sábado, 25 junio, 2022

Repartir el pan de nuestra vida: Todo por nada

Lo que hoy comparto con vosotros lo escribí hace doce años. Espero que nos ayude a entrar en el misterio que celebramos: El Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Comieron todos y se saciaron”:

Así dice el evangelio que se proclama este día en tu celebración eucarística: “Comieron todos y se saciaron”.

No te quedes distraída, Iglesia cuerpo de Cristo, en lo que aquel hecho pudo tener de asombroso, de increíble, de imposible; tú sabes lo que tuvo de anticipación de la eucaristía que celebras: has visto a Jesús tomando en sus manos aquellos alimentos, alzar la mirada al cielo, pronunciar sobre ellos la bendición, partirlos y darlos a los discípulos para que ellos se los sirvieran a la gente; y has visto los panes que aquellos cinco mil comieron, anuncio y prefiguración del pan eucarístico que alimenta a los innumerables hijos de Dos, representación simbólica de la vida entregada de Cristo Jesús.

No hace falta, Iglesia amada del Señor, que nadie te lo explique, porque tú misma lo ves: En tu eucaristía nos alimentamos de Cristo, pan único y partido, con el que nos sacia el Padre del cielo.

Comemos por la fe, y nos saciamos, porque es a Cristo a quien recibimos, y él es para nosotros todo lo que podemos desear, todo lo que podemos hambrear; él ya es para nosotros el cielo que esperamos.

Y cogieron las sobras”:

Si la eucaristía es un pan para todos, necesariamente ha de sobrar, pues de ese único pan, del que comen los que creen, han de poder comer quienes todavía no lo han conocido porque todavía no han creído. Lo más sorprendente en el relato de la multiplicación de los panes, no es que muchos hubiesen comido con poco, sino que hubiese sobrado para que pudiesen comer todos los que no habían participado de aquella comida.

Si alguno piensa que los creyentes vamos por el mundo con la idea triste de ganar prosélitos, sepa que sólo vamos repartiendo pan, un pan del cielo, que contiene en sí todo deleite.

Un misterio de plenitud y gratuidad:

Parafraseando a Juan de la Cruz, podríamos decir que Dios, en darnos como nos dio a su Hijo, todo nos lo ha dado.

Todo se nos da con Cristo, todo se nos da por gracia.

Sólo hace falta la fe para que recibamos lo que por gracia se nos ofrece.

Al comenzar la existencia, cada uno de nosotros ha vivido en el seno de la propia madre un entrañable misterio de plenitud y de gratuidad: Allí recibimos todo lo que necesitábamos para ser en cada momento, para abrirnos al futuro, para desarrollar nuestras posibilidades; allí, si no hemos sido muy desafortunados, todo se nos ha dado con amor y todo ha sido para nosotros puro regalo.

Algo parecido vive el creyente que celebra la eucaristía: Todo lo recibe, todo se le regala.

Ahora bien, por la fe, conocemos el don que se nos hace; por eso, no sólo recibimos, también agradecemos, contemplamos, saboreamos, imitamos y amamos: ¡Aprendemos a dar, como Cristo Jesús, el pan de nuestra vida! ¡Todo por nada!

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