REFECTORIO (2)

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(Dolores Aleixandre). Estábamos merendando en un día de gran fiesta, allá por los años 60. Profesas, junioras y novicias (unas 100 en total),  cada “tribu” en su sector correspondiente del refectorio, tomando chocolate con churros y hablando  porque era “asueto” (así lo llamábamos en nuestro dialecto). De pronto la superiora tocó la campanita para que nos calláramos y preguntó: – “¿De qué estaban hablando  en la última mesa de las novicias?”. Respuesta de una de ellas: “Hablábamos de la noche oscura de San Juan de la Cruz”. “–¿Y en la mesa de las profesas más antiguas?–” . “Comentábamos lo buenos que están los churros…”.

Las respuestas se prestan a diferentes comentarios pero me voy a quedar solo con dos aspectos: por un lado, la sana normalidad de la respuesta de la profesa y en lo que supone (más en aquel tiempo) de ruptura con la costumbre de decir lo “religiosamente correcto” en cada ocasión. Creo que hemos mejorado mucho en esta normalidad,  pero aún quedan resabios de lenguaje de plástico en nuestras conversaciones,  una tendencia artificial a decir las cosas que se esperan, aunque haga ya mucho tiempo que han dejado de significar algo. Como si fueran la luz de estrellas  que llevan miles de años muertas, pero cuya luz sigue llegando hasta nosotros.

Un momento peligroso de generar ese tipo de lenguaje son nuestras asambleas y  Capítulos: nos batimos en ellos, como en torneos medievales,  para  defender con lanza y espada aquel matiz  o este adjetivo, aunque no tengan relación con lo tangible de la vida real y cotidiana. Y en esos debates suelen llevar las de perder la gente poco propensa a las sutilezas del lenguaje que se atreve a echar un jarro de agua fría sobre la lírica exaltada de las declaraciones. Salvo excepciones, no suelen tener éxito  sus propuestas de pasar las grandes palabras a calderilla y cómodos plazos,  convirtiendo las altas proclamaciones en modestas realizaciones concretas, que siempre suenan a deslucidas.

Pero  lo mismo que al pobre Ulises, navegando entre dos orillas amenazadoras, nos acecha el peligro contrario en forma de una especie de “despalabramiento” para expresar la experiencia espiritual,  para contarnos con más naturalidad y atrevimiento lo que vivimos por dentro sin ese falso pudor que nos impide compartir lo que nos habita en lo profundo.

Quizá las “conversaciones de refectorio” no sean el lugar más apropiado para ello, pero sí pueden distender el clima comunitario y hacernos desear ese modo de relación en el que nos damos mutuamente el permiso para existir tal como somos y experimentar en la convivencia diaria que lo primero que interesa de cada uno  no es lo que hace, ni si lo hace bien o mal, sino cuál es su historia, qué siente, qué va buscando, qué le hace vivir internamente.

Y si vamos  “a por nota”: probar  a decirnos  lo que aprendemos unos de otros en la comunidad y agradecérnoslo cordialmente. Solemos tener extraña facilidad para fabricar “catálogos de reproches” y nos sorprendería el efecto terapéutico que tiene el mirar a los otros desde el agradecimiento y la admiración y ser capaces de verbalizarlo. Creo que a san Juan de la Cruz le parecería casi mejor que si nos dedicáramos a  disertar sobre sus “noches”.