Juan de Dios Carretero, SS.CC
El Congreso de Vocaciones celebrado en febrero en Madrid nos invita a profundizar en la pregunta por la crisis vocacional actual y a trabajar en el desarrollo de una cultura vocacional, desde el convencimiento de que Dios sigue llamando durante toda la vida.
El fin de semana del 7 al 9 de febrero se celebró en Madrid el Congreso de Vocaciones titulado “¿Para quién soy yo?”. Asistieron unos 3.000 participantes desde todas las diócesis españolas. Todo lo expresado en sus ponencias y talleres nos brinda la oportunidad de reflexionar sobre la vivencia de la vocación en nuestra Iglesia y en nuestro mundo de hoy.
La celebración del Congreso parte de la certeza de que Dios sigue llamando hoy. El conocido texto de la vocación de Samuel (1Sm 3,1) señala que “la Palabra de Dios era rara en aquel tiempo”. Quizás como hoy lo que ocurría es que los oídos de muchos estaban cerrados a su voz, pero eso no significa que Dios se canse de comunicarse con sus criaturas, de llamarlas ni de contar con ellas para anunciar su salvación.
El propio término “vocación” engloba distintos niveles que es importante delimitar para evitar equívocos. Por un lado, la propia llamada a la existencia ya es una vocación primera. Es Dios quien nos ha llamado y nos ha dado el ser, la vida. De este modo, podemos afirmar que todo ser humano es llamado por Dios, que ninguno se queda fuera de su llamada. El bautismo supone un paso importante que otorga a todos los cristianos una misma vocación, la llamada a responder con amor al regalo de la vida otorgada por Dios en un camino compartido con otros, con la Iglesia.
Profundizando más podemos referirnos a los estados de vida, a “las vocaciones” como a veces las denominamos.
Finalmente, la vida vivida como vocación no termina con la elección de vida, sino que esta establece el marco para responder con fidelidad a cada llamada de Dios en las situaciones concretas de cada día. Por tanto, podemos describir la vocación como un camino de profundización, en el que la llamada recibida va de lo más general a lo más concreto. Tenemos la certeza de que Dios llama en todos y cada uno de esos niveles, pero a veces podemos correr el riesgo de confundir ideas por estar hablando en niveles diferentes.
Una de las insistencias del Congreso fue el convencimiento de que existe una crisis antropológica subyacente a la crisis vocacional que atravesamos. La caída de vocaciones consagradas, sacerdotales, laicales… es la manifestación de la dificultad para vivir la propia vida como vocación. Esto no es de extrañar dentro de un esquema que sitúa al sujeto, sus necesidades y apetencias como el centro y el criterio de verdad último, dejando así poco espacio para que otro pueda tener una palabra sobre mi vida e invitarme hacia algo que en principio no ha surgido de mí. La propia dinámica vocacional parece ir contra la libertad del individuo, por lo que muchas veces el planteamiento vocacional es percibido como algo violento y directamente rechazado por la persona.
Por ello, uno de los grandes desafíos consiste en trabajar en el desarrollo de la cultura vocacional. En el fondo, la crisis vocacional reside principalmente en ese nivel común a todos los bautizados. La pregunta por la vocación no puede ser considerada como una cuestión elitista, solo apta para unos pocos que quieren tomarse realmente en serio su fe. La situación actual nos empuja a desarrollar la conciencia de que todos los cristianos estamos llamados a preguntarnos por la voluntad de Dios en nuestra vida, sabiendo que Él nos está diciendo una palabra, tanto para las preguntas más fundamentales de nuestra vida, como para las pequeñas acciones y decisiones de nuestro día a día.
La vocación incluye la doble dimensión de don y tarea. Toda gracia que nos regala Dios está destinada a sacarnos de nosotros mismos para entregarnos a los demás, especialmente a los que sufren. Trabajar en la cultura vocacional implica superar una espiritualidad descomprometida que conduce a los jóvenes a sentirse reconfortados entre las paredes del templo, pero que no les mueve al servicio en el resto de su vida. Y, sin mirar las heridas de nuestro mundo, difícilmente se descubre la verdadera vocación.
Por otro lado, crecer en esa cultura vocacional puede ayudarnos quitar esa aura de proselitismo que fácilmente se introduce en nuestros discursos vocacionales. Si la crisis es general, nuestros esfuerzos no pueden reducirse a buscar vocaciones religiosas y sacerdotales. Por supuesto que un gran reto para los jóvenes cristianos de hoy es concretar su seguimiento en un estilo de vida determinado, pero invitar a dar este paso de concreción no puede ir acompañado de la sospecha de que estamos intentando captar adeptos para nuestro bando. Otra cosa distinta es que podamos rezar por las vocaciones consagradas en determinados momentos y que con nuestra vida demos testimonio de que este estilo de vida merece la pena, pero si no nos creemos de verdad que todos los estados de vida son necesarios para la Iglesia resulta difícil que nuestro planteamiento vocacional supere el rechazo que puede producir en sus destinatarios.
“¿Para quién soy yo?”, preguntaba el título del Congreso. Esta es la gran pregunta que debemos descubrir y acompañar a otros a descubrir. Y es una pregunta que no se resuelve a solas. Por un lado, es necesario incorporar la sensibilidad de la persona, sus preocupaciones, sus inquietudes, los temas sociales que le preocupan… Ahí Dios le está llamando.
Por otro lado, la vocación siempre se descubre en comunidad, en camino con otros, atendiendo también a las necesidades de la Iglesia. Todo camino vocacional está llamado a superar la tentación de cerrarse en el propio individuo.
Los que estamos llamados a la vida consagrada tenemos ese doble desafío de acompañar a muchos en su camino de profundización vocacional, al mismo tiempo que damos testimonio de que nuestro modo de vida es fuente de alegría y merece la pena ser vivido. Y, quizás, el mayor testimonio que podamos dar es seguir buscando la voluntad de Dios en cada decisión de nuestro día a día, mostrando así que la vocación es un modo de estar en el mundo que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida.