sábado, 25 junio, 2022

¿Una Iglesia ausente?

Seguramente la pandemia inesperada y exógena a todos ha sido el detonante de esta confusión, este aturdimiento.

Cuando hace treinta o cuarenta años ya comenzaba a hablarse de que la sociedad, al menos la llamada “occidental”, se adentraba en una “nueva era”, tengo que reconocer que no lo entendía bien. Teólogos, sociólogos, pensadores cristianos y no cristianos, comenzaban a hablar, muchas veces con suficientes datos que soportaban sus entonces hipótesis de trabajo, de un “cambio de época” más que de una (simple) “época de cambios” ¡tampoco lo entendía! O me quedaba corto. Pensaba, tal vez, que se avecinaban transformaciones importantes en el mundo, y por tanto, también en la Iglesia. Era la época del largo pontificado del papa Juan Pablo II, aceptado y querido por una gran mayoría pero también polémico para otros; quizás una minoría dentro de la Iglesia. La etapa del papa Benedicto XVI, emérito, que nos sorprendió a todos con su renuncia inesperada y profética al pontificado petrino, suponía una cierta continuidad con el Papa polaco.

En 2013 sonaron las alarmas de “otra” sorpresa inesperada: la elección del primer Papa latinoamericano, argentino, jesuita, con un “talante” personal y pastoral diversos.

No se trata ni siquiera de hacer un elenco de “todo” o de “algo” de lo que ha venido ocurriendo en nuestra Iglesia a partir de la muerte de Pablo VI, que quizás marcó un hito histórico y dio pie a una “nueva Iglesia”… que tal vez no era tan ¡“nueva”! Lo cierto es que todo lo que iba ocurriendo en nuestra Iglesia era reflejo, no sé si consecuencia, de ese “cambio de época” que los más conspicuos vaticinaban.

¿Y la Iglesia? ¿Cómo se está situando ante este panorama inédito?

En estos momentos, creo que todos entendemos mejor qué significaba aquel augurio de un cambio radical de “época”, una especie de trastocamiento o revolución de la mayoría de los paradigmas por los que se rige la Humanidad, desde los desconocidos poderes que mueven en la oscuridad los hilos protagonistas de lo que ocurre sin que lo sepamos muy bien, hasta la gente sencilla, normal, “el vecino de al lado”, yo mismo… El cambio, tan rápido, tan drástico, tan ¿evolutivo?, tan sorpresivo a pesar de varias décadas sutiles y subterráneas de gestión (¡nada ocurre porque sí!), nos ha sumergido en parámetros con emociones muy diversas y hasta encontradas: incertidumbre, desafío, miedo, perplejidad, confusión, extrañamiento, fragmentación… Emociones, sentimientos, que tengo la impresión de ir palpando ya en la gente “de a pie”, aquellos que no se distinguen por reflexionar demasiado en las cosas que ocurren o por qué ocurren. El lema sería algo así como: “¿qué está pasando?”, y las respuestas, al menos yo, no las tengo nada claras. Pero “algo” o “mucho” está pasando. Seguramente la pandemia inesperada y exógena a todos ha sido el detonante de esta confusión, este aturdimiento. Porque estamos aturdidos, fatigados, inseguros, nos sentimos acosados, asustados… Al menos eso me parece a mí.

¿Y la Iglesia? ¿Cómo se está situando ante este panorama inédito y todavía no clarificado, racionalizado suficientemente, científicamente… Tengo la impresión que está igual de perpleja que todos. No sabe por dónde tirar, qué hacer, qué mensaje evangélico emitir… y se refugia en “lo de siempre”, lo seguro, lo que hace tiempo que ha sido probado, comprobado y aprobado. En pausa, en compás de espera. Al acecho de encontrar un agujero por donde colarse en una sociedad líquida, compleja, agresiva, violenta incluso, manipuladora, con un fuerte ejército en las redes sociales y los medios de comunicación social, solitaria en un mundo de un secularismo craso, de un laicismo que ya es más que una “sana laicidad” (Ratzinger). Una Iglesia que se limita a bostezar y en algunas ocasiones a levantar con temor el dedo para pedir permiso y poder decir algo en una sociedad sorda a los metarrelatos, las instituciones, los dogmas, las imposiciones. No quiero ser “profeta de mal agüero” como decía Juan XXIII en el Concilio, pero el desconcierto es la emoción que puede calificar, mejor que ninguno, el papel de la Iglesia en la sociedad actual. Y no solo en España, también en otras realidades diversas de nuestro planeta. Optamos por rescatar viejas fórmulas, “recetas de la abuela”, viejos “éxitos” que ya son anacrónicos, vestimentas medievales en desuso, oraciones, rogaciones, un liturgismo exagerado que lo aguanta todo y lo esconde todo, viejas peleas de comunión en la mano o en la boca, antiguos tics de miedo a la persecución religiosa o la falta de libertad cultual, miedo a tener que caminar sin las muletas económicas de los pactos y convenios con el Estado, preocupación por la escasez de fondos y el envejecimiento de los cestos dominicales casi vacíos, planes y proyectos de propaganda vocacional como si se vendiera una nueva marca de dentífrico… sedes episcopales sin obispo, obispos “pasados de edad”, y los bloques –con matices– aún no superados de conservadores y progresistas; reclamos –¡otra vez!– a la importancia de los laicos en la Iglesia pero sin que se conviertan en realidad en las estructuras eclesiales. Y en el trasfondo, los escándalos, –presuntos o reales– de tipo financiero, y la interminable y dañina rémora de la pederastia desde hace ya varias décadas. Los templos siguen vaciándose. ¿Qué ocurrirá cuando termine la pandemia?

No estamos solos ni perdidos sino acompañados del Cristo vivo

Yo comprendo el silencio de los obispos… al menos, a veces. Pero estamos paralizados en el centro de un tsunami cultural que ni siquiera conocemos a fondo y que no creo que dé señales de haber terminado de batir el mensaje del Evangelio. No sé qué hay que hacer, yo sí que no tengo recetas ni respuestas, pero no me llegan ecos suficientes de la Palabra más autorizada de nuestros pastores. Me llegan ecos, eso sí, de mucha gente que busca –también jóvenes–, gente que vive sola, asustada, perpleja, confundida, manipulada, perdida por el coronavirus que nos afecta pero también por un coronavirus espiritual para el que no encuentra, ¿no hay? una vacuna “eficaz y segura” cuyo efecto secundario sea la paz, una moderada felicidad, y el gozo pascual de creer de verdad que no estamos solos ni perdidos sino acompañados del Cristo vivo.

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