martes, 26 octubre, 2021

TACHAR DE LA LISTA

Dando un retiro sobre los consejos evangélicos a un grupo de hermanas jóvenes, al llegar a la castidad y a medida que avanzaba en mis palabras los rostros se ponían tensos y hasta pensé que se me había colado algún disparate. No me aguanté y pregunté qué sucedía, una de ellas exclamó: «¡Es que yo he tachado a varias hermanas de la lista!», y añadió: «Justo me estoy dando cuenta de que no estoy viviendo este voto». Tuve que procesar este «tachar de la lista», ¿qué me estaba diciendo?

Les había compartido que vivir la castidad es una manera de situarme en el mundo relacional en el que todos caben, y eso es fácil de decir y difícil de hacer. En todo caso, la castidad consagrada hace que el corazón quede libre, dilatado, ancho, y se amplíe la mirada para ver más allá y saber percibir las necesidades de tanta gente cercana y no tan cercana, empezando por la comunidad. El haber aceptado ese don me sitúa, si soy consciente de la decisión tomada, en un ámbito muy concreto, donde efectivamente no tacho a nadie de la lista y menos a mis hermanas y hermanos.

En mi congregación he experimentado amistades profundas –al decir esto me viene a la cabeza cómo algunas hermanas mayores alertaban de las amistades particulares, cuestión superada pero que nos indica que también así podemos perder el ser solo para Dios y para todos–. Amistad que nos ha ayudado a crecer, a sortear buenos y malos momentos que día a día me configuran más a Cristo para seguir caminando en entrega y escucha.

Deseamos ser amados y eso comporta alegrías y disgustos, gozos y enfados que forman parte del verdadero querer. ¿En estos últimos meses de vida tan comunitaria qué hemos experimentado? Nuestra vida de castidad nos lleva a no excluir a nadie y a trabajarnos un corazón libre para todos, pues Dios ama a la humanidad entera y Jesús nos revela la vida auténticamente humana. La libertad que nos otorga el voto de castidad nos facilita el encuentro con las personas. No es la castidad una coraza, sino todo lo contrario, unas alas que me ayudan a ver la belleza de lo que me rodea. Y sin duda todo empieza en el ámbito comunitario, no sea que el día que no estemos nos lloren los de fuera y se alivien los de dentro.

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