SARTENES Y CASTIDAD

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blog-ianireEstos días me estoy acordando mucho de la costumbre que tiene la Hermana responsable de la cocina en mi casa de esconder la sartén con la que hace la tortilla de patatas. Ella dice que, como es la que menos se pega, prefiere quitarla “de circulación” para dedicarla a esa casi sagrada tarea (al menos para mí) de la tortilla española. Reconozco que a veces se me ocurren ideas un poco peregrinas pero recuerdo esta manía porque ando preparando algunas cosillas sobre la castidad. Ya sé que suena extraño, pero pienso que quizá las “sartenes” son una gráfica manera de ilustrar dos síntomas de un celibato que tiene que seguir creciendo.

Del mismo modo que hay sartenes a las que se les “pega” todo, también hay corazones célibes que andan “enganchándose” a personas, tareas, lugares… o a cualquier realidad que polariza un amor llamado a ser universal. Y que la sartén se pegue no es solo una dificultad para la tortilla, que acaba hecha un adefesio, sino también para la propia sartén que, al limpiarla, sigue perdiendo su capacidad de ser “anti-adhesiva”.

Pero también hay otras sartenes que no sirven para cocinas de inducción porque son incapaces de hacer aquello para lo que están llamadas: transmitir a los alimentos el calor que reciben del fuego. De la misma forma, hay célibes que, por miedo a que “se les pegue” algo, acaban optando inconscientemente por renunciar a poner en juego el corazón en medio de la vida, sin implicarse afectivamente en nada ni con nadie.

Unas y otras sartenes sirven para poco… y aquí está el límite de la imagen, porque, en vez de terminar en la basura, el Señor, que es el “fuego” de Amor a quien pertenecemos en exclusiva, nos va enseñando a lo largo de nuestra vida (si le dejamos) a conjugar el verbo amar en todos sus tiempos, modos y personas. Y así, de modo misterioso y por su sola Gracia, la sartén de cocina eléctrica puede ir adaptándose a la inducción  o la que se pega puede ir ganando en “anti-adherencia” para compartir sin arrebatar aquél calor que da sentido a nuestra vida.

(Esta entrada se la dedico a mi amigo Javier Izquierdo, pues siempre recuerdo que él, por su dominio del tema, era el encargado de comprar las sartenes en su casa).