NUEVO NÚMERO MONOGRÁFICO DE LA REVISTA VR

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Una vida religiosa plagada de buenas noticias

El famoso dicho latino «agnosco veteris, vestigia flammae», frecuentemente traducido por «donde hubo fuego, queda rescoldo», encuentra, sin embargo, más clara significación para la vida consagrada si lo interpretamos en su literalidad [reconozco las huellas de una antigua llama]. En­carnar una forma de seguimiento plagada de bue­nas noticias pasa por esa responsabilidad que es el reconocimiento. La gran tarea de esta época no es «qué hacer» para ser llama de buenas noticias, sino que quienes en ellas estamos, así lo reconoz­camos. Es, en sí misma, una buena noticia, sin el añadido de nuestro hacer. La tarea, por consi­guiente, «es dejarse encender», por una llama to­davía presente y viva. No apagada ni confundida.

Sigue siendo válido el diagnóstico que hace años ofrecía Johan Chittister:

«La revitalización de la vida religiosa no consiste en redefinir sus formas, sino en reavivar su significado, su derecho a seguir teniendo sentido ante las nuevas inquietudes y las realidades actuales, tanto institucionales como filosóficas. El mundo que está cambiando a nuestro alrededor nos cambia también a nosotros. Sencillamente, no podemos permitirnos el lujo de quedarnos con los brazos cruzados. Lo importante es que, en nuestro celo por salvar la institución, no destru­yamos la vida»1.

En un tiempo en el que todo fluye, también las buenas noticias son efímeras. El contexto del siglo XXI tiene una capacidad sorprendente para generar buenas noticias y, a la vez, para consumir­las, acogerlas y olvidarlas. En medio de esta reali­dad, la vida consagrada, es depositaria de buenas noticias sin fecha de caducidad. Es un anuncio, siempre nuevo que proclama que la humanidad camina con sentido hacia un encuentro de posibi­lidad, solicitud y «comensalidad universal»2. Con­centra en sí, las aspiraciones reales de lo bueno, lo bello y lo verdadero que todo ser humano tiene como horizonte de felicidad.

Pero hablar de consagrados y consagradas es hablar de humanidad y, por tanto, reconocer que pertenece a una sociedad no satisfecha ni confor­me, no realizada y abierta a una plenitud que resi­de en el encuentro con la verdad de la Buena No­ticia —con mayúsculas— que sostiene su identidad.

Desde ahí, se convierte en una vida plagada de buenas noticias si supera algunas paradojas que, hoy por hoy, puede apagar su vocación más sincera que no es otra que encarnar un estilo de seguimiento de Jesús sostenido en vivir y ofrecer buenas noticias porque cree en las posibilidades de una humanidad redimida.

 

De la vida sin preguntas, a la pregunta por el sentido de la vida

 

Se trata de un trayecto necesario y singular. La mayor parte de los consagrados hace mucho tiempo que no ofrecen el testimonio de su voca­ción, ni su razón de ser. La mayor parte fielmente vive, pero no es tan seguro que sienta la interpe­lación de ofrecer su vida con sentido. Es una de las dificultades más graves a la hora de generar una cultura vocacional que, en verdad, sea una ca­dena de buenas noticias para cada congregación. Algunos, sencillamente, no saben cómo y por dónde empezar, porque sus vidas no son interpe­ladas, ni preguntadas, ni esperadas sus respuestas. Con lo cual, su tarea de crecimiento y cuidado del sentido de la vida es autodidacta e íntimo. Sin proyección.

La pregunta por el sentido de la vida es sus­tancial, imprescindible y primera.

«‘Sentido’ es la respuesta satisfactoria a las grandes preguntas que todo hombre se plantea en uno u otro momento y que surgen al reflexionar sobre la propia existencia: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿qué voy a hacer con mi vida?, ¿para qué vivir?, ¿se encuentra en algún lugar la verdadera felicidad?, ¿hay algún camino para conseguirla? El sentido es también coherencia y conformidad perfecta entre mis anhelos profundos de felicidad y lo que la vida me ofrece»3.

Es, por tanto, el lugar de la buena noticia. El valor de la vida es la transparencia de la presencia de Dios en el camino de la construcción de la per­sona. Es el trayecto para descubrir a Dios, porque es el espacio para su búsqueda. Si la vida consa­grada es un lugar privilegiado para la pregunta por el sentido de la vida, lo es para descubrirlo ancho, pleno, inmenso no acotado ni condicionado por ningún tipo de convencionalismo. Si el sentido de la vida en plenitud es el descubrimiento de la vida como buena noticia, un estilo de seguimiento de Jesús que tiene como pretensión final la buena noticia es un espacio privilegiado para generar muchas y variadas buenas noticias para toda per­sona porque no habrá exclusión, ni rechazo, ni ca­tegoría, sino acogida, reconciliación y encuentro.

Lo más lejano de las buenas noticias de la vida religiosa es la experiencia de vida en parce­las y superpuesta, sin preguntas y, por tanto, sin respuestas. O el consumir los días, o el reiterar lo mismo y de la misma manera. O el vivir sin pensar, sin soñar, sin plantear o esperar y, lógica­mente, sin compartir. La vida consagrada está tan distante del hacer siempre lo mismo, como de la soledad. Sin embargo, la reiteración de la inercia, y la «soltería» de quien no ha abierto el corazón a la totalidad, condicionan, no pocas veces, la esen­cia de la comunidad que es el lugar de las buenas noticias.

El problema de la buena noticia no radica en que los consagrados se cuestionen, se sientan afectados o incluso duden de las posibilidades reales para generar buenas noticias duraderas para otros… El problema es cuando ni siquiera se da el planteamiento. Cuando ya no hay lugar para las preguntas porque, previamente, hemos hecho un pacto —no escrito— para que no se den respuestas diferentes a lo que se está viviendo.

Una buena noticia para nuestro entorno es, indudablemente, la ofrenda de comunidades de hombres y mujeres que cuenten el sentido de su vida; que tengan gestos con sentido para la vida de nuestra sociedad; que escuchen los clamores de qué sienten y no sienten quienes están sedientos de bienaventuranza —aunque éstos lo llamen solo justicia—; que hayan descubierto que la esencia del seguimiento es la gracia y no la firme voluntad de continuar o aguantar; hombres y mujeres que no necesiten proclamar que no están solos porque sus vidas los delatan y se los ve plenos, relaciona­dos, abiertos, capaces de amar.

 

Del para que haya, al porque hay

 

Otro trayecto para descubrir la vida consa­grada plagada de buenas noticias es la clave o perspectiva desde la cual se configura, organiza y propone. O la diferencia que se da entre construir para que haya; o gozar porque hay. Por definición sabemos que la vida de consagración, la totalidad para Dios es una expresión firme del convenci­miento de que la gracia desborda y llena. Pero no conviene dar las cosas por supuestas.

La providencia es más auténtica y real de lo que le concedemos en nuestros textos. Se nos queda pequeña la capacidad de la donación por­que frecuentemente la escribimos con trazos de responsabilidad, organización y empresa. No aca­bamos de creernos que una dificultad, muy espe­cial, es que ofrecemos la gracia tasada, medida y con precio. Vivimos una experiencia de pertenen­cia en la buena noticia, también suficientemente jalonada como para que no se salga de lo perfec­tamente programado. Sin embargo, la buena no­ticia es gratuidad, escándalo en la generosidad… Es, por definición, la no medida, la no previsión, es el compartir sin límites, como es esperar, orar y amar sin límites.

La organización no nace por la gracia, sino para solucionar el conflicto. La gracia supera al cálculo y conduce a la plenitud. La vida consa­grada es depositaria de buenas noticias porque sale y sobresale más allá de lo esperado. Porque no ofrece las mismas respuestas que las oficinas estructuradas de nuestras sociedades civiles. Por eso orienta hacia el todavía más, no se conforma con lo que es justo, sino que personaliza y com­prende que la multitud de situaciones personales exigen multitud de respuestas personalizadas. La vida consagrada sabe que su buena noticia no es la solución de los problemas, sino el firme com­promiso de estar con las personas viviendo su problema, y al lado de quienes tienen la solución. Desde ahí, sí tiene sentido plantear una reorgani­zación, no tanto para que haya vida, sino porque hay vida y porque hay mucho que dar. Tanto, que no descansaremos hasta consumirnos o consu­marnos por la buena noticia del Reino.

El trayecto para pasar del consumo a la pro­videncia exige ponerle nombre al miedo, a todos los miedos. A aquellos que generamos interna­mente —cuando en el seno de las comunidades los consagrados pierden la capacidad para sostener la buena noticia y caen en el descrédito— o ex­ternamente, cuando ante la realidad que resulta extraña, desconocida o inabarcable, preferimos la vía del juicio antes que la del amor. Cuando la comunidad de consagrados se hace consciente de que en su seno hay Reino se manifiesta como ente generador de vida, como dinamismo de esperan­za, como fuente de humanidad. Cuando, por el contrario, vive preocupada de cómo protegerse, o cómo cuidar su nombre; cuando entra en la dinámica de competición y confrontación, pier­de vida, reduciéndose a pura oferta de seguridad para quienes están —aunque no estén tan unidos o unidas— pero solo para ellos o ellas.

Gastar las mejores energías en sostener un continuo «para que haya» además de extenuan­te, es una expresión clara de falta de creatividad y vida y, en consecuencia, una manifestación ex­plícita de que falta fe. Solo pueden guardar para que haya los ahorradores que, en su versión más negativa, pueden convertirse en avaros.

La buena noticia invita, por el contrario, a la prodigalidad, la donación sin resguardo, al derro­che de Gracia. La vida consagrada descubre su originalidad y frescura en la sorprendente dona­ción de quienes se sienten tan llenos y tan felices y humanos que, su satisfacción no la encuentran en otros lugares sino en aquellos en los que se hace palpable Dios en todas las cosas, sorpren­diendo por exceso a la pura justicia.

 

De la desestima a la autoestima

 

Uno de los signos que dificultan sintomáti­camente la generación de buenas noticias es la desestima. También conocida como indiferencia, o existencia marcada por la insatisfacción. La crí­tica o murmuración lejos de ser un problema de la comunión, es un problema interno, personal… casi íntimo. Evidentemente quien sistemática­mente vive instalado en el juicio de sus hermanos, sus semejantes, la sociedad en la que vive o las re­laciones que contempla, no solo está incapacitado para la transmisión de buenas noticias, sino que está muy lejos de descubrirlas en su propia vida. El problema de la crítica o la difamación que con­lleva, no es la persona que las recibe, sino el ve­neno que acaba con la vida de quien las profiere. No quiero pensar que la vida consagrada es un reducto posible para quienes viven o los hemos dejado vivir en la desestima. Tampoco creo que sea el espacio donde más abunda esta deteriorada forma de orientar la vida. Pero solo con que apa­rezca una vez, solo con hacerse posible la posi­bilidad estaríamos dando pábulo a la incapacidad de la vida consagrada para la comunicación de buenas noticias. El deterioro de la vida comparti­da es en sí un anuncio de imposibilidad y muerte. El problema de los consagrados no es tener que cerrar presencias porque nos hemos agotado en el tiempo al servicio de la misión. El mayor de­terioro es sostener comunidades muertas, incapa­ces para rehacerse y recuperarse en el objetivo principal y primero que es ser buena noticia para el entorno y para el mundo porque hay capacidad para celebrar, diariamente, la buena noticia de la reconciliación y el encuentro en fraternidad.

Vivimos tiempos que exigen un análisis muy cuidado de qué nos está pasando como vida con­sagrada. Es el momento, no solo de reorientar un crecimiento negativo manifestado en los números, sino en la calidad de vida como insignificante. La propuesta es trabajar la autoestima para la vida consagrada y, así, hacerla vivencialmente depositaria y transmisora de buena noticia y pasa por devolvernos a la responsabilidad de asumir, eva­luar, discernir y diagnosticar. Sin duda, la claridad ayudará a situar qué dolencia y qué necesidad de recuperación se impone en una etapa caracteriza­da por el cuidado de las personas y sus comunida­des consagradas.

No es, por el contrario, un tiempo para tra­tamientos paliativos, ni mucho menos para ma­quillajes externos y artificiales que nos lleven a decir lo que no necesitamos decir ni decirnos, ni a representar lo que no vivimos. La gran “ver­dad” de la postverdad, es que la mentira se nota y trasciende. Por eso, la falta de autoestima, no tan extraña, ha de ser descubierta y tratada como lo que es, una enfermedad vocacional. No es tan seguro que exista vocación religiosa en una per­sona que sistemáticamente denigra o desprecia; acusa o juzga. Más bien, esas actitudes que deno­tan un profundo vacío personal y falta de amor, están diciéndonos que esa persona no ha recibido una llamada a la vida en comunión, sino que han aprendido, de niños en sus casas y, de mayores, en sus comunidades, porque las instituciones muy gastadas lo han permitido, a desenvolverse en un ámbito pseudo-piadoso o pietista, calculado, asfi­xiado y empobrecedor.

«Considerando nuestras características, de­fectos y neurosis, podemos, pues, hacer un análisis crítico constructivo. Solo nuestro cálido abrazo propiciará esa comprensión indispensable para llegar a una verdadera consciencia. Solo la persona consciente puede liberarse por fin de su propio fardo lleno de recuerdos y sentimientos negativos. En el viaje de la vida podemos elegir qué ingredientes tener para reforzar nuestra auto­estima»4.

La autoestima vivida y compartida es el signo, por excelencia, de la comunidad sana que, ade­más, se convierte en motriz de buenas noticias porque quien se sabe respaldado por Dios, expe­rimenta el gozo de compartir ese respaldo.

 

Del microscopio al telescopio

 

Vivir de la buena noticia y convertirla en leit­motiv de la existencia es el estado natural de la vida consagrada, sus comunidades y personas. Es su forma de leer la vida porque, sencillamente, esa fue su llamada original. Además, conduce a una mirada amplia, comprensiva, holística y, por ello, real.

La mirada del Reino, que es la mirada de la buena noticia, es aquella que integra la vida en totalidad, supera la parcialidad del instante, para adentrarse en la visión del gran trayecto. Por eso la buena noticia es posibilitadora y confía en el desarrollo de la verdad que tiene apariencia ambi­gua en los trayectos cortos.

La vida religiosa es la mirada al mundo des­de el telescopio de la participación en el plan de Dios; celebra todo paso hacia la verdad e integra, también, toda ruptura de desamor. Todo lo lee en función de una buena nueva no excluyente, ni maniquea. No es una mirada en detalle que siem­pre repara en lo imperfecto o inacabado, es una mirada posibilitadora donde las imperfecciones o errores se entienden formando parte del gran acierto que no es otro que el encuentro del Padre con toda persona en un mundo que se define por haber sido creado por amor.

Es una mirada no impostada, es el estilo de mirar de Jesús. Aquel que elige amigos y amigas para hacerlos testigos; el que no selecciona cui­dadosamente la perfección para elegir, sino que hace una elección perfecta porque la clave es el amor y para amar. El que desconcierta porque sus principios de amor son, desde la visión del equi­librio, desconcertantes. Se fija en pescadores para que hablen del Reino de Dios; o prostitutas para que transmitan su forma de querer sin precio; o cambistas y jugadores para que después anuncien gratuidad y generosidad.

Jesús es el que se fija en historias pequeñas, sumidas en el microscopio, para transformarlas en figuras gigantes, capaces de ver la vida desde un telescopio. Será la transformación de la buena noticia en un hombre como Pablo, que experi­menta la visión después de la ceguera; pasa de tasar a los verdaderos desde el cumplimiento de una ley; a descubrir la verdad en una ley que es el amor y que reconcilia a todas las culturas en Cristo.

La vida consagrada está plagada de buenas no­ticias, encarnadas en multitud de personas recon­ciliadas, pecadoras y libres. A muchos de ellos y ellas les faltan palabras para contar cómo es y qué sienten de ese amor telescópico de su llamada. Lo viven como una gracia que los sostiene. No saben cómo, pero experimentan que el gozo de la vida es tan complejo como sencillo y convertirla en buena noticia, no es nada distinto a dejarse llevar, dejarse mirar y dejarse amar. Son los testigos silenciosos de un cambio de época, que es un cambio de vida consagrada también, porque en esta era, no son las obras apostólicas quienes hablan de buenas noti­cias. Son quienes, en ellas, están ofreciendo una humanidad reconciliada, concreta, sencilla, abierta al perdón recibido y ofrecido y capaces de amar.

Hoy, como hace unos años, solo tenemos una dificultad y es la terrible tentación «de hacer duelo por el pasado e ignorar la evidente fuerza espiritual del presente»5. Si conseguimos levantar la mirada, si creamos ambientes donde se recree la misión y la novedad, si descubrimos el profundo amor que está llamada a disfrutar la vida consagrada en el siglo XXI, ésta, a su vez, disfrutará de su identidad que consiste en regalar continuamente buenas no­ticias de Reino.

 

Buena noticia: más arte que esfuerzo

 

Ser generador de buena noticia exige la con­vicción profunda de entender la vida como don o regalo con el que uno no cuenta sino es por la pura gratuidad de un Dios que mima la exis­tencia humana con un arte imposible de acotar, empequeñecer o medir. Y la vida consagrada en esta era, ante todo tiene que significar un arte, un estilo especial de vida y de vivir. Es un tono, una marca de la existencia que no tiene como primer impulso cambiar cosas; sino aprender a leerlas de otra manera. No ha de esforzarse en elucubracio­nes de cómo salvar la situación, sino de adentrarse en qué situación es la que el Espíritu está propi­ciándonos. Se trata de una nueva comprensión de los consagrados y descubrirnos como:

«Profetas, artistas, sanadores y amantes… También para nosotros es desafío preguntarnos cómo administrar estas energías sagradas, enraizadas en nuestra búsqueda de Dios, junto con tantos grupos y personas que se implican en hacer realidad ‘otro mundo posible’, más parecido al sueño de Dios, al proyecto evangélico del Reino. Creo que así recrearemos ese pozo de esperanza que está en lo profundo de cada uno de nosotros. Entonces relativizaremos nuestras preocupaciones egocéntricas y permanecerá lo esencial»6.

El arte, entonces es la superación de la endogamia que no permite otra alimentación de buena noticia sino aquella que nosotros mismos generamos. Se trata de abrir horizontes y salir al camino no con intención de convertirlo, sino de convertirnos de la mano de otros muchos que, con nosotros, están siendo la buena noticia de la humanidad.

El arte es, en primer lugar, un don que debe ser reconocido y cuidado. No es un ejercicio me­ticuloso de voluntad que nos desprovea de lo hu­mano para ser más «divinos», sino de una configu­ración, desde la estricta humanidad, para dejarnos inspirar por quien es Dios. Generará la nueva vida religiosa una buena noticia real para ella misma. Descubrirá que su razón de ser y su potencial resi­de en la humildad del signo y, a la vez, desprende­rá en clave de misión una llamada —también buena noticia— que se mostrará irresistible y nueva en la búsqueda de un lugar de Reino como es una fra­ternidad reconciliada y libre.

La gran transformación no es una empresa fa­tigosa que tenemos que realizar a base de esfuer­zo, es un don insospechado que hay que descu­brir. Está ahí y además está para nosotros. No lo acabamos de ver porque nuestra mirada está más sensibilizada para el precio que para la gratuidad y a nuestros ojos les cuesta distinguir, por exceso de luz, que los caminos de Dios, su buena noticia para el siglo XXI, se parece poco a las situaciones actuales de las familias de vida consagrada.

El horizonte está plagado de buenas noticias, pero es un horizonte que hoy, a penas, alcanzamos a imaginar.

Chittister, Johan, El fuego en estas cenizas, Sal Terrae, Santander 19983, 22.

«Las relaciones que Jesús instaura implican una nueva conciencia de autoridad y la manifiestan. Son relaciones con personas marginadas y consideradas ajenas al orde­namiento religioso y legal vigentes, como publícanos, pecadores, extranjeros, prostitutas. Ese acercamiento era explícitamente ejercitado como oferta del Reino a los más alejados y a los que más lo necesitan. La oferta de amistad y la aceptación de comensalidad con ellos eran gestos, provocativos para los defensores de la religión moral y política establecidas, que Jesús hacía no solo como expresión de bondad y generosidad propias sino como revelación y otorgamiento del amor de Dios a esos grupos. Lo que está en juego es la interpretación que se da de Dios y de su relación con el hombre». González de Cardedal, O., Cristología, BAC, Madrid 2001, 67-68.

Vide, Vicente, Comunicar la fe en la ciudad secular, Sal Te­rrae, Santander 2013, 105.

Noé, Salvo, Prohibido quejarse, San Pablo, Madrid 20 1 83, 145.

Chittister, Johan, El fuego en estas cenizas, Sal Terrae, Santander 19983, 226.

6 Gómez, Giselle, El futuro es ahora. ¿Está asegurada la per- vivencia de los institutos de vida consagrada?, en Alday, Jesús Ma. (ed.), Un futuro para la vida consagrada, Pcl, Madrid 2012, 94.