OPORTUNIDADES PERDIDAS

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El desencanto se manifiesta en miradas perdidas que ya no tienen nada que decirse. En circuitos cerrados, –casi de autómatas–, en los que cada quien hace lo que cree que tiene que hacer porque el único cuidado es que «los trenes se ajusten a sus vías y horarios, no descarrilen y, por supuesto, no lleguen a chocar».

El problema del funcionamiento ordenado es que sirve para las máquinas pero está muy lejos de devolver vida a las personas. Porque la vida, en la que se sustenta la persona, como vocación y misión, necesita la sorpresa siempre abierta.

La vida consagrada tiene sentido desde la sorpresa de Dios. Es tan frágil que se reconoce en la sorpresa de personas que se encuentran compartiendo algo que las hace felices. Tan difícil de acotar, porque lo suyo es la sorpresa de encontrar sentido a la propia existencia sirviendo, ayudando, donando, redimiendo, acogiendo… amando. Esa es la sorpresa.

Pero cuando se mata o reconduce o domestica –que lo mismo es– la sorpresa entra en el círculo de la costumbre, de la inercia, de la depresión o el cansancio. Entra a formar parte de ese estilo de vida que pueden asumir algunas relaciones cuando no rompen por pura pereza… por tener que hablarlo.

Hay oportunidades para despertar o para dejarnos, de nuevo, sorprender. No son oportunidades ficticias, ni calculadas. No son dinámicas para pasar el rato, ni novedades de autoayuda proyectadas. Son oportunidades que vienen de la contextualización de la Palabra, de la lectura creyente del presente, de la observación de la realidad que pide asomarse, largo tiempo, a la ventana; y asomarse, largo tiempo, a la propia casa. Lo que venimos llamando el espacio común de convivencia.

Es verdad que si esta doble mirada no se da, todo se parcializa y hasta envilece. Una contemplación exhaustiva de un «nosotros microscópico» agobia y desgasta todavía más. Una mirada atenta a quienes, en la calle, nos rodean y nos rodean bien; a las relaciones; a los sufrimientos y esperanzas de los demás, nos ayuda a ponerle nombre a los propios sufrimientos, los diálogos internos; los miedos y las alegrías. Nos lleva a contemplar con paz a los presentes y ausentes del propio corazón, para así contemplar –sin estorbar– la vida y el corazón de quienes con nosotros conviven o comparten espacio de vida.

Por supuesto que una primera oportunidad es la experiencia de oración como sorpresa. De hecho, no existe ámbito compartido de vida que sea evangélico si no se sustenta en una experiencia común de transcendencia. Por eso es sorprendente y un tanto hipócrita cómo podemos llegar a ser capaces de juzgar y evaluar principios comunitarios de pertenencia por razones externas, –muchas veces culturales y por ello circunstanciales–… léase horarios, formas, ritmos, vestimenta… etc., sin jamás interrogarnos o inquietarnos por las pocas veces –si es alguna– que en los espacios que llamamos comunidad, compartimos la experiencia de fe, el ritmo personal de oración, la vivencia eucarística, el amor a la misión por el Reino. Es más llamativo todavía que no echemos de menos, como oportunidad, el ejemplo sereno y callado de quienes con nosotros viven. Sí, me estoy refiriendo a los «santos de la puerta de al lado» que su valoración sigue siendo un «debe» en los espacios comunitarios.

Hay otra oportunidad, siempre supuesta y, por tanto, no tenida en cuenta, ni celebrada. Se trata de la vocación. Sí, la vocación de cada uno o cada una, que es, también hoy, una «sorpresa sorprendente de la gracia de Dios». Rara vez, sin embargo, la aprovechamos como oportunidad porque, siendo sinceros, nos falta tiempo y, en ocasiones, calidad humana para escucharla. Hay una lógica misteriosa del Espíritu que suele conducir las vocaciones hacia lugares donde se las quiere y escucha. Podemos, efectivamente justificarnos diciendo que estamos incesantemente pidiendo, ya saben, «envíanos muchas…» pero, sin embargo, nuestro «Señor…Señor» puede sonar a aquellos y aquellas que no dan un paso real por el Reino, y sabemos que esto ni basta, ni llega.

Otra oportunidad es la traída y llevada pluralidad. Agradecidos en la teoría, profundamente escocidos en la práctica. Nos parece que esta cultura más plural es también más sincera y hasta honesta cuando llama a las cosas por su nombre; cuando responde con prontitud a las necesidades… pero estas mejoras no somos capaces de integrarlas en nuestras «hogares comunitarios». Nos parecen extrañas, peligrosas y nos desestabilizan. Preferimos continuar viviendo una «nada sana» ambivalencia mediante la cual, distinguimos muy bien espacios donde somos nosotros: espontáneos, reales y libres y, otros, muy diferentes donde nos convertimos en aquello que no desentona ni causa problema en una convivencia medida en la «denominada» comunidad.

Otra oportunidad, la última de estas primeras, es preguntarnos ¿por qué estamos juntos? y ¿para qué? Para ello asomarnos a los encuentros informales, los que acarrea la vida de quienes quieren estar juntos, y así ir formulando respuestas, sin necesidad de escribirlas, favoreciendo que la reflexión crezca en cada persona, en cada historia personal. Permitiendo diferentes ritmos para que cada quien vaya descubriendo por qué quiere comprometer su vida con otros u otras, en un «para siempre» que hasta le sabe a poco. Es favorecer espacios en los que cada consagrado –partícipe del carisma– no tiene que pedir perdón por existir, ni por ser como es, ni por «haber perdido las llaves» en un ya lejano noviciado. Es, en el tiempo de los derechos, devolver la dignidad a un número notable de consagrados que la sienten, en menor o mayor medida, ultrajada o vaciada. No son, sino que han llegado a identificarse, por lo que decimos que son.

Podemos, también, preguntarnos ¿qué significa la palabra comunidad como espacio de milagro para convivir y no como paso? Es el lugar que quiero y que quiere ser en mí y no el lugar de «quedada» para «cuatro acuerdos» que no llegan a empapar la existencia.

El peligro, sin embargo, es cuando no hay preguntas o cuando se ha embotado la vocación y ya no se sueña el día nuevo o cuando ya no queda recuerdo de claridad y se identifica como «normal» la noche. Lo peor es cuando ni siquiera te das cuenta de que las cosas mejorarían si no hubiese tantas oportunidades perdidas.