NAVIDAD, LA MEJOR CONEXIÓN JAMÁS CREADA

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(Carmen Pérez Yruela). Qué buenas son las redes sociales, bien utilizadas, se supone. Cuántas buenas palabras  y mensajes pasan por esos canales invisibles de lo inalámbrico. Y no solo palabras, pasan también  por esas redes imágenes, fotos propias y ajenas, gift, videos, canciones,  música, emoticonos, muchas veces al día. Y mucho más en los días de Navidad que parece que nos obliga a conectar hasta con quien no conectamos en todo el año.  Con las NNTT se han acortado tanto las distancias que es normal estar en cualquier punto del planeta, o del espacio, y a la vez ver lo que pasa o le que se dice en las antípodas, justo en el otro extremo de donde uno está.

El mundo de la comunicación ha avanzado en poco tiempo de tal manera que todo está al alcance de la vista y del oído  sin tener que hacer mucho esfuerzo, ni pagar apenas costos por informarse o comunicarse. Todo, salvo lo que ocurre en el hondón del alma de cada criatura, ese reducto vital, misterioso e inaccesible en el que uno se encuentra consigo mismo y con su Dios.

Hace dos mil años, se produjo una conexión muy especial, la mejor conexión jamás creada, jamás inventada.  Dios se pone en contacto con la humanidad sin mensajes ni mensajeros. Es cierto que lo anunciaron los profetas, pero hacía muchos años y no había ninguna señal extraordinaria de que fuera a suceder en aquel momento.

Pero resulta que sí, que Él viene en persona, y acorta tanto las distancias entre el cielo y la tierra, entre su divinidad y nuestra humanidad, que de la noche a la mañana, Dios, en Jesús, nacido de María Virgen, se hace uno de nosotros, “uno de tantos” y a nosotros nos hace partícipes de su vida. El Verbo se encarnó para hacernos «partícipes de la naturaleza divina» «Porque tal es la razón por la que el Verbo se hizo hombre, y el Hijo de Dios, Hijo del hombre: para que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios»( CIC 460, (2 P 1, 4))

Una conexión así solo se puede realizar de corazón a corazón, no son suficientes las redes para transmitirla, no hay capacidad en la “nube” para guardarla. El corazón de Dios estaba dolido a causa del sufrimiento del corazón de la humanidad, de la creación entera, y no se pudo contener. Estalló en un derroche de amor y misericordia y atravesó las galaxias por Él creadas, en la persona de su Hijo Jesús, que tras pasar nueve meses en el vientre de la Virgen María, nació en Belén. Un pueblo sin relevancia social, ni política, ni económica; en un campo, en una cueva, al margen. Sin apenas testigos humanos, salvo su madre y el bueno de José, salvo la noche estrellada, el frío del invierno, y el vaho caliente de algunos animales que dicen que había allí.

Solo a Dios se le puede ocurrir una cosa así, venir a salvar al mundo sin previa convocatoria, sin bando y sin edicto alguno y en aquel rincón perdido del mundo.  Sin que lo sepan, en ese momento, los sacerdotes ni los rabinos, ni Herodes ni sus espías. ¡Y así le fue a Jesús!… Nadie lo recibió. Pero los ángeles que todo lo ven, de cerca y a distancia porque están conectados con el Altísimo, vienen a echar una mano porque alguien tiene que saber lo que está sucediendo.  Anuncian el acontecimiento a los pastores que estarían por allí cerca. El evangelio de Lucas cuenta que les dijeron “gloria a Dios en las alturas”, “no teman”, “les doy una buena noticia, una gran alegría para todo el mundo, les ha nacido el Salvador”.  Se comunicaron de corazón a corazón, como se comunicó Dios con la humanidad, y los ángeles lo debieron hacer muy bien porque los pastores entendieron perfectamente que tenían que ponerse en camino, y así lo hicieron.  Se irían encontrando con otros pastores por los cruces de las veredas  y,  juntos, se fueron diligentes a ver a Jesús.

Es que los pastores, pobres y sencillos,  sabían escuchar en el silencio y, a fuerza de contemplar, conocían por qué brillaban las estrellas de una u otra manera;  sabían que  el requesón, la miel, el queso y el pan habría que compartirlo en cualquier momento con alguien. Y por esta vez lo fueron a compartir con aquella familia marginada de la cueva, migrante porque no era de allí, pobre como ellos porque solo los pobres pueden nacer en semejante lugar. Allí estaba María, seguro que sin entender nada,  guardando todo eso en su corazón, asumiendo, aceptando, acariciando al Hijo de sus entrañas. Y allí estaba José que tampoco  entendería nada pero que presenciaba, admiraba, protegía y acompañaba. José estaría aprendiendo de María a guardar también todas las cosas en el corazón.

Lo cierto es que los pastores tuvieron un “encuentro personal con Jesús”, conectaron perfectamente con Él, se sintieron bien a su lado porque Él era como ellos, estaba a ras de tierra con ellos. Pero algo muy grande intuyeron en sus corazones y una luminosidad especial debieron percibir, porque le adoraron.  Y solo a Dios se  le adora.  Se pusieron contentos, y se llenaron de paz. “Ha nacido el salvador, el Mesías, el Señor” resonaba una y otra vez en sus oídos. Los más pequeños, sencillos y pobres fueron los destinatarios y testigos privilegiados de la noticia y del hecho más grande jamás ocurrido en la Historia.

La noche del nacimiento de Jesús, fuera en Belén o no, en aquella fecha exacta o en otra, es una noche llena de encuentros y conexiones, se comienza a crear una nueva red de comunicación accesible a todo el que de buena voluntad quiera entrar en ella. Es un sistema protegido por el Espíritu del Señor, de alta fidelidad, que nunca cae, pero que a la vista de cómo ha sucedido hay que entrar en él libres de virus: libres de los afanes de este mundo como son el poder, la riqueza, la imagen, el hedonismo, el bienestar a ultranza, el derecho a todo y  ninguna obligación.

Hay que acercarse a Belén, y si se hace de buena voluntad y con buen corazón corremos un peligro que es bueno, el de sentirnos atrapados por la red del amor misericordioso de Dios.

Por eso hay que acercarse, con decisión y como opción personal, pero con ciertas convicciones y actitudes:

Es necesario creer

Es necesario abrir el corazón y acoger el mensaje

Es necesario ponerse en camino

Hay que saber y querer contemplar

Hay que ser pobre y sencillo

Es necesario estar dispuestos a compartir

Hay que saber adorar

Hay que saber y querer comunicar la Gran Noticia que se nos ha anunciado

Es necesario estar contentos y ser felices porque nos ha nacido el Salvador

Hay que vivir en casas de puertas abiertas

Hay que estar siempre abiertos a la esperanza.