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Tiempos de vulnerabilidad

He vivido la experiencia de acompañar unos días de oración a hermanas mayores. Me impresiona poder mirarlas en esta tercera etapa de sus vidas, tan poco deseada en nuestras sociedades y que encierra, a la vez, el misterio mismo de la acción de Dios. Causa alegría y dolor compartir con unas mujeres que están en un momento de gran vulnerabilidad.

Acababa de estar con mis padres y sus situaciones son parecidas. Ni creen que pueden hacer ya nada, ni creen que pueden servir y se preparan para ir perdiendo y soltando cada vez más. Perdiendo vista, posibilidades de movimiento, facultades…y lo que más temen: perder la cabeza. “Señor, nos has precedido en todo menos en la vejez”, le escuché una vez a una de mis hermanas mayores. Es la etapa aparentemente de mayor desánimo y esterilidad y, sin embargo, es a la vez el tiempo de la mayor fecundidad porque ahora sí que lo hace todo Dios.
Escuchaba un dato de una provincia en Inglaterra: “en seis años, han fallecido treinta hermanas y no ha entrado nadie”. Vivimos una vida consagrada que se ha hecho mayor, que tiene edad y nos apura vernos con tan poca vida. A nuestros ojos vamos cada vez a peor pero para los Ojos de quien lleva el mundo en sus entrañas tatuados, vivimos un tiempo estupendo porque es el tiempo que nos toca vivir, el único tiempo de la intervención de Dios hoy para nosotros. ¿Lo viviremos intensamente?
Una mujer anciana y sabia de mi congregación decía: “necesitamos dejarnos atraer por ese Dios escondido…No pararnos sólo en lo que el Señor nos dice, ni contentarnos con descubrir su presencia, sino llegar a consentir, a aceptar su plan, a adorar su misterio”. Necesitamos hombres como el anciano Simeón y mujeres como la profetisa Ana, de la tribu de los que están reconciliados con su propia vida; personas con una presencia benevolente y cariñosa hacia todo lo que les rodea. Familiarizadas con los cambios y conocedoras de los lados oscuros y luminosos; capaces de iniciar a los que llegan a la vida consagrada en la generosidad y en la humildad, en la gratitud y en una existencia con sentido. Con sus ojos agrandados por dentro ellos pudieron percibir la salvación de un modo muy diferente a cómo la hubieran imaginado: en el gesto de tomar en brazos a un niño (Lc 2, 28), al contemplar y al abrazar lo vulnerable y lo débil del mundo.
Vivimos tiempos de vulnerabilidad. No tengamos miedo. Todo el Evangelio es eso: el amor de Dios manifestado en lo vulnerable y frágil, en los que no cuentan; en todo lo que está aparentemente perdido.