martes, 5 marzo, 2024

Imita lo que comulgas

Nuestra fe confiesa que Dios es amor y que Dios nos ama y que tanto nos amó que nos entregó a su Unigénito para que tuviésemos el Espíritu Santo.

En nuestra fe no sabemos decir Dios sin que entendamos “Padre nuestro”, sin que nos reconozcamos hijos de Dios en el Hijo único de Dios, sin que nos asombremos de que el Espíritu de Dios habite en nosotros.

Confesar el misterio de la Trinidad Santa es confesar la fe en un Dios que ha querido ser “Dios para nosotros”, Dios para los pobres, Dios para todos, pues don de Dios para el mundo es el Hijo único y lo es el Espíritu que procede del Padre y del Hijo.

Lo has entendido bien: Dios ha querido ser Dios para ti; por eso el profeta lo llamó Emmanuel: Dios con nosotros; por eso el ángel del Señor lo llamó Jesús: Dios que salva; por eso Jesús dijo de sí mismo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”.

Si crees en Jesús, crees en el Padre que te lo ha dado, y crees en el Espíritu que del Padre y de Jesús has recibido.

Ése es el Dios que por fe has conocido, ésa es “la fonte” que para ti “mana y corre”.

Ahora considera el lugar donde el místico reconoce esa “fonte”, dónde la encuentra, dónde para vivir se acerca a ella y a sus “corrientes”: “Aquesta eterna fonte está escondida en este vivo pan por darnos vida, aunque es de noche”.

Y tú entiendes que Juan de la Cruz te está hablando de Jesús, del “pan vivo que ha bajado del cielo”, del pan que el Padre te ha dado para que vivas, del pan que para ti ha nacido por obra y gracia del Espíritu Santo.

En el misterio de ese pan que es Cristo Jesús “está escondida” la Trinidad Santa, o lo que es lo mismo, allí la Trinidad Santa se nos está mostrando “por darnos vida”.

No temas la osadía del místico: En el pan vivo está la fuente eterna; en Cristo Jesús está el agua de la eterna divinidad. A la fuente que es Cristo Jesús son llamadas las criaturas; en Cristo Jesús, todas “de esta agua se hartan, aunque a oscuras porque es de noche”.

Fíjate en Cristo Jesús, en “el pan vivo”, y si lo ves a él, verás al Padre. Cree en Cristo Jesús, y de él recibirás el Espíritu de Dios.

El que tenga sed, que venga a Jesús y beba: En Jesús, en el pan vivo que ha bajado del cielo, encontrarás agua viva para tu sed.

El que beba de esa agua, “nunca más tendrá sed”: El agua se convertirá dentro de él “en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Ahora, hermana mía, hermano mío, sin apartar los ojos del hombre Cristo Jesús, reconócelo cercano a ti en su sacramento, reconócelo presente para ti en el pan de la eucaristía, “pan de los ángeles, hecho viático nuestro, verdadero pan de los hijos”.

En este pan de vida” la fe ve “aquella viva fuente” que se nos hace la encontradiza para llenarnos de vida, para llenarnos de sí.

En el “pan que partimos” cuando celebramos la eucaristía, la fe reconoce “aquella eterna fonte que mana y corre aunque es de noche”: el amor del Padre que nos da a su Hijo para que tengamos su Espíritu Santo.

Y si en Cristo Jesús y en el sacramento de su vida entregada has conocido a tu Dios como pan que te alimenta, como fuente de agua viva que apaga tu sed, imita lo que conoces, imita lo que crees, imita lo que recibes, y que los pobres encuentren en ti a aquel en quien has creído, a aquel con quien has comulgado: Que los pobres encuentren en ti a Cristo Jesús.

Feliz celebración del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

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