Mujer frágil, mujer fuerte

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Miguel Márquez Calle

Prepósito General de los Carmelitas Descalzos (Roma)

Acabo de visitar una comunidad de hermanas mías, que hace tres años no se sostenían y decidieron pedir ayuda a una mujer fuerte de otra comunidad para ser acompañadas. Han pasado tres años y han decidido confiar, en medio de su propia debilidad, acogiendo sus límites. Han elegido superiora a una mujer frágil y han decidido acompañarla y sostenerse mutuamente. Ayer, con sorpresa, he comprobado la serenidad que ha nacido de asumir juntas la precariedad que se pone en camino y se arropa mutuamente, sin protagonismos autosuficientes. Con tanta frecuencia en la vida religiosa, buscamos una fortaleza tejida de cierta seguridad y nos damos cuenta de que se repite infinitamente la experiencia de Pablo: cuando soy débil, entonces soy fuerte en Él (cf. 2Co 12,10).

Quiero relataros de nuevo el que fue, uno de los momentos más difíciles en la vida de Teresa de Jesús. Eran los primeros meses del año 1577. Teresa vive un momento de extrema complicación personal. La reforma que había emprendido años atrás se veía en grave peligro. Está en Toledo «a modo de cárcel» (Fundaciones 27,20). Le han dicho que se esté quieta. El Libro de la Vida que había escrito está siendo revisado por la Inquisición. Ha muerto el Nuncio que era amigo y llega un Nuncio que viene contra su obra fundacional. Teresa se encuentra enferma, tiene dolores fuertes de cabeza (acúfenos) y al P. Gracián se le ocurre la feliz idea de pedirle en este contexto que escriba de nuevo cosas de oración. A Teresa no se le ocurre cómo comenzar a cumplir aquella obediencia. Siempre estuvo disponible para los desafíos imposibles, y, sobre todo, si nacían de obedecer, de una voluntad rendida y dócil, y comprendía que el Señor se lo pedía.

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