miércoles, 25 mayo, 2022

NÚMERO DE VR, FEBRERO 2022

El centro de gravedad de la «generación» pandemia.

Es más que evidente que lo que vivimos nos está haciendo diferentes. Ha cambiado nuestro «centro de gravedad», se ha desplazado y, de repente, lo que no habían conseguido la infinidad de textos previos que insistían en provisionalidad, esencialidad, crisis, desplazamiento y minoridad… lo han visto nuestros ojos, lo hemos tocado y damos testimonio de ello.

Celebramos la Jornada de la Vida Consagrada. No faltará quien se emplee, una vez más, en señalar lo que significa consagración y cómo se ha expresado a lo largo de la historia. No faltará quien necesite dar al argumento autoridad –y, de paso, a sí mismo– citando una y otra vez a autores preclaros que a lo largo de los siglos supieron dejarnos el testimonio fiel y fiable de lo que es amar a Dios. No faltará quien haga llamamientos a la unidad del cuerpo congregacional, corporatividad e integración. Tampoco quien se fije únicamente en la debilidad, o en las sombras que aparecen siempre que se enciende un foco de luz. No faltarán esas visiones, porque todas ellas forman parte de una verdad que es más grande, comprensiva y genial.

Sin embargo, la tarea urgente no es la generalización a gran escala de la vida consagrada. Ni grandes discursos que disimulen la vida. Tampoco su reivindicación ni, por supuesto, su menosprecio. Considero que la tarea urgente es la atención. La comprensión de los itinerarios que hombres y mujeres de carne y hueso están haciendo con sus vidas cuando expresan que son totalmente de Dios; porque son totalmente del mundo. Y es en esas visiones personales, en esos trayectos misteriosos fecundados por un amor indescriptible, donde vamos a encontrar para este tiempo la definición de vida consagrada y, lo que es mejor, la mejor formulación de un estilo de vida que se puede ofrecer, proponer y compartir. Son esos hombres y mujeres todavía jóvenes, pero no tanto, los que están sosteniendo el nuevo rostro de la consagración en un «ya pero todavía no». Viven con respeto la historia recibida, pero cada vez son más conscientes de que ya no es su historia. Valoran con agradecimiento la misión ofrecida, pero íntimamente van experimentando que ya no pueden ni deben seguir ofreciendo lo mismo. Entienden y guardan silencio cuando en sus casas y capítulos se preparan mensajes, pero ellos y ellas saben que lo que hay que hacer es salir a escuchar el mensaje que está en la calle. Se mantienen fieles a horarios y estilos que no los configuran, porque tienen más día y más horario, porque están llenos de nombres, historias e itinerarios que los empapan. Estos religiosos y religiosas participan de la estructura formal de su congregación y comunidad, pero tienen más vida: están comprometidos con el encuentro, la espontaneidad y la frescura de sus contemporáneos que han desterrado la formalidad en favor de la pluralidad; la híper-organización en favor de la vida. Suelen callarse cuando en sus institutos se habla de futuro. Saben que es una forma de hablar, porque en realidad en las congregaciones cuando se habla de futuro muchas veces se reivindica el pasado… No quieren hacer daño, por eso no confrontan con estilos y visiones que no tienen posibilidad de dialogar con el Espíritu que suscita otros estilos en esta época.

Hay consagrados que saben que un elemento constitutivo e indispensable de sus vidas es el afecto. Saben querer. Se equivocan con frecuencia, pero así es como han integrado que son hombres o mujeres y diariamente buscan a Dios. No viven atados, retenidos o constreñidos en un ideal de pureza, en sí inexistente, que ha provocado tanto desastre y sigue siendo fuente de terremotos interiores, distorsiones afectivas, problemas relacionales y actitudes infantiles.

Son, los hombres y mujeres consagrados de esta generación Covid, personas que no «están de vuelta». No son escépticos porque han experimentado que todo puede pasar. Son felices del don recibido porque la pandemia ha amainado notablemente la vanagloria y la necesidad de triunfo. Son hombres y mujeres de sus carismas y, por eso, saben que lo importante es la sinodalidad, el encuentro, la comunión… el ser con otros. Son peregrinos y peregrinas originales, no reediciones, sueñan una consagración en diálogo con la historia y el porvenir; con el Señor de la historia y con los hombres y mujeres que con sed de verdad están en el camino.

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