Sor Gemma Morató i Sendra, OP., (27/10/2025) gemmamoratosendra@gmail.com.- Hablar hoy de renovación de la Ratio Formationis de una congregación religiosa sin afrontar seriamente la cultura digital y la irrupción de la inteligencia artificial en nuestras vidas es pretender actualizar la formación sin entrar de lleno en uno de los cambios antropológicos y culturales más profundos de nuestro tiempo. Podemos actualizar el lenguaje, incorporar la sinodalidad, hablar de interculturalidad, de ecología integral, de nuevos modelos de autoridad o de nuevas pobrezas, pero si no nos preguntamos quién es la persona que hoy entra en la vida religiosa y en qué mundo está construyendo su identidad, corremos el riesgo de elaborar documentos nuevos para formar personas que ya no existen.
El mundo digital no es simplemente una herramienta que se ha incorporado a nuestras vidas. Es una cultura, un cambio de paradigma. Y la inteligencia artificial no es solo un instrumento más sofisticado dentro de esa cultura: está empezando a modificar la manera de aprender, trabajar, relacionarnos, crear, tomar decisiones e incluso pensar.
Podríamos expresar la situación con una cierta provocación: los niños ya nacen digitales; los jóvenes son digitales, pero a menudo no saben qué hay detrás de lo que utilizan; y los adultos sabemos —o intuimos— qué hay detrás, pero muchas veces se nos escapa lo que está ocurriendo frente a nosotros.
Un niño aprende a deslizar el dedo sobre una pantalla antes de saber leer. Un joven se mueve con extraordinaria facilidad entre aplicaciones, redes, vídeos, plataformas y sistemas de inteligencia artificial, pero esta destreza no significa necesariamente que comprenda los algoritmos, los intereses económicos, la explotación de los datos, los mecanismos de persuasión o los sesgos que hay detrás de lo que consume. Y muchos adultos, en cambio, sabemos que detrás de una pantalla hay empresas, intereses, estrategias comerciales, mecanismos de poder y riesgos, pero no siempre comprendemos los lenguajes, los vínculos, los códigos y las formas de identidad que se están construyendo ante nosotros. Y es precisamente en medio de esta distancia generacional donde tenemos que formar.
No todas las congregaciones están en el mismo lugar
Ante este cambio cultural encontramos situaciones muy diferentes. Hay congregaciones que parecen prácticamente ajenas al cambio digital. Continúan pensando la formación con categorías elaboradas cuando internet todavía no había transformado la vida cotidiana. En estos casos, el mundo digital aparece sobre todo como un problema disciplinario: cuándo se puede tener teléfono, cuánto tiempo se puede utilizar, qué redes están permitidas o qué contenidos conviene evitar.
Otras congregaciones son mucho más conscientes, pero extraordinariamente cautelosas. Han identificado los riesgos y han desarrollado normas, controles y limitaciones. Algunas medidas pueden ser necesarias, especialmente en determinadas etapas formativas, pero existe el peligro de confundir protección con formación. Proteger a una persona de una realidad no significa necesariamente prepararla para vivir en ella, especialmente en grupos interculturales reunidos en un lugar concreto.
También hay congregaciones que saben perfectamente lo que está ocurriendo. Han organizado cursos, han escuchado a expertos, han hablado de cultura digital en capítulos y asambleas, quizá incluso han elaborado documentos. Pero después casi nada cambia en los procesos formativos.
Y encontramos todavía una situación especialmente paradójica: congregaciones digitalmente modernas y formativamente antiguas. Tienen una magnífica página web, Instagram, vídeos, reels, fotografías profesionales y religiosas o religiosos que comunican con una gracia extraordinaria. Han renovado su imagen digital, pero no necesariamente su manera de formar.
Una joven puede descubrir una congregación a través de un vídeo atractivo y, cuando entra, encontrarse con modelos de autoridad, metodologías pedagógicas, estructuras comunitarias y procesos formativos casi idénticos a los de hace treinta o cuarenta años.
No basta, por tanto, con estar presentes digitalmente. La cuestión es si la cultura digital nos está haciendo repensar la formación.
Los jóvenes no entran en la vida religiosa y después se convierten en digitales
Un candidato o una candidata no llega a la congregación como una página en blanco. Lleva consigo una biografía, una familia, una cultura, una afectividad, una historia de relaciones y también una biografía digital, más o menos arraigada.
Puede haber conocido la congregación por Instagram. Puede haber comenzado su discernimiento vocacional viendo vídeos. Puede haber escuchado testimonios religiosos en YouTube, seguido celebraciones por internet, leído blogs, participado en grupos de WhatsApp o hablado sobre su vocación en redes sociales.
Llega, además, acostumbrado a una determinada experiencia del tiempo: inmediatez, respuesta rápida, múltiples estímulos e información permanente. Está habituado a buscar cualquier información en cuestión de segundos y a mantener cotidianamente relaciones con personas que viven a miles de kilómetros.
No podemos considerar todo esto simplemente como una dificultad que hay que corregir. Forma parte de la persona que pide entrar.
Por eso la pregunta formativa ya no puede ser solo: «¿Cómo conseguiremos que utilice bien las redes?». Debería ser: «¿Qué tipo de persona está configurando esta cultura y cómo podemos acompañarla para que llegue a ser una persona libre, madura, crítica, contemplativa y capaz de discernimiento?». Aquí aparece un concepto que las nuevas Ratio Formationis deberían incorporar con mucha más decisión: la madurez digital.
De la disciplina digital a la madurez digital
Durante mucho tiempo se ha abordado la cuestión tecnológica desde la disciplina: qué se puede utilizar, cuándo, durante cuánto tiempo y con qué límites. Estas normas pueden ser necesarias, pero son insuficientes. A veces incluso han creado una especie de burbuja formativa: al salir del noviciado, algunas personas descubren que el mundo digital ha avanzado tanto que desconocer una red social, una aplicación o formas de comunicación ya cotidianas resulta difícil de entender para los demás. Una formación que protege desconectando corre el riesgo de devolver a la realidad personas menos preparadas para habitarla. Esto no excluye, naturalmente, momentos concretos de desconexión e incluso de silencio digital, indispensables para favorecer el encuentro con uno mismo, profundizar en la propia vocación y abrir espacio al encuentro con Dios. Pero una cosa es aprender a desconectarse para entrar en profundidad y otra muy distinta formar al margen de la realidad digital en la que después habrá que vivir. El objetivo de la formación no puede ser conseguir una persona obediente ante una normativa digital, sino una persona libre ante la tecnología.
La primera competencia es, por tanto, la libertad interior y la autonomía. Una persona digitalmente madura debería poder conectarse y desconectarse sin angustia ni dependencia; utilizar dispositivos y plataformas sin que estos dominen su atención, su afectividad o sus decisiones; y reconocer cuándo la tecnología es una ayuda y cuándo se ha convertido en refugio, evasión o distracción.
Esto exige también educar la atención y el silencio. Poder mantener la atención durante la lectura, el estudio, la oración o una conversación sin necesidad de interrupciones constantes. Aprender a crear tiempos sin dispositivos, notificaciones ni estímulos. Recuperar incluso capacidades aparentemente poco productivas: esperar, aburrirse, contemplar, estar ante Dios sin necesidad de que «pase algo».
Quizá una de las grandes disciplinas espirituales del siglo XXI sea precisamente esta: recuperar la atención. El silencio ya no consiste solo en no hablar. Hoy también significa aprender a no conectarse.
Pensar en medio del exceso de información
La madurez digital requiere también pensamiento crítico y alfabetización mediática. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, paradójicamente, nunca había sido tan necesario aprender a discernirla.
Formar hoy significa enseñar a distinguir información, conocimiento y sabiduría; reconocer fuentes fiables; verificar datos; identificar desinformación; entender, al menos de manera básica, cómo funcionan los algoritmos, las recomendaciones y los mecanismos de persuasión.
Y esto afecta también a los contenidos religiosos. Una homilía compartida miles de veces no es necesariamente buena teología. Un vídeo emotivo no es necesariamente verdadero. Una frase atribuida a un santo puede no haber sido pronunciada nunca por él. Una respuesta aparentemente espiritual puede esconder simplificaciones, ideologías o manipulaciones.
La formación tiene que enseñar a preguntar antes de compartir y a verificar antes de creer. Esto es todavía más necesario con la inteligencia artificial, porque una respuesta puede ser extraordinariamente convincente, estar perfectamente redactada y, sin embargo, contener errores. La forma impecable ya no es garantía de verdad.
La intimidad también necesita formación
La cultura digital plantea igualmente una nueva responsabilidad ética. Los datos se han convertido en uno de los grandes bienes de nuestro tiempo, pero seguimos compartiendo información con una extraordinaria inconsciencia.
La formación debería incluir criterios claros sobre la protección de la propia intimidad y la de los demás. Fotografías, nombres, situaciones personales, conflictos comunitarios, datos de salud, historias de vida o información pastoral no pueden circular sin criterio simplemente porque disponemos de un grupo de WhatsApp o porque una plataforma nos permite compartirlos.
Hay que aprender a configurar adecuadamente la privacidad, pedir consentimiento, respetar la imagen y la reputación de las personas y comprender que lo que tecnológicamente podemos compartir no es necesariamente aquello que éticamente tenemos derecho a compartir.
Con la IA esta responsabilidad es más grande. No podemos introducir alegremente en plataformas digitales conflictos comunitarios, informes, historias de vida, cuestiones de acompañamiento o datos personales de otras personas. Aunque la IA no lo guarda todo de forma absoluta, almacena una gran parte de lo que se escribe. La comodidad de obtener una respuesta no nos exime del deber de confidencialidad.
Afectividad, castidad y relaciones en línea
También la formación afectivo-sexual necesita incorporar decididamente la realidad digital. No se trata únicamente de hablar de pornografía o de contenidos sexuales. La cuestión es mucho más amplia. Hay que ayudar a reconocer la calidad de los vínculos digitales y su relación con los presenciales; detectar dependencias afectivas invisibles; establecer límites en la mensajería, las redes y los grupos; e identificar relaciones paralelas que pueden acabar sustituyendo los vínculos comunitarios reales.
Basta observar algunas salas de comunidad: personas sentadas juntas, pero cada una mirando su móvil. La recreación, que tradicionalmente era un espacio privilegiado para conversar, compartir lo vivido, reír, interesarse por el otro y construir fraternidad, corre el riesgo de reducirse simplemente a estar físicamente juntos. Y estar juntos no significa necesariamente encontrarse. El desafío no consiste en eliminar los dispositivos, sino en recuperar la presencia: ser capaces de estar realmente allí donde estamos y con quienes estamos. Una comunidad puede estar permanentemente conectada y, paradójicamente, profundamente desconectada.
La castidad consagrada también se vive digitalmente. Tiene que ver con la intimidad, la verdad, los límites, el respeto, la libertad en las relaciones y el estar pendiente de todos.
Una pregunta formativa importante será, por tanto, no solo con quién se relaciona una persona, sino también cómo, cuándo, durante cuánto tiempo y con qué grado de intimidad se relaciona digitalmente.
Y entonces llega la inteligencia artificial
Si internet modificó el acceso a la información, la inteligencia artificial está empezando a modificar algo todavía más profundo: la relación con el conocimiento y con el mismo acto de pensar.
Una persona en formación puede pedir a una IA que le resuma un libro, le explique un texto teológico, le prepare una reflexión bíblica, le corrija un trabajo, le redacte una oración, le traduzca un documento o le ayude a preparar una actividad pastoral.
Pero puede ir mucho más allá. Puede, como decía, contarle un conflicto comunitario, preguntarle qué piensa de su formadora, pedirle que interprete una conversación, exponerle sus dudas vocacionales o buscar consuelo cuando se siente sola.
Entonces aparece una pregunta que las Ratio Formationis apenas han empezado a formular: ¿qué significa formar a una persona que podrá conversar cotidianamente con una máquina que responde, argumenta, sugiere, simula comprensión y está disponible veinticuatro horas al día?
Por eso será necesaria una verdadera alfabetización en inteligencia artificial. Aprender a utilizarla como herramienta y no como sustituto del pensamiento, del estudio o del discernimiento; verificar sus respuestas, especialmente cuando se refieren a cuestiones teológicas, espirituales, pastorales o personales; ser transparentes sobre su uso en trabajos y materiales; y proteger siempre los datos propios y ajenos.
Pero quizá la competencia más importante será saber cuándo no utilizarla. Hay decisiones vocacionales, conflictos, procesos de acompañamiento, cuestiones de conciencia o experiencias de oración que no pueden delegarse en una máquina. Una IA puede proporcionar información para el discernimiento; no puede discernir en nuestro lugar. Puede generar una oración; no puede rezar por nosotros. Puede simular empatía; no puede sustituir el encuentro humano.
Magnifica Humanitas: custodiar aquello que nos hace humanos
En este contexto, Magnifica Humanitas, la primera encíclica del papa León XIV ofrece una perspectiva especialmente fecunda para la formación. El Papa no afronta la inteligencia artificial simplemente como una nueva tecnología que hay que aprender a utilizar, sino dentro de una pregunta mucho más profunda: ¿qué significa ser humano en un mundo en el que las máquinas pueden realizar actividades que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas? Esta es también una pregunta esencial para cualquier Ratio Formationis.
León XIV constata que la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando con enorme rapidez no solo el trabajo y la comunicación, sino también los procesos de decisión y el imaginario colectivo (cf. Magnifica Humanitas, 4).
Por tanto, la IA no es exterior a la persona que entra en formación. Forma parte del mundo en el que esa persona ha crecido, ha aprendido, ha establecido relaciones y ha construido progresivamente su identidad.
Pero el Papa establece una distinción decisiva. No podemos equiparar la inteligencia artificial con la inteligencia humana. Una máquina puede procesar datos, relacionar informaciones, calcular probabilidades y generar lenguaje. Pero no vive. No tiene cuerpo. No experimenta sufrimiento ni alegría. No ama. No madura a través de las relaciones y, sobre todo, no tiene conciencia moral (cf. Magnifica Humanitas, 99). Esta afirmación tiene consecuencias enormes para la formación religiosa.
Si queremos formar personas capaces de discernir, no podemos limitarnos a enseñarles a obtener buenas respuestas. Tenemos que formar conciencias capaces de hacerse buenas preguntas. Si queremos formar para la vida comunitaria, no basta con enseñar técnicas de comunicación. Hay que aprender vulnerabilidad, reciprocidad, paciencia, perdón, fidelidad y, sobre todo, humildad: la humildad de reconocer que podemos equivocarnos, de aceptar que no siempre tenemos razón, de dejarnos cuestionar por el otro, de pedir perdón y de permitir que alguien que nos conoce realmente nos diga aquello que quizá no queremos escuchar.
Y, si queremos formar para la oración, no basta con disponer de textos espiritualmente impecables. Hay que aprender a situarse personalmente ante Dios. Y si queremos formar para el discernimiento, no podemos confundir nunca la capacidad de procesar información con la sabiduría necesaria para tomar una decisión.
Cuando la respuesta llega antes de que la pregunta haya madurado
León XIV advierte también del riesgo de que la facilidad con la que obtenemos resultados nos acostumbre a delegar excesivamente y a buscar respuestas rápidas, debilitando el juicio personal y la creatividad (cf. Magnifica Humanitas, 100). Esta advertencia toca directamente la formación.
Durante siglos la vida religiosa ha valorado procesos que necesitan tiempo: leer, estudiar, meditar, confrontar, rezar, esperar, equivocarse, volver a empezar, dejarse acompañar. La cultura digital nos acostumbra, en cambio, a otra secuencia: pregunto y obtengo; busco y aparece; pido y recibo. La rapidez no es mala, el problema aparece cuando la velocidad de la respuesta elimina el tiempo necesario para que madure la pregunta.
Una persona puede preguntar a una IA: «¿Cómo puedo resolver este conflicto?», «¿Cómo sé si tengo vocación?», «¿Qué debería decir a mi formadora?», «¿Qué significa esta experiencia espiritual?». Probablemente obtendrá una respuesta coherente, ordenada y aparentemente sensata.
Pero la formación cristiana no consiste en encontrar siempre una respuesta inmediata. Hay preguntas que necesitan ser habitadas. Hay silencios que necesitan ser sostenidos.
Hay crisis que no necesitan una solución inmediata. Hay experiencias de Dios que solo pueden madurar cuando aceptamos no comprender. Por eso una de las competencias espirituales más importantes en la era de la IA será resistir la necesidad de respuesta inmediata.
Cuando la máquina parece comprendernos
Todavía es más delicada la capacidad de los sistemas de inteligencia artificial para imitar formas humanas de comunicación: comprensión, consejo, amistad, empatía o afecto.
Magnifica Humanitas advierte que, especialmente cuando hay pobreza de relaciones y afectos reales, estas simulaciones pueden acabar debilitando el mismo deseo de buscar al otro (cf. Magnifica Humanitas, 100).
Esta cuestión debería preocupar especialmente a la vida religiosa. ¿Qué ocurre cuando una persona en formación, o incluso una religiosa o religioso de votos perpetuos, encuentra más fácil explicar sus sentimientos a una IA que a su formadora, superiora o superior, acompañante espiritual o a alguien de su propia comunidad? ¿Qué sucede cuando, ante un conflicto comunitario, consulta primero a una máquina porque sabe que no la juzgará, no se enfadará y estará disponible inmediatamente? ¿Qué pasa cuando una persona que experimenta soledad encuentra en una conversación artificial una sensación de compañía más cómoda que las relaciones reales?
Aquí aparece una paradoja extraordinaria: una tecnología creada para facilitar la comunicación podría acabar evitándonos el riesgo del encuentro. Porque una persona real incomoda. No siempre responde cuando queremos. Puede interpretarnos mal. Puede contradecirnos. Necesita tiempo. Tiene sus propios problemas. Nos obliga a salir de nosotros mismos. La máquina, en cambio, está disponible y además no nos contradice. Perdemos la alteridad.
En cambio, justamente, la incomodidad forma parte de la experiencia humana y de la vida comunitaria. La fraternidad no consiste en encontrar siempre a alguien que responda exactamente como necesitamos, sino en aprender a amar a personas reales.
Una Ratio Formationis del tiempo de la IA tendrá que defender, por tanto, el valor formativo de la relación humana imperfecta.
Formar el juicio, no solo transmitir contenidos
Esta es probablemente una de las consecuencias pedagógicas más importantes del nuevo paradigma. Durante mucho tiempo la formación se ha organizado, en buena parte, en torno a la transmisión de contenidos: Biblia, teología, espiritualidad, historia de la congregación, carisma, constituciones, liturgia, pastoral. Todo esto sigue siendo necesario. Pero hoy los contenidos son extraordinariamente accesibles.
El bien formativo más escaso ya no será necesariamente la información. Será el criterio. Saber distinguir información de conocimiento y conocimiento de sabiduría. Saber verificar una fuente. Reconocer una manipulación. Descubrir los presupuestos de una argumentación. Saber que una respuesta bien escrita puede ser falsa. Distinguir lo que parece profundo de lo que realmente lo es. Y tener la humildad de reconocer: «No lo sé».
León XIV recuerda que los sistemas artificiales pueden generar una impresión de objetividad que haga olvidar que también reflejan parámetros culturales, decisiones y sesgos humanos (cf. Magnifica Humanitas, 100). Por eso el pensamiento crítico no es simplemente una competencia académica. En la cultura digital se está convirtiendo también en una competencia espiritual. Discernir no es sospechar de todo. Es aprender a mirar en profundidad.
Prohibir no es formar
Ante este escenario, la tentación más fácil es controlar. Retirar el teléfono, limitar las horas, restringir aplicaciones o impedir determinados usos. Puede haber momentos en los que algunas limitaciones sean pedagógicamente necesarias. Pero no podemos confundir el medio con la finalidad.
¿Una formación que solo funciona mientras la persona está protegida de determinados estímulos ha conseguido realmente formar? Existe una paradoja evidente: controlamos durante la formación aquello que después la persona tendrá que aprender a gestionar libremente durante toda la vida.
No formamos en pobreza simplemente impidiendo comprar. No formamos en obediencia impidiendo decidir. No formamos en castidad impidiendo relacionarse. Del mismo modo, difícilmente formaremos en madurez digital simplemente retirando dispositivos.
Magnifica Humanitas habla de la necesidad de salvaguardar la libertad frente a las formas de dependencia y mercantilización (cf. Magnifica Humanitas, 131). Esta puede ser una clave fundamental para la formación: la cuestión no es solo cuánto utilizamos la tecnología, sino qué libertad tenemos frente a ella.
¿Puede una persona dejar el teléfono? ¿Puede apagarlo? ¿Puede soportar no saber inmediatamente qué ha ocurrido? ¿Puede leer durante una hora sin consultar una notificación? ¿Puede escuchar a una hermana o a un hermano sin mirar la pantalla? ¿Puede rezar sin esperar estímulos? ¿Puede estar sola sin necesidad de llenar inmediatamente el silencio?
En este sentido, el silencio digital no es una prohibición. Puede ser un ejercicio ascético contemporáneo de libertad.
También los consejos evangélicos se han vuelto digitales
La pobreza tiene hoy una dimensión tecnológica. No es indiferente el consumo de dispositivos, aplicaciones, suscripciones y servicios, ni la necesidad permanente de disponer del último modelo. La sobriedad digital forma parte también de la pobreza evangélica.
Y hay una dimensión ecológica que no deberíamos ignorar. El mundo digital parece inmaterial porque no vemos físicamente aquello que lo hace posible, pero requiere energía, centros de datos, agua, extracción de recursos, fabricación de dispositivos y genera residuos. Magnifica Humanitas recuerda también el impacto ambiental de los sistemas de IA y el consumo de recursos que comportan (cf. Magnifica Humanitas, 101).
Una persona puede vivir con muy pocas posesiones materiales y, sin embargo, estar inmersa en una cultura digital profundamente consumista. Por eso la sobriedad evangélica también tendrá que ser sobriedad digital.
La castidad, como hemos visto, necesita integrar la dimensión digital de la afectividad, la intimidad y las relaciones. Y también la obediencia queda interpelada. Una generación acostumbrada a preguntar, comparar, contrastar y tener acceso inmediato a múltiples fuentes difícilmente puede ser formada desde un modelo en el que una persona sabe y la otra simplemente recibe.
Esto no tiene por qué ser necesariamente una amenaza. Puede convertirse en una magnífica oportunidad para recuperar el sentido más evangélico de la obediencia: escucha, diálogo, discernimiento, responsabilidad personal y búsqueda compartida de la voluntad de Dios.
Una comunidad conectada puede estar profundamente desconectada
La cultura digital obliga también a revisar qué entendemos por vida comunitaria. Podemos vivir bajo el mismo techo y habitar mundos completamente distintos. Podemos compartir oración, mesa y misión y, terminada la jornada, desaparecer cada uno dentro de su propio dispositivo.
Por eso las comunidades necesitan llegar a acuerdos sobre el uso de los dispositivos en momentos significativos: la oración, las comidas, las reuniones, los espacios de descanso o de convivencia. No se trata de infantilizar a personas adultas con prohibiciones, sino de proteger comunitariamente aquello que consideramos valioso.
Hay que educar también la comunicación digital: el lenguaje que utilizamos, la verdad de lo que transmitimos, el respeto, la caridad y la prudencia. Y aprender a no trasladar inmediatamente al exterior los conflictos comunitarios antes de haber intentado el diálogo con las personas implicadas.
Incluso la interculturalidad adquiere una dimensión nueva. Un religioso o una religiosa destinado a otro país ya no experimenta la distancia como hace treinta años. Puede continuar viviendo durante horas cada día en su lengua, su cultura, su familia y sus grupos de origen. Es una riqueza extraordinaria, pero también puede dificultar una inserción real en la nueva comunidad y cultura.
La tecnología ayuda a discernir, pero no discierne
Otra competencia fundamental será aprender a no delegar decisiones importantes en herramientas automatizadas. Una IA puede ayudarnos a buscar información, comparar textos, traducir, descubrir perspectivas que no habíamos considerado u ordenar elementos de un problema. Todo ello puede ser útil para el discernimiento. Pero el discernimiento no es la suma de los datos disponibles.
Las decisiones vocacionales, comunitarias o pastorales necesitan conciencia, oración, realidad, acompañamiento, contraste comunitario y responsabilidad personal. Una respuesta tecnológicamente sofisticada puede darnos la falsa sensación de haber discernido cuando simplemente hemos recibido una respuesta bien construida.
La IA puede acompañar algunos procesos de pensamiento; no puede asumir nuestra conciencia ni nuestra responsabilidad.
Formar personas, no optimizar individuos
Hay otra advertencia de Magnifica Humanitas que toca el corazón mismo de cualquier Ratio Formationis. León XIV alerta del riesgo de que el paradigma tecnocrático nos lleve a considerar a la persona como un proyecto que debe ser optimizado, en lugar de una criatura llamada a la relación y a la comunión (cf. Magnifica Humanitas, 112).
Esta advertencia también nos afecta. Porque la lógica de la optimización puede entrar sutilmente en la formación religiosa. Queremos personas equilibradas, preparadas, espiritualmente sólidas, comunitariamente capaces, pastoralmente eficientes, interculturales, resilientes, disponibles, formadas académicamente y, ahora, digitalmente competentes.
Todo esto es bueno. Pero una persona en formación no es un proyecto que haya que optimizar. Es una persona que tiene que crecer. Y crecer implica límites, errores, contradicciones, fragilidades, tiempo, retrocesos, reconciliación, descubrimientos y gracia.
Precisamente aquí aparece una de las diferencias fundamentales entre el crecimiento humano y el aprendizaje artificial. Una máquina mejora mediante datos y retroalimentación. Una persona madura a través de la vida, de las decisiones, de los errores, del perdón, de las relaciones y de la fidelidad.
La Ratio Formationis no puede convertirse en el algoritmo con el que una congregación intenta producir el modelo ideal de religioso o religiosa. Debe ser un itinerario que acompañe a una persona real a descubrir la forma única que el Evangelio, el carisma, la comunidad y la gracia pueden tomar en su vida.
Una pedagogía progresiva de la madurez digital
Todo esto no se adquiere de golpe. Por tanto, una Ratio Formationis renovada debería establecer competencias digitales progresivas según las distintas etapas formativas.
En el tiempo previo y el postulantado, habría que ayudar a tomar conciencia de los propios hábitos digitales: tiempo de conexión, redes utilizadas, dependencias, formas de relación, necesidad de validación, capacidad de desconexión. Sería también el momento de adquirir criterios básicos de privacidad, intimidad, información y uso responsable de las redes.
El noviciado ofrece una oportunidad privilegiada para profundizar en el silencio digital y la gestión de la atención. También para revisar los vínculos afectivos en línea, descubrir qué ocurre interiormente cuando disminuyen los estímulos y adquirir los primeros criterios serios sobre el uso de la IA en el estudio, la oración y el discernimiento.
Durante la profesión temporal, la cuestión se amplía. Hay que aprender a utilizar responsablemente la tecnología en la misión y el apostolado, asumir responsabilidades en la comunicación institucional y discernir la propia presencia digital. La formación debe acompañar a la persona hacia un uso cada vez más autónomo, no aumentar indefinidamente la dependencia de normas externas.
Y la formación permanente es indispensable. La cultura digital cambia demasiado rápidamente como para que lo aprendido durante la formación inicial sirva para toda la vida. Hay que revisar periódicamente hábitos, dependencias y criterios; formar a formadores y formadoras en cultura digital e inteligencia artificial; y actualizar las orientaciones congregacionales a medida que aparecen nuevas realidades.
Sería contradictorio pretender formar a jóvenes para el mundo digital con formadores que no comprenden mínimamente ese mundo. Y de esos, hay muchos.
¿Cómo sabemos si existe madurez digital?
Una Ratio no debería limitarse a formular ideales. También necesita algunos indicadores observables. No se trata de medir cuántas horas pasa una persona delante de una pantalla, sino de observar qué tipo de relación ha establecido con ella.
Hay madurez cuando una persona puede pasar horas sin teléfono sin experimentar ansiedad; cuando utiliza la tecnología para servir a la misión y no principalmente para evadirse; cuando sabe decir «no» a notificaciones, grupos y contenidos que no aportan nada; cuando revisa críticamente lo que lee antes de compartirlo; cuando su identidad no depende de la validación que recibe en las redes; cuando utiliza la inteligencia artificial con transparencia y criterio; cuando mantiene vínculos profundos con las personas con quienes comparte la vida; y cuando protege su intimidad y la de los demás.
Quizá este sea un criterio especialmente sencillo y revelador: La madurez digital no se demuestra por saber utilizar mucha tecnología, sino por poder decidir libremente qué utilizar, cuándo utilizarlo, por qué utilizarlo y cuándo dejarlo.
No necesitamos un capítulo sobre internet
Quizá este sea precisamente el error que deberíamos evitar en las nuevas Ratio Formationis: añadir al final un capítulo titulado «Cultura digital y redes sociales» y considerar resuelta la cuestión. No necesitamos tanto un capítulo sobre internet o la IA como una mirada digital transversal sobre toda la formación.
La cultura digital debería aparecer cuando hablamos de identidad, afectividad, sexualidad, vida comunitaria, consejos evangélicos, oración, estudio, discernimiento, autoridad, interculturalidad, misión, apostolado, protección de personas vulnerables y formación de formadores.
Porque el mundo digital no es un lugar al que la vida religiosa acude de vez en cuando. Es uno de los espacios donde hoy las personas se relacionan, construyen su identidad, aman, sufren, consumen, aprenden, buscan sentido, evangelizan y también buscan a Dios.
El gran cambio que necesitamos es pasar de la disciplina digital a la madurez digital; del control a la autonomía; de la prohibición al discernimiento; y del simple uso de las herramientas a una verdadera sabiduría sobre su uso.
Conclusión
La pregunta definitiva: ¿nos hace más humanos?
Hacia el final de su reflexión sobre la tecnología, León XIV recupera en Magnifica Humanitas una pregunta de Juan Pablo II que conserva toda su fuerza: si el progreso tecnológico hace la vida humana «más humana» y «más digna del hombre» (Magnifica Humanitas, 129).
Quizá esta sea también la pregunta que una Ratio Formationis debería enseñar a formular ante cualquier tecnología: ¿Esto me hace más libre o más dependiente? ¿Me hace más capaz de relacionarme o me aísla? ¿Me ayuda a pensar o piensa por mí? ¿Me ayuda a estudiar o me ahorra el esfuerzo de aprender? ¿Me acerca a las personas o me permite evitarlas? ¿Amplía mi capacidad de servir o simplemente aumenta mi eficiencia? ¿Me ayuda a discernir o me proporciona una respuesta para que no tenga que discernir? ¿Me ayuda a rezar o llena incluso el espacio que debería dejar a Dios?
Estas preguntas son mucho más importantes que cualquier normativa sobre horas de conexión.
Porque la gran cuestión de la formación en tiempos de inteligencia artificial no es formar personas que sepan utilizar bien las máquinas, sino formar personas que, viviendo entre máquinas cada vez más capaces, no olviden aquello que solo ellas pueden llegar a ser.
Aquí encontramos, probablemente, una de las nuevas responsabilidades de toda Ratio Formationis: custodiar la humanidad de la persona consagrada. Custodiar su interioridad, su conciencia, su libertad, su capacidad de amar, su cuerpo, su vulnerabilidad, el silencio, el pensamiento crítico, la relación, la compasión, la responsabilidad y la apertura a Dios.
No formar contra la tecnología ni formar al margen de la tecnología. Sino formar personas suficientemente humanas, suficientemente libres y suficientemente maduras espiritualmente para habitar evangélicamente un mundo tecnológico.
Una Ratio Formationis renovada no puede limitarse a preparar personas para que encajen en la vida religiosa que hemos conocido. Tiene que formar mujeres y hombres capaces de discernir y vivir evangélicamente en el mundo que está naciendo.
Y este mundo será inevitablemente humano y digital, real y virtual, atravesado por algoritmos e inteligencias artificiales. Quizá, por tanto, la pregunta final ya no sea qué tiene que hacer la vida religiosa con la inteligencia artificial.
La pregunta es mucho más comprometedora: ¿Qué tipo de persona consagrada necesitará la Iglesia en un mundo configurado por la cultura digital y la inteligencia artificial?
Y todavía hay otra, quizá más incómoda: ¿Estamos formando a esa persona o seguimos formando para un mundo que ya no existe?
Si nuestras Ratio Formationis no empiezan a responder estas preguntas, corremos el riesgo de renovar muy bien los documentos mientras el mundo —y, sobre todo, las personas que queremos formar y acompañar— ya han cambiado.
Bibliografía
León XIV. (2026). Magnifica humanitas. Roma: Libreria Editrice Vaticana.




