sábado, 25 junio, 2022

TRANSMITIR LO QUE HEMOS RECIBIDO: “LA EUCARISTÍA”

Tenemos una gran responsabilidad: ¡transmitir a las próximas generaciones lo que nosotros, a su vez, también hemos recibido! Así lo hizo san Pablo (1 Cor). Pero hay que estar atentos: en el proceso de transmisión se inoculan elementos extraños que no proceden de la Tradición originaria y genuina y pueden desfigurar y volver irreconocible lo transmitido: “al principio no fue así”.

La prefiguración: ¡Melquisedec!

En tiempos de Abraham surge inesperadamente un extraño sacerdote y rey: Melquisedec, rey de Salén! Ofrece “pan y vino” y bendice a Abraham en nombre del Dios altísimo creador del cielo y de la tierra. Abraham, el gran creyente, se inclina ante él y le ofrece diezmo de todo lo que posee.

El Antiguo Testamento contempla a Melquisedec como prototipo de un Mesías sacerdotal (Sal 109). El Nuevo Testamento descubre en Melquisedec la anticipación de Jesús (Heb 5,6; 7,1ss) que también y sobre todo es rey de paz y ofrece en su última Cena el Pan y el Vino para bendecirnos.

Jesús es el Mesías que con cinco panes y dos peces alimenta a una muchedumbre de cinco mil hombres. Es el sacerdote de la bendición que “alza la mirada al cielo, pronuncia la bendición sobre ellos, los parte y hace que todos coman hasta saciarse.

Sacerdocio, pan y vino y bendición son las claves para entender hoy la festividad del Corpus y la Eucaristía.

El Señor de la Cena y la Cena del Señor

La Eucaristía es mucho más que cualquier ser humano que la presida. Da igual que la presida el Papa, el Obispo, el mejor predicador o liturgista. Es siempre “la Eucaristía del Señor”, “la Cena del Señor” y Él solo es su principal celebrante y protagonista.

Pero el Señor queda relegado a un segundo o último puesto, cuando un clérigo desvía la atención de los fieles: cuando su homilía hace de la Palabra una mera excusa para hablar de otros temas, cuando la ritualidad que preside no evoca la sencillez de los orígenes evangélicos y la asamblea tiene poco que ver con la comunidad del Cenáculo o de la originaria Eucaristía de “casa en casa”. ¡Qué pena que eso pueda ocurrir y esté ocurriendo!

Cuando la Eucaristía se vuelve rutinaria…: entonces se celebra el Amor sin amor, la Presencia desde la ausencia del corazón y los pensamientos, el Misterio desde la más estricta obediencia a la ritualidad. “Ir a misa” o “atenerse a las normas” pueden convertirse en expresiones políticamente correctas que suplantan lo que debería definirse como “un encuentro estremecido con el Dios que nos visita” o una auténtica experiencia de Pascua y aparición del Señor resucitado.

Cuando la Eucaristía se vuelve hierática…: entonces intentamos suplir el Misterio con nuestro amaneramiento litúrgico, la Presencia con gestos ausentes, medidos e inexpresivos, la Aparición pascual con un teatro frío, la Palabra de Dios “hoy” con discursos atemporales, teóricos, o tal vez tendenciosos.

Cuando la Eucaristía es celebrada

Cuando celebramos la Eucaristía “del” Señor…: entonces todo se vuelve transparente a su presencia, en la asamblea no hay primeros ni segundos puestos, rangos ni escalas, hombres y mujeres: el Señor nos ilumina a todos, está con todos nosotros: “con vosotros… con tu espíritu”; entonces la Palabra de Dios ofusca las palabras de los hombres; Dios y su Verbo se expresan, dicen, insinúan, manifiestan… mientras la Asamblea y también su presbítero escuchan estremecidos. El Señor aparece en la Palabra. No hay que echar una cortina de humo –¡de palabras nuestras!– para que desaparezca la Palabra y todos la olviden. Hay comentarios que son adoración ante la Palabra y oración estremecida.

Cuando celebramos la Eucaristía “del Cuerpo y Sangre” del Señor…: entonces dejan de tener importancia otros cuerpos, las idas y venidas de los celebrantes, los lugares que ocupan, cómo se visten, qué gestos hacen, cómo canta el coro, qué instrumento es tocado, quiénes llevan las ofrendas o hacen las lecturas; entonces sólo el Cuerpo del Señor y su Sangre merecen nuestra adoración, nuestra contemplación, nuestro más profundo amor y respeto. Entonces se descubre de forma nueva que “todos” sin excepción y en comunión somos el Cuerpo de Cristo. Ese es el momento más íntimo, más estremecedor: la unión del Esposo divino con la Esposa humana, su comunidad.

Cuando celebramos la Eucaristía…, “Dios está aquí… el Amor de los amores”: su presencia real lo ilumina todo. La misión se enciende. La comunión se hace fuerte. Comenzamos todos a tener un solo corazón, una sola alma, todo en común. Comulgar a Jesús se convierte en un regalo inmerecido, en una comunión con el Todo. Se comulga la Palabra, el Cuerpo y la Sangre: trinidad del don capaz de hacernos entrar en el más bello de los Misterios.

¿Qué estamos haciendo de nuestra celebración eucarística? Éste es un gran día para pensarlo y discernirlo, y para cambiar. 

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