Aprendizajes vitales

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Miguel Márquez Calle

Prepósito General de los Carmelitas Descalzos (Roma)

Tal vez algunos lo conozcáis o hayáis oído hablar de él: Carlos Alemany Briz. En aquellos años de Comillas tuve la suerte de coincidir con varias personas que me marcaron, por su sabiduría y su amistad, por sus palabras y sus silencios, por sus consejos y su cordialidad. Dos de ellas fueron Dolores Aleixandre, de la que algún día os hablaré, compañera de sección en esta revista. Y Carlos Alemany, profesor de psicología, introductor del Focusing en ámbito español, iniciador de la colección Serendipity de la editorial DDB, autor de numerosos libros y un gran amigo.

Ha cumplido el último gran aprendizaje vital, que es saber partir. Se nos ha ido el 24 de agosto de este año. He sentido mucho su partida. Nos hemos reencontrado últimamente con cartas y mensajes. No llegué a poder visitarlo en la enfermería de Loyola. Pese a la diferencia alumno-profesor, con Carlos se dio una relación de verdadera amistad y complicidad, compartiendo en tantos momentos experiencias vitales, alegrías y momentos difíciles. Recuerdo que, en una ocasión de las que fui a visitarle a su despacho, lo encontré muy triste y casi llorando, y comenzó a hablarme de la «noche» que estaba pasando. Me atravesó su confesión y su franqueza, se abrió sin ningún reparo. Yo inicié espontáneamente a hablar de Juan de la Cruz, de lo que dice a propósito de las noches y de cómo vivir la noche rindiéndose y dejándose hacer, aun no viendo nada claro; de la luz y el regalo que trae la noche. Carlos escribía con rapidez mis torpes palabras. Me sobrecogió cómo bebía cada palabra el maestro. Pensaba para mí: también los grandes maestros se pierden y experimentan la noche.

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