NECESIDAD DE HABLAR DE DIOS E IMPOSIBILIDAD DE HACERLO ADECUADAMENTE

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Conferencia del Prof. Luis González Carvajal en la presentación del

Cuaderno Monográfico "Imágenes de Dios" de la revista Vida Religiosa.

(Pedidos del número a suscripciones@vidareligiosa.es)

 

 

Tiempo atrás hablaban de Dios tanto los ateos como los creyentes, pero hoy no lo hace casi nadie.

Los ateos hablaban de Dios porque habían emprendido una cruzada contra Él: le consideraban un «parásito» que chupa las energías humanas (Feuerbach), un «opio» que aliena (Marx), una «ilusión» que infantiliza (Freud)…

En nuestros días el ateísmo se ha convertido en una modalidad de increencia bastante minoritaria. El modo más habitual de increencia no se caracteriza ya por negaciones comprometidas y militantes, sino por una indiferencia apacible y despreocupada frente a las cuestiones religiosas. La impresión que transmiten ciertos ambientes que podríamos llamar agnósticos es de una benévola y cortés indiferencia frente a la religión. Dios, exista o no, no es un valor, algo que cuenta. Estamos ante hombres y mujeres que —diciéndolo con una fórmula famosa de Tierno Galván— viven «perfectamente instalados en la finitud» , de modo que no sienten la menor necesidad de hablar de Dios.

Hay otra modalidad de increencia que permanece todavía más silenciosa ante Dios. Me refiero a los neopositivistas del Círculo de Viena, que tuvieron su apogeo en los años 20 del siglo pasado, porque para ellos todo aquello que no sea susceptible de verificación empírica carece de sentido. En consecuencia, la palabra «Dios» es tan sólo un conglomerado de letras y sonidos que no quieren decir nada. Un flatus vocis. Igual que yo puedo mover la lengua y me sale un ruido cualquiera —brgruuufg—, hay gente que ha movido la lengua y le ha salido ese ruido: «Dios» .

Lo verdaderamente curioso, sin embargo, es que la mayoría de los creyentes tampoco hablan de Dios. Están infectados por un «virus» que Biser llamó «herejía emocional» y sufren «una especie de afasia que casi ha hecho desaparecer por completo el elemento religioso del vocabulario corriente» . Este teólogo alemán, basándose en diversos estudios sociológicos, concluye que el léxico «políticamente correcto» exige excluir los temas religiosos como si se tratara de un tabú: Lo religioso se ha convertido en lo «propiamente obsceno» .

Esto es muy grave porque «lo que no se expresa en el discurrir cotidiano va dejando de existir para los otros y también para mí. El lenguaje tiene una fuerza ilocucionaria, crea realidad» . Sabiendo eso, el Cardenal Suhard comenzó una famosa pastoral sobre Dios, hace más de sesenta años, diciendo: «La razón profunda por la que Nos queremos hablaros de Dios es que no se habla ya de Él» .


HEMOS HABLADO MAL DE DIOS


No se trata de hablar de Dios a tontas y a locas. Es necesario hablar bien, y por desgracia no siempre lo hemos hecho.

En muchos museos de la ciencia, parques de atracciones, ferias, etc. existen espejos deformantes cuyas paredes curvadas devuelven una imagen distorsionada de quienes se ponen ante ellos, que se vuelven cabezones, patilargos, rechonchos, etc. Desgraciadamente, parece como si mucha gente hubiera visto a Dios reflejado en uno de esos espejos deformantes. Mencionemos, como ejemplo, cuatro imágenes distorsionadas de Dios muy extendidas:

• El Dios del miedo. Sesboüé lo explicaba así: «Sabemos el malestar que provocan hoy los sistemas de vigilancia por vídeo en las empresas y en los almacenes. Me miran y me vigilan en todo lo que hago, sin que yo me dé cuenta, para poder cogerme in fraganti. Del mismo modo penetra Dios en mi intimidad en todo momento. No dispongo frente a él de ningún jardín secreto, de ninguna intimidad, de ninguna libertad. Sería semejante a un policía cuidadosamente escondido en un lugar de la carretera particularmente tentador para el exceso de velocidad y que te comunica el resultado del radar con una sonrisa de satisfacción» .

Imaginar a Dios como una mirada escrutadora que juzga con dureza los más pequeños fallos humanos provoca inevitablemente reacciones contra Él. Al final del prefacio a la segunda edición de La Gaya Ciencia, una niña pregunta a su madre: «¿Es cierto que Dios está presente en todas partes?», y —ante la respuesta afirmativa de ésta— añade: «¡Esto me parece indecente!» .

• Una segunda imagen deformada es el Dios aguafiestas, que inspiró aquellos famosos versos de André Gide:

«Mandamientos de Dios, habéis lastimado mi alma.
Mandamientos de Dios, ¿cuántos sois: diez o veinte?
¿Hasta dónde estrecharéis vuestros límites?
¿Enseñaréis que cada vez hay más cosas prohibidas?
¿Nuevos castigos prometidos para la sed
de todo lo que encuentro bello sobre la tierra?
Mandamientos de Dios, habéis hecho enfermar mi alma.
Habéis rodeado de muros los únicos manantiales
en que tenía que calmar mi sed» .

Naturalmente, si Dios aparece como un obstáculo —el gran obstáculo— para ser felices, existe un motivo poderoso para prescindir de él. Recordemos la famosa campaña de los «autobuses ateos», con el slogan «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida», iniciada en Londres por la periodista Ariane Sherine en junio de 2008 que el pasado año se trasladó a Barcelona, Madrid y Valencia.

• Tercera imagen deformada: El Deus ex machina («dios de la máquina»). Recordemos que, en el antiguo teatro griego, se conocía como «deus ex machina» un artificio consistente en hacer que un dios, por medio de una máquina, descendiera al escenario para rescatar al héroe o resolver la trama cuando se encontraba en una situación apurada. No hace falta decir que el recurso habitual al milagro resulta incompatible con la dignidad humana. Como decía Nietzsche, «un Dios que en el momento oportuno corta el resfriado, o induce a uno a subir al coche en el instante preciso en que empieza a llover a cántaros debería antojarse un Dios tan absurdo que, si existiese, habría que abolirlo» .

• Mencionemos, por último, el Dios sádico que parece experimentar placer haciendo sufrir los demás. La tendencia a asociar las enfermedades o calamidades de todo tipo con la voluntad divina está grabada en el inconsciente colectivo. Por ejemplo, tras la muerte de su esposa, Machado escribe: «Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía» . Pero, si de verdad es Dios quien nos impone el sufrimiento, sería preferible que no existiera. En el pequeño devocionario de la duquesa Dorotea de Prusia (1531), los versículos 7-8 del Salmo 6 —«Estoy agotado de gemir: de noche lloro sobre el lecho, riego mi cama con lágrimas. Mis ojos se consumen irritados, envejecen por tantas contradicciones»— aparecen sustituidos por estas palabras: «Mucho más quisiera yo que no existieses, que tener tú que atormentarme así por más tiempo» .

Podríamos seguir repasando imágenes distorsionadas de Dios, pero no merece la pena: Estos cuatro ejemplos son suficientes. Lo más grave es que a menudo esos espejos deformadores de la imagen de Dios hemos sido los propios creyentes. Lo dijo el Concilio: «En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión» .


IMPOSIBILIDAD DE HABLAR ADECUADAMENTE DE DIOS


Debemos admitir que no es fácil hablar de Dios. Como «nadie lo ha visto jamás» (Jn 1, 18), tenemos el peligro de imaginarlo a nuestro gusto. Recordemos aquello de Voltaire: «Se pretende que Dios hizo al hombre a su imagen, pero ¡bien que se lo ha devuelto el hombre!» (On prétend que Dieu a fait l’homme à son image, mais l’homme le lui a bien rendu) .

Afortunadamente, el mismo Dios ha querido revelarse a nosotros. La frase del Prólogo del Cuarto Evangelio que acabo de citar —«A Dios nadie lo ha visto jamás»— seguía diciendo: «El Hijo único, que es Dios y vive en unión íntima con el Padre nos lo ha dado a conocer». Pero no cantemos victoria antes de tiempo. Refiriéndose precisamente al prólogo del Cuarto Evangelio, comentaba San Agustín: «No temo afirmar, mis hermanos, que ni el mismo Juan lo dijo como es, sino como pudo decirlo. Es un hombre el que habla de Dios. Dios le inspira, es verdad, pero no dejaba de ser hombre» .

En efecto, aunque Dios se haya esforzado por revelarse plenamente a nosotros enviándonos a su Hijo, persiste el obstáculo de nuestra incapacidad para comprender al totalmente Otro. Decía con mucha razón Chateaubriand: «Un hombre puede comprender el poderío de un rey sin ser rey; pero el que comprendiese a Dios, sería Dios» . Y, como estamos muy lejos de ser Dios, debemos dar por buena aquella famosa paradoja de las Quaestiones disputatae de Santo Tomás: «El mayor conocimiento humano de Dios es saber que no sabemos nada de Dios» (quod homo sciat se Deum nescire) .

Siendo así las cosas, ¿sería quizás preferible no hablar de Dios? Desde luego, siempre que hablamos de Él tenemos cierta sensación de estar desobedeciendo el mandato bíblico: «No pronunciarás en falso el nombre de Yahveh tu Dios» (Ex 20, 7). Por eso F. von Hügel, escritor católico inglés, escribía a principios del pasado siglo a una sobrina suya todavía anglicana que después se convertiría al catolicismo: «No hables de las cosas grandes; déjalas crecer en ti» .

Fray Gil, por ejemplo, prefirió no hablar de «las cosas grandes». Recordemos la deliciosa escena de «Las Florecillas de San Francisco»: «Yendo San Luis, rey de Francia, visitando en peregrinación los santuarios del mundo y habiendo llegado a sus oídos la fama de santidad del hermano Gil, que había sido uno de los primeros compañeros de San Francisco, se propuso y tomó la firme determi¬nación de visitarlo (…). Fue el portero y dijo al hermano Gil que en la puerta había un peregrino que preguntaba por él; y le fue revelado en espíritu que se trataba del Rey de Francia. Al punto, con gran fervor, salió de la celda, corrió a la puerta y, sin preguntar más, siendo así que nunca se habían visto, se arrodilló ante él con gran devoción, y los dos se abrazaron y se besaron con suma alegría, como si desde muy atrás hubiera habido entre ellos estrecha amistad. Y a todo esto estaban sin decirse palabra el uno al otro, siguiendo abrazados en silencio entre señales de amor y de caridad. Habiendo estado así por un espacio de tiempo, sin decirse una palabra, se separaron el uno del otro (…) “No os debe causar extrañeza, hermanos carísimos —explicó Fray Gil— ya que ni yo a él ni él a mí hemos podido decirnos una palabra (…) mirándonos mutuamente en los corazones, hemos conocido lo que yo quería decirle a él y lo que él quería decirme a mí mucho mejor y con mayor consolación que si nos hubiéramos hablado con la boca, por la limitación de la lengua humana, que no es capaz de expresar los secretos misterios de Dios”» .

Pero el silencio es ambiguo: calla Fray Gil porque tiene mucho que decir sobre Dios y calla el agnóstico porque no tiene nada que decir sobre Él. Por eso necesitamos atrevernos a romper el silencio, aunque sea con temor y temblor. Con razón decía San Hilario de Poitiers: «Tengo la persuasión, Dios Padre omnipotente, de que el deber más importante de mi vida es que toda mi palabra y mi pensamiento hablen de ti» .

Sin embargo, yo me permitiría corregir así la frase del famoso polemista antiarriano —¡qué petulancia por mi parte!—: «Tengo la persuasión, Dios Padre omnipotente, de que el deber más importante de mi vida es que toda mi palabra y mis acciones hablen de ti». Porque las palabras sobre Dios necesitan de esa hermenéutica que es la praxis del comunicador. Por ejemplo, la frase «¡Dios está con nosotros!» significa cosas muy diferentes dicha por Teresa de Calcuta cuando una niña gravemente enferma de un suburbio de la India comenzaba a mejorar a pesar de los medios tan precarios que tenían en el dispensario y cuando la dijo Bush (padre) tras los primeros éxitos militares de la operación Tormenta del Desierto contra Irak (1991). Es de justicia reconocer que, en esto de hablar de Dios uniendo la palabra y las acciones, la vida consagrada ha escrito páginas magníficas desde sus orígenes.


CONCLUSIÓN


Las reflexiones anteriores podrían muy bien ser una glosa de unas famosas palabras de Martin Buber: «Dios es la más abrumada de cargas de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan envilecida, tan mutilada (…) Las generaciones de los hombres han desgarrado la palabra con sus partidismos religiosos; por ella han matado y han muerto por ella; ella lleva las huellas de los dedos y la sangre de todos (…) Es cierto, los hombres dibujan caricaturas y escriben debajo “Dios”; se asesinan unos a otros y exclaman “en el nombre de Dios” (…) ¡Qué comprensible resulta hoy que algunos sugieran permanecer en silencio durante algún tiempo respecto a las “cosas últimas”, para que las palabras mal empleadas puedan ser redimidas! Pero así no se las puede redimir. No podemos limpiar la palabra “Dios” y no podemos devolverle su integridad; lo que sí podemos es, profanada y mutilada como está, levantarla del polvo y enderezarla una hora al menos con el máximo cuidado» .

Pero haber tomado conciencia de las dificultades existentes para hablar adecuadamente de Dios no debe desanimarnos, sino todo lo contrario. Coincidimos con Jüngel en creer que, cuanto más conscientes somos de la dificultad que entraña hablar sobre Dios, mayores son las posibilidades de evitar un mal uso de su nombre .