Carolina Blázquez, ccsb
Monasterio de la Conversión (Ávila, España)
El título lo dice todo. Ya lo veíamos venir desde el primer instante de su existencia, un Dios que nace escondido, entre los pequeños, y que gasta, como uno de tantos, años y años de su existencia desapercibido. Luego, en la vida pública, lo recalcó una y otra vez. Más allá de un recurso literario de los redactores, la insistencia en el llamado «secreto mesiánico», en el contexto de los milagros, acentúa la paradoja del ministerio de Jesús: el atractivo de su autoridad divina va unido al rechazo a todo encumbramiento personal. Jesús no buscaba jamás su propia Gloria. De hecho, no habla de Sí en los Evangelios, sino que proclama el Evangelio del Reino y muestra el Rostro del Padre. Quiere romper con toda comprensión humana de la divinidad como potencia, fuerza, irrupción que se impone sin remedio. Jesús, en cambio, se caracteriza por la humildad de quien pide permiso, incluso para amar, hacer bien, cuidar, sanar… Él primero pregunta: ¿qué quieres que haga por ti?
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