me envió una foto de la pintada que había aparecido en la pared de su colegio. En estos días me ha venido a la cabeza esa frase en el muro: “Abre tus alas, hermana”. No tengo muy clara cuál era la intención de quien lo escribió, pero desde que la leí me resultó un precioso guiño de ese Dios que se empeña en desplegar todas nuestras posibilidades, en sacar nuestro mejor yo, impulsarnos a volar más allá de lo que hubiéramos pensado e incluso de lo que nuestras propias alas dan de sí.

Durante esta semana, mientras todo el mundo celebraba y reivindicaba una igualdad real para mujeres y varones, pensaba en cómo la Vida Religiosa femenina nació con vocación de “dadora de alas”, como espacio en el que muchas inquietas y buscadoras de Dios se liberaban de los condicionantes sociales que las asfixiaban como si de un corsé apretado se tratara. Me resulta inevitable preguntarme si no se habrán cambiado las tornas y ahora los “corsés” estén más dentro que fuera de nuestras comunidades. Quizá no es mal momento de que, acordes con el grito de la sociedad, también recuperemos y renovemos esta vocación esencial de extender nuestras alas y las de los demás.

Junto a este pensamiento, me venía a la cabeza que en la Biblia se le desea a Rut lo siguiente: “que tengas cumplida recompensa de parte de YHWH, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte” (Rut 2,12). La protección y el cuidado, también el divino, se expresa como cobijarse bajo unas alas. Aquél que nos despliega las alas nos guarece bajo las suyas. Solo quienes abren sus alas podrán, a su vez, asemejarse al Señor y amparar a quienes quieran acercarse en busca de apoyo, cuidado y calor.

Ojalá escuchemos cada mañana ese “abre tus alas, hermana” y podamos susurrarlo al corazón de cuantos se nos acerquen.

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Efectos especiales

En la Eucaristía de esta mañana hemos tenido un apagón de lo más oportuno. En el momento en que el sacerdote introducía el acto penitencial se apagaron todas las luces del presbiterio y empezaron a brillar con fuerza las de emergencia. La celebración siguió su ritmo normal, pero en el momento en que se iba a proclamar el Evangelio, volvieron las luces y la capilla se iluminó de nuevo. Quien celebraba, antes de empezar su homilía, comentó jocosamente que, después de esta “misa con efectos especiales”, no sabía muy bien qué decir.

Quizá por lo que en este inicio de cuaresma de ronda en el corazón, a mí se me ocurrió pensar que nos pasa con frecuencia lo de la Eucaristía de hoy. Cuando prestamos más atención a nosotros mismos y nos centramos en nuestro pecado, en nuestra fragilidad o en nuestra impotencia, no es difícil “quedarnos a oscuras” y regodeándonos en nuestro barro. Pero es la voz de Otro, con la Buena Noticia de que sólo Él es Quien transforma, Quien sana y Quien ama sin condiciones, lo que pone una luz nueva capaz de hacernos salir de esos agujeros negros en los que, una vez que entramos, resulta difícil salir.

Ojalá en este tiempo podamos confesar eso que canta Izal, “eres luz que va llenando cada espacio hueco que se va encontrando”.

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