Mirada con lupa. Marzo’14

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Óscar Bartolomé, sdb: “Me preocupa no responder al dolor de nuestro tiempo”

Los salesianos están celebrando su Capítulo General. En él ofrecerán la respuesta desde el Espíritu a este momento histórico y, en él, sin duda, diseñarán el marco congregacional para el protagonista de la «mirada con lupa» de este mes.

Óscar Bartolomé tiene 33 años y todo el futuro por delante porque vive un presente intenso. Es leonés pero, como toda la vida consagrada del siglo XXI, sabe que su corazón tiene que latir interculturalmente. Está haciendo sus estudios de especialización en Teología de la Vida Religiosa en el ITVR (Universidad Pontificia de Salamanca). Lo hemos traído a nuestra sección porque armoniza bien inquietud y esperanza.

Religioso salesiano, ¿por qué?

Estoy convencido de que el Señor se sirve de numerosas mediaciones para que nosotros descubramos su llamada. En mi caso creo que entre otras tengo que destacar la suerte de tener una familia cristiana con varios miembros religiosos consagrados, también en mi pueblo todavía hay un buen número de religiosos y entre ellos muchos salesianos. Además, cuando me fui a estudiar los últimos cursos de la EGB a un centro salesiano allí estaban los novicios salesianos. En fin, estas y otras muchas coincidencias o “llamadas del Señor” me han ayudado a tomar esta decisión en mi vida, no sin dificultades y numerosas dudas.

En mi camino de formación han sido importantes dos elementos para madurar y crecer. Por un lado destaco la experiencia que he ido haciendo de Dios y en la que sigo creciendo cada día y, por otro, el trabajo pastoral con niños y jóvenes que me ha enriquecido mucho personalmente y que me ha ayudado a saber escucharles, valorarles y amarles tal como son no como nos gustaría que fuesen. Ellos representan el futuro y por eso merecen todo el apoyo del mundo, pero también necesitan una palabra de aliento y una mano amiga que les acompañe.

Está estudiando Teología de la Vida Religiosa… ¿Necesitamos más vida que teología… o teología que se haga vida?

Tanto la vida como la teología son fundamentales, pero la teología sin la vida no tendría sentido. Si tuviera que decantarme por alguno de estos dos polos me decantaría por la vida, vivida en plenitud que desborde entusiasmo e ilusión, una vida que sea propositiva, una vida esperanzada y una vida que se sabe habitada por la vida y que intenta seguir, desde sus limitaciones y debilidades, a quien es la vida.

¿Qué diagnóstico hace de la vida religiosa?

Creo que lo fácil sería decir que la vida religiosa está en un momento de cambio. Pero este cambio no puede entenderse solamente como un mero abrir o cerrar presencias, o llevar a cabo procesos de reorganización y reestructuración. Creo que se trata de un cambio más profundo, de un cambio de mentalidad, de actitudes, de vida. Y en este proceso es esencial centrar nuestras vidas en Dios y en el servicio a los hombres y mujeres de nuestro siglo viviendo en comunidades donde se respire un clima de comunión.

También me parece que la vida religiosa está buscando –cual explorador apasionado– nuevos lugares. Hace algún tiempo Benedicto XVI nos recordó a los religiosos que somos “buscadores de Dios”. Añadiría que somos también “buscadores de los seres humanos sufrientes”, “buscadores de los que están tirados al borde del camino”. Me parece que la vida religiosa sigue buscando con esperanza cómo dar respuesta a las nuevas pobrezas, cómo ser más fiel en el seguimiento del Señor y cómo ser más auténtica y coherente en su vida. ¡Ojalá no nos cansemos de buscar nunca!

¿Es difícil vivir la misión al lado de personas mayores? ¿Qué valoración hace de la comunidad intergeneracional?

Desde mi experiencia creo que vivir en comunidades intergeneracionales es una riqueza. En ellas he aprendido mucho de otros hermanos que tienen una larga experiencia humana y espiritual. Sus experiencias, compartidas en diferentes foros, me ayudan en mi proceso de crecimiento personal y religioso. Me duele que todavía haya religiosos de otras generaciones, sobre todo los que entraron en “épocas más gloriosas”, que vivan su vida religiosa con “cierta nostalgia” o con “nostalgia cierta”, que es más grave, de otros tiempos. Algunos dicen con cierta sorna que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero que no vuelva.

Supongo que como en todo encuentro o como en toda verdadera relación las dos partes tienen que hacer un esfuerzo de aceptación y de comprensión desde el amor. Cuando se da este movimiento en las dos direcciones creo que la fraternidad entre personas de diferentes generaciones es posible, como es posible la relación entre los miembros de una familia que evidentemente son de generaciones diferentes.

Creo que lo difícil en la misión no es el trabajo con personas o hermanos de diferentes edades, para mí lo complicado –y uno de nuestros retos– está en la comunicación y el diálogo. Éste me parece un desafío vital para vivir nuestra vocación con cierta soltura y para que nuestras comunidades transmitan algo. También constato que los ritmos son diferentes. Armonizar los ritmos y los cambios en personas de diferentes generaciones me parece complicado. Quizás hoy donde se nos están pidiendo cambios profundos muchos hermanos cargados de años y de vida no se ven con fuerzas o será muy difícil llevar adelante ciertos cambios que son vitales.

¿Le parece que estamos ofreciendo fraternidad a nuestro mundo?

Creo que en muchas comunidades estamos viviendo una auténtica fraternidad, aunque supongo que todavía se puede crecer en diálogo y en unas relaciones más maduras y auténticas. Esta fraternidad, que se vive con cierta serenidad e incluso alegría hacia adentro, hacia fuera no se testimonia fácilmente. Quizás porque en muchos casos nuestras comunidades no son visibles y, por lo tanto, no pueden ser signo de fraternidad o porque, en ocasiones, parece que la misión es tarea de los que están directamente implicados, sin poner de manifiesto que es tarea de una comunidad y de una comunidad de hermanos que se quieren, se respetan y se valoran.

Tiempos de reestructuración… Además de los giros geográficos, ¿qué desplazamientos tiene que experimentar la vida religiosa?

Hace ya algún tiempo escuché a fray José Rodríguez Carballo y decía que tenemos que aprender a vivir en “minoridad”, ciertamente algo muy franciscano, pero que me ha hecho pensar mucho en lo que esto puede suponer para la vida religiosa. Por otro lado, creo que la kénosis o el vaciamiento tendría que ser para nosotros hoy la clave de muchos de los posibles desplazamientos. Junto a ellos va de la mano la preocupación y opción por los pobres.

Esto debería suponer que nos liberásemos de las “beneméritas y anquilosadas” estructuras que nos pesan como losas y quizás no son todo lo carismáticas que deberían ser y desplazarnos a los lugares de “frontera, desierto o periferia”, como diría Jon Sobrino. ¿Cuáles pueden ser estos lugares? Donde hay mayor sufrimiento, donde no está nadie y donde la gente vive al límite. No creo que sea necesario detallar estos lugares pues a todos se nos ocurren numerosos ejemplos. Creo que hace falta una pizca de creatividad y mucha valentía para tomar opciones de gobierno motivadas y atrevidas sostenidas por la corresponsabilidad de cada hermano.

Cuando oye hablar de misión compartida, ¿qué es lo primero que le sugiere?

Un camino largo por recorrer. Es un tema que ya se viene hablando desde hace años, pero creo que nos cuesta mucho llegar a compartir el carisma y la misión con los laicos. Creo que la misión compartida no consiste en que los laicos vayan ocupando puestos que antes ocupaban los religiosos o las religiosas. La misión compartida, sabiendo que todos tratamos de realizar la Misión que Dios nos tiene encomendada, nos exige compartir vida, compartir espiritualidad y compartir acción pastoral. Esto no debe suponer que el religioso se repliegue a los cuarteles de invierno. En la medida de lo posible, tanto laicos como religiosos, tenemos que ofrecer lo que somos, cada uno desde nuestra forma de vida. Nuestras relaciones mutuas tienen que ser integradoras y multidireccionales intentando vivir de manera conjunta el carisma del propio instituto.

Le va a tocar ser religioso adulto en un contexto muy diferente… ¿Se atreve a soñar el futuro?

Me atrevo y sobre todo por ser “hijo de un soñador”. Ciertamente será una vida religiosa menos numerosa que en nuestros días, las comunidades más pequeñas, quizás menos obras y animadas de otra manera…

Sueño con comunidades en las que la comunión y la fraternidad se vivan de manera auténtica tanto hacia dentro como hacia fuera.

Sueño con una vida religiosa profundamente enraizada en el Señor y con una gran confianza en su acción en nuestra historia. Me gustaría una vida religiosa que fuese capaz de transmitir la importancia del silencio y del encontrarse con uno mismo para poder encontrarse con Dios.

Sueño con obras apostólicas donde religiosos y seglares compartamos de verdad nuestros carismas enriqueciéndonos cada uno desde nuestra forma de vida.

Sueño con una vida religiosa intercongregacional, se habrá acabado lo mío, para pasar a lo nuestro. Cuanta necesidad tenemos de sabernos todos colaboradores y trabajadores de la misma viña.

Sueño con una vida religiosa en plena comunión con sus pastores, que reconocerán agradecidos que la vida religiosa pertenece a la “vida y misión de la Iglesia” y estimularán y apoyarán su seguimiento del Señor como “buenos pastores” preocupados por cada una de sus ovejas.

Sueño con una vida religiosa cercana a los últimos, que luche para combatir las estructuras de pecado y que sea aliento para los más desfavorecidos.

Sueño con una vida religiosa que no mire al pasado con nostalgia, sino que esté siempre abierta a la novedad del Espíritu, que sea propositiva, que sea capaz de descubrir la riqueza y los valores de cada momento histórico.

Sueño con una vida religiosa que trabajará incansablemente por el diálogo con todas las personas de otra religión y con aquellos que no pertenecen a ninguna religión para construir un mundo cada vez más pacífico y justo.

Sueño con una vida religiosa que disfrute celebrando y compartiendo su fe y que saque fuerzas de la Eucaristía para su caminar diario, a pesar de las dificultades del camino.

Sueño con una vida religiosa alegre y que sea portadora del “evangelio de la alegría”, no sólo con las palabras, sino, y sobre todo, con la vida.

Sueño con una vida religiosa agradecida por todo lo bueno que ha recibido de Dios, por lo mucho realizado por los hermanos y por cada nueva vocación recibida, pues seguirá siendo una bendición y un regalo de Dios para el instituto.

Sueño con los pies en la tierra y con la intención de que estos sueños se cumplan y no se queden en pesados y molestos ronquidos.

Para finalizar, dos aspectos que mantienen viva su esperanza y dos que le preo-cupan profundamente…

Me da serenidad el vivir mi vocación desde la confianza en un Dios que ha hecho una alianza con el hombre y saber que nunca la romperá.

Me hace mantener mi esperanza vida el saber que nuestra Iglesia y nuestras congregaciones son un don del Espíritu, no solamente obra humana.

Me preocupa el que no sepamos responder con acierto a las realidades más dolorosas de nuestro tiempo por estar “acomodados”, por “ser mayores” o “por mantenernos impasibles”.

Me preocupa mucho la falta de disponibilidad y la resistencia al cambio personal e institucional. ¡Ojalá seamos capaces de mantenernos despiertos y vigilar para escuchar la voz de Dios en nuestro tiempo para responder con generosidad!