PROPUESTA DE RETIRO EN DICIEMBRE

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«Un Dios más cercano»

Las trampas de las palabras

Probablemente una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia actual sea el ímprobo esfuerzo por traducir conceptos y contenidos teológicos (y, por tanto, “espirituales”) a la gente de hoy. La terminología teológica ha quedado desfasada en buena medida. Incluso para nosotros mismos, cristianos y cristianas más comprometidos en la Iglesia y en la vida cristiana, es necesario una adecuación de conceptos claves del cristianismo al roman paladino. Es algo que habrán de hacer nuestros teólogos; y algunos, en buena medida, lo vienen intentando. Porque, ¿cómo hablar a la gente de “redención”, “asunción”, “ascensión”, “resurrección”, “conversión”, “encarnación”, etc.? ¿Qué entiende nuestra gente sencilla, y no tan sencilla, ante todas estas palabras, “palabros”, dirían algunos? La renovación del lenguaje teológico es tan urgente que considero, modestamente, que se ha convertido en un asunto de vida o muerte para la vida cristiana. Hay palabras, además, que, debido a un abuso de las mismas, o a un mal uso, se han vuelto un tanto alérgicas para mucha gente, incluso tóxicas, si se me permite la expresión. Se han convertido en verdaderas trampas que más que facilitar la vida de fe la obstaculizan o la oscurecen o la deterioran. Son palabras que tienen “mala fama”, que producen cierto escalofrío espiritual, que lastimosamente han ido perdiendo su extraordinaria, valiosa y necesaria significación. ¡Estoy convencido de realidades como el pecado, el sacrificio eucarístico, el infierno, y un sinfín de conceptos teológicos o dogmáticos similares, que hay que “traducir” no solo conceptualmente sino incluso renovando, actualizando y adecuando su contenido a la cultura actual. Esto no es abdicar de estos conceptos ni de su razón de ser y sus contenidos; esto es, “inculturar” la fe a nuestra gente de hoy; esto es “encarnar” el Mensaje que transmitimos para que sea inteligible, creíble y más fácilmente asumible. ¡Esto también es “Iglesia en salida”!

¿Cómo “salir” de nuestros úteros religiosos tradicionales con una “mercancía” difícilmente transmisible, prácticamente caducada, porque no se entienden ni siquiera las formulaciones, las conceptualizaciones de los grandes “temas” (misterios, dogmas, etc.) de nuestro cristianismo? ¿Cómo hablar hoy de Dios a nuestra gente en un lenguaje que sea provocador, fácilmente comprensible, radicalmente existencial? ¿Cómo hacer la propuesta de Dios desde un lenguaje o unos conceptos que han dejado de formar parte del modo de hablar, pensar, expresarse, comunicarse, de la gente de nuestro tiempo? La Iglesia de hoy tiene un problema con el lenguaje de ayer. Puede servir esto como preámbulo.

 

¿Cuándo empieza la Navidad?

Es probable que cuando se lean estas palabras que pretenden, humildemente, ayudarnos a vivir el misterio cercano de la Encarnación de Dios, “ya sea Navidad”   no solo en El Corte Inglés, sino en nuestras calles adornadas de cientos de lucecitas de colores que ni siquiera tienen nada que ver con la susodicha Navidad. Cada año comenzamos antes, en esta sociedad tan necesitada de recesos más o menos festivos que rompan la monotonía o la rutina cansina de la vida diaria, del trabajo, de los estudios, de las semanas aburridas que prolongan excesivamente un tiempo que en ocasiones nos resulta excesivamente anodino por repetitivo. Y nuestros más astutos “directores”, llámense líderes políticos, empresarios y gente de finanzas, capitostes y prohombres de una sospechosa cultura popular, e incluso, también, ¿por qué no decirlo? un entramado religioso católico que intenta buscar “novedades” en la vida cristiana de la gente auspiciando todo tipo de eventos disfrazados de pastoralidad o espiritualidad o apresurado “olor a oveja”: encuentros, años solemnes y especiales, planes, planificaciones y efemérides religiosas, peregrinaciones con pinta de excursiones baratas pero con incienso y agua bendita, conciertos de villancicos o de lo que sea,  etc. Como si fuera necesario “inventar” actividades que sacudan todas las inercias y acedías de los “tiempos ordinarios” para poner al personal en acción y sacudir todas las modorras y apatías que acumula la vida del día a día. Esta puede ser una crítica injusta; lo reconozco, pero, como siempre hemos dicho y oído: “no se trata de hacer por hacer, lo importante es descubrir lo que hay que hacer”. Y, por supuesto, intentar hacerlo bien.

Todo esto para decir que la Navidad eclosiona siempre antes de tiempo, en pleno Adviento, con ornamentos morados y textos litúrgicos de Isaías y Juan Bautista que incitan a la espera y la esperanza, a la preparación del Niño que nacerá “en su debido momento”. Pero los nacimientos y belenes, llenos de figuritas móviles y lucecitas trepidantes solapan la corona de Adviento y no da tiempo ni a encender –en espíritu de Adviento y no de Navidad– la tercera ni la cuarta velita del símbolo de Adviento por excelencia. ¡Nos entra una prisa porque nazca el Niño, que nos gustaría que Jesús hubiera sido sietemesino! (Por decirlo de alguna manera, un tanto irrespetuosa). Y es que necesitamos celebrar una fiesta, tampoco importa demasiado qué es lo que hemos de celebrar. Hay que comprar lotería para tentar a la suerte y procurar ser millonarios de una vez por todas y acabar con todos los sinsabores de la vida; hay que comer turrón de todos los múltiples sabores y texturas para endulzar el amargor y la acidez de una vida a veces dolorosa e insufrible; hay que beber cava, o champán, que es lo mismo, para intentar que las burbujas doradas (es decir, de oro)  de las botellas doradas también, cargadas de un soporífero etílico nos distraigan y exoneren un breve tiempo de tantas preocupaciones, ansiedades y tristezas. ¡Feliz Navidad! nos dicen y decimos, porque estamos hechos para la felicidad y la buscamos legítimamente. El problema estriba en si la buscamos donde podemos encontrarla o nos equivocamos regalándonos todo tipo de artilugios y enseres, algunos de los cuales revendemos a partir del 6 de enero en el mercado de compraventa de Internet.

 

Y es que, nos guste o no, la Navidad y sus anexos (Santa Claus, Papá Noel, Reyes Magos, Cabalgatas, belenes, villancicos, guirnaldas, regalos sin sentido…) han engullido la Encarnación, la han fagocitado hace ya mucho tiempo, hasta el punto de que nos encontramos ante unas “fiestas” tradicionales que han perdido su sentido teológico cristiano original: ¿Quién celebra la Encarnación del Verbo de Dios en el corazón del mundo el 25 de diciembre?

 

¿A la Encarnación… desde dónde?

Estoy convencido del sustrato religioso, grosso modo, de todos los seres humanos. Ya sé que hay muchos que no lo creen así. Yo cada día lo tengo más claro: las personas estamos “orientadas” a la Trascendencia. Creo profundamente que existe “un lugar” en el corazón humano que solo puede llenarlo el Misterio de Dios. Pero no todo el mundo lo percibe. Es más, son muchos quienes tienen obstruido ese “lugar”; los que “no tienen buen oído para las cosas de Dios”, creo que fue Ortega el autor de la frase lapidaria. Creo también que Dios ha sido extraditado de la vida y de la cultura de no pocos. Estamos “sin noticias de Dios”, puede que también fuera el gran filósofo español quien pronunciara estas palabras. Otros dicen que Dios “ha sido exculturado”  de nuestra sociedad; expulsado de nuestra cultura occidental, extraditado. Y si se entiende bien, se matiza, se explica… se puede estar de acuerdo con ello. Pero también creo lo de Agustín: “Nos creaste, Señor, para ti, y no descansaremos hasta que reposemos en ti”. Más o menos.

Pero junto a todo esto creo firmemente que existe una inevitable búsqueda de “algo más”. La inmanencia nos asfixia, el sopor de una vida que comience y termine en sí misma, por muy exitosa que pueda parecer, nos deja insatisfechos. El ser humano siempre será un misterio, casi tan insondable como el Misterio de Dios. Y somos misterio; estamos envueltos en misterio; nos percibimos como misterio; no podemos escapar de un misterio que nos conforma y constituye. Y por eso buscamos “salida” al misterio irresoluto de nuestra propia existencia. No podemos dejar de buscar; somos buscadores por vocación, es más, por nacimiento, por genética, por ADN. Inevitablemente. Irremisiblemente.

Somos exploradores del más allá de los límites de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestros sentidos, de nuestros símbolos, de nuestros acotados horizontes, incluso del inmenso Universo que nos supera, nos aplasta, nos empequeñece en una grandiosidad vergonzante para nuestro afán infantil  de ser centro y ombligo de todo. Somos excesivamente pequeños, excesivamente frágiles, excesivamente pobres, excesivamente débiles, excesivamente complejos. Nos experimentamos solos, vacíos, limitados, encerrados, atados de pies y manos, “con lugar a dudas”, hechos polvo, hechos tierra, prisioneros de nuestra propia historia, de nuestro cuerpo extenuado que se deteriora por días, candidatos a la enfermedad, a la tristeza, a la melancolía, a la muerte. También al gozo, claro, y al placer, y a la alegría… ¡pero todo efímero, todo puntual, todo con minúsculas, todo insuficiente! ¡Y no nos resignamos! Nunca nos hemos resignado y siempre hemos salido a explorar, a otear horizontes y sobrepasarlos. Siempre tentados a dar un sorpasso a la vida de cada día, tan monótona, tan complicada, tan sin sentido. Por eso indagamos, por eso atisbamos, entrevemos, sospechamos, y salimos de nosotros mismos. Incluso sin saberlo. Nos ponemos en camino calladamente, en ocasiones sin mochila ni cantimplora; a veces sin hacer ruido para que nadie se entere. ¡No está bien visto estar en búsqueda, pretender una trascendencia en un mundo que procura ofrecerlo todo para que seamos felices y tengamos éxito! No es políticamente correcto; no se lleva, no está de moda, es cosa de locos, o de idealistas, o de utópicos, o de quijotes, o incluso nos pueden tildar de insatisfechos, de neuróticos, de fantasiosos como Alicia en el país de la maravillas, o trasnochados en pos de la fuente de la eterna juventud; o anacrónicos tras la panacea universal o correveidiles en busca de la piedra filosofal. No, no está bien visto ser hombres y mujeres en búsqueda de la Trascendencia o del sentido y la legitimidad de la Vida.  “El muerto al hoyo, el vivo al poyo” (o “al pollo”, que también puede ser).

 

Un Dios que no soporta estar solo: “Dios nos habla como amigo”

El Dios que se muestra en las Sagradas Escrituras es un Dios que se revela. El cristianismo parte de esta condición bíblica mantenida por toda la Tradición de la Iglesia: el Dios del Antiguo Testamento, que se manifiesta a su vez plenamente en el Nuevo Testamento (cf. Heb1,1ss) es un Dios revelado a través de la historia del pueblo hebreo y que alcanza su máximo momento revelador en la persona de Jesucristo, el Mesías. Así se inicia la Constitución dogmática sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II, en sus primeras palabras: “Dispuso Dios, en su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad (cf. Ef 1,9), por el que los hombres, por medio de Cristo, Verbo hecho carne, tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (cf. Ef 2,18; 2 P 1,4)” (DV, 2).  El Dios en quien creemos, que es el Dios de Jesucristo, es un Dios mostrado, un Dios que se da a conocer, que no se reserva para sí mismo en una totalidad incomunicada. Al crearnos por amor, Dios sale de su eterna “soledad trinitaria”.  Se trata de un Dios “relacional”, un Dios de alteridad, que “rompe su identidad” –sin destruir su más íntimo Misterio– para hacerse asequible, para “dar noticias de Sí mismo”; para entrar en la palestra de la vida. Un Dios que “se inventa el tiempo y el espacio” para escarbar un orificio que le permita entrar en contacto con lo creado; un Creador que desea tener buenas relaciones de vecindad con su obra creada, un Dios que se las ingenia para hacerse presente en el corazón del mundo. No es un Creador que abandone o prescinda de su obra creada. Un Dios que en su Trinidad puro Amor, “no soporta estar solo” y “se crea la necesidad de necesitar” una Humanidad “hecha a su imagen y semejanza”. Un Dios partisano, porque toma parte en la vida y en la historia de la Humanidad y del Universo. Pero un Dios que “tiene muy clara” su propia “identidad” insondable y “reservada” de Misterio absoluto, su propia “aseidad” (“palabro” difícil de traducir a nuestro argot), celoso de su intimidad diferenciada de las creaturas, y por ello mismo, profundamente respetuoso de la autonomía de lo creado, especialmente de su obra maestra, su «cappolavoro», los seres humanos.

Presencia respetuosa con la autonomía sagrada de lo creado; acompañamiento “discreto” (¿de bajo perfil?) de los hacedores de la historia, siendo testigo dolorido que padece y se com-padece de los malos pasos de esos seres creados, y, sin embargo, presencia actuante, ofrecida, disponible, afectuosa, complacida, en los gestos y las gestas de una progresiva humanización de esa obra creada desde el amor y sólo desde el amor. Dios crea ex amore y no tanto ex nihilo, nos recuerda un gran teólogo español. Y porque todo es amor, brotado del seno trinitario del Dios “que no soporta estar solo”, Dios camina con las personas, junto a ellas, más que delante o detrás; y las ama con el único amor del que es capaz: el Amor químicamente puro, el Amor en esencia; el Amor de Dios: el único pleno y plenificador. “Solo Dios es bueno”, que decía Jesús. En realidad, el único amor auténtico, el amor por antonomasia. Por eso, dice también un teólogo, que “Dios sólo sabe amar, sólo quiere amar, sólo puede amar”. “Dios es amor”, nos dice Juan.

Dios se revela con una “finalidad” bien determinada: llevar toda su obra creadora, especialmente los seres humanos, a la misma vida trinitaria, al encuentro salvador con la Trinidad, a una verdadera deificación. (“La gloria de Dios es que el hombre viva”, recordaremos enseguida con Ireneo, es decir, “la gloria de Dios es que los seres humanos alcancemos la dignidad, la humanización plena, la felicidad moderada”, podríamos decir, tal vez, remedando a San Ireneo). También nos lo recuerda el Concilio, a continuación del texto antes citado: “Así pues, por esta revelación, el Dios invisible (cf.  Col 1,15; 1 Tim 1,17), por la abundancia de su caridad, habla a los hombres como a amigos (cf. Ex 33,11; Jn 15,14-15) y entre ellos habita (cf. Bar 3,38), a fin de invitarlos a la unión con Él y recibirlos en ella” (DV, 2). Porque “el Señor es amigo de la vida” (Sab 11,26). Este, y no otro, es el “objetivo” revelador de Dios: la misma gloria del hombre gozando de la presencia desbordante del Dios trinitario: “La gloria del hombre es Dios; ahora bien, el receptor de la operación de Dios, de toda su sabiduría y de toda su potencia es el hombre” (Ireneo de Lyon, Adv Haer 3,30.2). Y, a su vez: “La gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación que hace de sí mismo creándolas confiere la vida a todas las creaturas que viven sobre la tierra, cuánta más vida da la manifestación del Padre por su Verbo a los que ven a Dios” (Ireneo de Lyon, Adv Haer 4,20.7).

 

Jesucristo, encarnación del Misterio de Dios en nosotros

Dios se revela a los seres humanos de múltiples maneras: “Ahora bien, ya que Dios habló muchas veces y de muchos modos por los profetas, ‘últimamente, en estos mismos días, nos ha hablado por su Hijo’ (Heb 1,1-2)” (DV 4). Y no solamente al pueblo hebreo, sino a quien acoge en su corazón la imagen de Dios. La historia del pueblo elegido y la historia universal de la humanidad están “marcadas” por ese designio revelador del único Dios. Pero es en la persona de Jesús de Nazaret, el Verbo, como Dios se revela de un modo pleno y definitivo a los seres humanos: “La verdad íntima que por esta revelación se nos da, tanto acerca de Dios como de la salud del hombre, se nos esclarece en Cristo, que es, a par, mediador y plenitud de toda la revelación” (DV 2). “Así, pues, Jesucristo, Verbo hecho carne, ‘hombre enviado a los hombres’, habla las palabras de Dios (Jn 3,34) y consuma la obra saludable que el Padre le encomendara llevar a cabo (cf. Jn 5,36; 17,4)”, (DV, 4).

Este “cenit de revelación” suma de  Dios a los seres humanos en la persona de Jesucristo, tiene a través del Misterio de la Encarnación, su máximo exponente. Es el camino elegido por Dios para mostrarse a la humanidad y posibilitar un acceso más “cómodo”, más expedito, de ésta al mismo Dios. La Encarnación del Verbo es, pues, el modo más perfecto de acceso a la divinidad por parte de las creaturas. El misterio de la Encarnación está a la base del cristianismo: sin un Dios encarnado difícilmente se puede vislumbrar el Misterio de Dios; la Iglesia sostiene la posibilidad de conocimiento de Dios por “la luz natural de la razón humana”,  pero inmediatamente añade la necesidad de la revelación divina para acceder a ese conocimiento divino (cf. Rom 1,20 y DV 6).

Cuando Dios se encarna en el Verbo, aproxima al hombre y a la mujer a límites insospechados en la penetración del  Misterio de Dios, que sin desdibujarse o perder su propia identidad –como hemos dicho– irrumpe en el corazón de quien se abre al Misterio siempre escondido y recóndito del Dios totalmente otro, el “Deus absconditus” de Isaías. De este modo, Dios no deja de ser Dios ni consiente que el hombre desvele esencialmente la intimidad de su mismo misterio, pero posibilita un encuentro, es más, nos concede la capacidad de penetrar en el misterio a través de una participación por el Espíritu que deifica al hombre. Por la encarnación, Dios se hace hombre en Jesucristo y capacita al hombre para “hacerse Dios” por la gracia del Espíritu Santo.

El misterio de la Encarnación es el gran “gesto” de aproximación de Dios a las creaturas. Al encarnarse, es decir, literalmente, tomar la carne humana, Dios asume toda la realidad humana en la persona única de Cristo, excepto en el pecado (cf. Heb  4,15),  y desde esa encarnación total y verdadera, redime el género humano y todo el universo pervertidos por el pecado. La encarnación de Jesucristo supone una definitiva y real asunción de la humanidad, no es una encarnación “a medio camino”, superficial o engañosa, parcializada o aparente. “El  Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho Él mismo carne y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo, asumiéndola y recapitulándola en sí mismo” (GS, 38). Se trata de una exaltación plena del ser humano con todas sus carencias, limitaciones, incertidumbres, molestias, enfermedades, tristezas y alegrías, etc. “El Hijo de Dios marchó por los caminos de la verdadera encarnación para hacer a los hombres partícipes de la naturaleza divina; siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que con su pobreza nosotros nos enriqueciéramos (…). Él asumió la entera naturaleza humana cual se encuentra en nosotros, miserables y pobres, pero sin el pecado” (AG, 3).

El texto clásico donde queda patente de un modo sublime y a la vez dramático, esta identificación de Cristo con la miseria humana es la carta a los Filipenses, donde Cristo reclama para sí una condición kenótica, es decir, una vida marcada por el sufrimiento y el dolor y finalmente por la muerte: “Él, siendo de condición divina, no reivindicó, en los hechos, la igualdad con Dios, sino que se despojó, tomando la condición de servidor, y llegó a ser semejante a los hombres. Habiéndose comportado como hombre, se humilló hasta la muerte, y muerte en una cruz” (cf. Fil 2, 6-8). El “despojamiento” (kénosis) de Cristo responde a esa entrega que Dios hace a favor de lo humano y que le lleva, en Cristo, a la muerte en cruz. Pero esta humanización de Dios no se limita o se reduce a la persona de Jesucristo sino que, de algún modo, se despliega en todo lo humanum como principio de encarnación y categoría susceptible de redención. “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a no-sotros, excepto en el pecado” (GS, 22). Cristo asume la totalidad de la humanidad al hacerse hombre, y así la redime, es decir, le da sentido, la legitima, le concede “carta de autenticidad”; de la misma manera que “reinstaura” en sí todo lo creado (es la anakefaloiesis de que nos habla San Pablo). La encarnación deriva en la redención de todo lo creado desvirtuado por el mal y el pecado. Cristo, desde su condición de ser humano, como revelador del Padre, hace de puente entre la humanidad y la Santa Trinidad.

 

CUANDO LA NAVIDAD IRRUMPE

Olor a Navidad en las esquinas.

Vientos de Navidad meciendo encinas.

Niños correteando tras un belén de cartón-piedra.

Abuelas calentando el hogar de siempre.

Mitras y sotanas preparando sermones.

Grandes superficies frotándose las manos.

Hoteles y posadas haciendo caja.

Ediles y concejales colgando guirnaldas de colorines en las calles.

Turrones y mazapanes; cavas y fuás; salmones frescos y pavos de engorde.

Regalos para revender en Internet en la cuesta de enero.

Misas y aleluyas, visones si los hubiere, peluquerías con lista de espera.

¿Ya llegó la Navidad?

En los campos fríos de un Oriente no tan lejano las amapolas se convierten en metralletas y los niños tiñen de granate con su sangre virgen las paredes de una escuela.

En la aguas otrora tibias del Mediterráneo, la sangre derramada aumenta la temperatura del agua.

En las tierras que colonizamos desde Europa, quinientos años atrás, tan cercanas  y lejanas, se vive un adviento interminable de espera y esperanza traicionada.

Y en nuestra piel de toro, aún más cerca, millones buscan un pesebre donde acogerse, o emprenden un exilio no precisamente hacia Egipto, o sueñan con un pequeño taller como el de Nazaret.

Pero en estos días, como todos los días, nace un Niño inocente en un belén escondido. Y se cumplen las promesas del Dios empeñado en estar con todos. El Dios que no soporta la soledad. El Dios que se hace gente, el Dios que se mancha las manos y se embarra los pies. Ese Dios que disfrazamos de tantas cosas para que no nos moleste su humanidad dolorida, que es la muestra. Ese Dios que llora cuando  le matan a sus hijos.

A pesar de todo es Navidad, es la Encarnación del Misterio de Dios en el corazón del Misterio del Mundo. Y nos felicitamos porque la puerta está abierta y la Vida se impondrá tozuda entre tanto sufrimiento, corrupción y egoísmo.

¡Seamos felices porque Dios nos quiere!