Alcanzados por la palabra

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En su mensaje para la Cuaresma de este año, el papa León XIV nos recuerda que «todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu». No es lo mismo usar la Palabra (cosa que hacemos a menudo en nuestras liturgias, catequesis y clases) que dejarnos alcanzar por ella y acogerla con docilidad.

Como Jesús en el desierto, también nosotros corremos el riesgo de ser tentados por los diablos que manejan una Palabra de Dios adulterada. Las tentaciones expresan tres maneras erróneas de relacionarse con las cosas, con Dios y con las personas. El evangelista Mateo ha construido un relato didáctico en el que salta a la vista este paralelismo. En realidad, se trata de una confrontación entre dos palabras: la del diablo (que nos invita siempre a ponernos en el centro) y la de Dios (que nos invita a ponerlo a Él). Esta tensión está en el núcleo de las tres tentaciones: palabra contra Palabra.

La primera tentación se refiere a la relación con las cosas (Mt 4,3-4). El diablo seduce a Jesús con palabras lisonjeras para que no se contente con el pan de cada día, sino que caiga en la tentación fácil de deslumbrar y acumular. Es la tentación que todo ser humano tiene y que hoy reviste la forma de consumismo, búsqueda obsesiva de seguridad, explotación e injusticia. Jesús la afronta de cara. Contrapone la fuerza de la Palabra de Dios a la sutil insinuación de la palabra diabólica: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

La segunda tentación afronta nuestra manera equivocada de relacionarnos con Dios (Mt 4,5-7). El diablo quiere convencer a Jesús de que Dios es el recurso fácil para resolver todos los problemas de la vida. Lanzarse del alero del templo y esperar que los ángeles impidan la caída es una forma simbólica de referirse a un Dios mágico, servidor de nuestros objetivos y caprichos. Jesús, que ama al Padre sobre todas las cosas, no se deja derrotar por invitaciones tan insidiosas. Responde también con la fuerza de la Palabra: «No tentarás al Señor, tu Dios» (cf. Dt 6,16).

La tercera tentación afecta a la relación con los otros (Mt 4,8-10). Es quizás la más seductora de todas. Es el aguijón del poder, del dominio de las otras personas. Cuando no sabemos relacionarnos con ellas a través del amor escogemos el atajo de la manipulación y la fuerza. Pero Jesús no se deja tampoco arrastrar por esta tentación. Encuentra de nuevo fuerza en la Palabra: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto» (cf. Dt 6,13).

En el espejo que Mateo nos coloca delante vemos reflejado al Jesús que vence con la auténtica Palabra de Dios la palabra adulterada del diablo, que también se remite a la Escritura, pero retorciéndola y manipulándola. En ese mismo espejo nos vemos también reflejados nosotros que a diario somos asaeteados por palabras seductoras que tratan de engañarnos: «La vida consagrada no tiene futuro. Disfruta y deja de preocuparte», «No pienses tanto en los demás y busca tu autorrealización», «No merece la pena ensayar nuevos caminos. Hemos probado muchos y nada cambia», … ¿Cuánto tiempo podemos resistir sin dejarnos llevar por estas insinuaciones? ¿De qué armas disponemos para el combate? La respuesta del evangelista Mateo es clara. Solo podemos hacer frente a estas tentaciones sirviéndonos del arma que Jesús empleó: la Palabra de Dios. En el fondo, cuando la Iglesia coloca el relato de las tentaciones al principio de la Cuaresma, nos está trasmitiendo un mensaje nítido: si queremos superar las tentaciones, necesitamos alimentarnos con la Palabra de Dios. O, como dice el Papa en su mensaje: dejarnos alcanzar por ella. Cuando nos dejamos alcanzar, enseguida experimentamos el contraste entre la Palabra de Dios y las otras palabras que pugnan por ocupar su espacio. Jesús podría haber tenido un éxito arrollador si hubiera seguido los dictados de las palabras del diablo. No hubiera acabado en la cruz si se hubiera plegado a los principios de este mundo: eficacia a cualquier precio, competitividad, recurso a la fuerza y la opresión, alianza con los poderosos, utilización de sus métodos violentos, etc. Pero Jesús, dejándose guiar por la Palabra de Dios, escogió el camino opuesto: se hizo siervo, se colocó el último de la fila, se relacionó con las cosas, con Dios y con los demás desde el amor y no desde el dominio y la explotación.

¿No estamos llamadas las personas consagradas a afrontar nuestras tentaciones actuales dejándonos alcanzar por la Palabra? Si lo hacemos, es muy probable que no logremos la aprobación interna o social que a veces mendigamos, sino la probación de quien es acrisolado en las contrariedades. Seremos más probados que aprobados, pero ahí encontraremos nuestra configuración con el Cristo al que queremos seguir.