NACER DE NUEVO

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En estricto sentido no estamos en una crisis vocacional, sino en una reforma profunda de estructuras. Hay estructuras agotadas, incapaces de generar espacios de Bienaventuranza que, sin duda, desaparecerán. Que, además, tienen que desaparecer.

¿Cómo se explica lo que afirmo? Desde luego no desde los números o edades. No es verdad el adagio letal: «pocos y viejos». Hay grupos pequeños en la Iglesia, los más, que son altamente significativos y elocuentemente evangélicos. Hay cantidad de mujeres y hombres signo, que albergan en su corazón una experiencia profunda de comunión y están transmitiendo la esencialidad de la vida consagrada. No pocos de ellos y ellas están en esa franja que nuestra sociedad denomina ancianos. Son hombres y mujeres que no han perdido la capacidad de sonreír a la vida; que tienen un corazón que todavía les funciona, y están enamorados del mundo y de la vida, con amor palpable y sensible, depositado en personas y necesidades concretas. Rezan con sentido y novedad… y, sobre todo, están liberados y liberadas de la muerte lenta de la inercia sostenida en el tiempo, denominada costumbre… que, sin embargo, algunos con poco espíritu crítico, denominan pertenencia. Paradójicamente, los signos de reforma en la vida consagrada los lideran de manera significativa mujeres y hombres libres, de setenta años o más. Tienen mucho más tiempo para la verdad que para el postureo; ejercitan el acompañamiento sin hablar mucho de él; viven una economía honesta sin adherencias ni concesiones; están en clave de misión y no de espectáculo… y, sobre todo, han descubierto que lo más revolucionario es ser de Dios… no han renunciado a celebrar, orar y cuidarse. Suelen sonreír ante la tirantez del horario, algunas programaciones y la disciplina… no obligan a cambiar a sus instituciones
–tampoco pueden hacerlo–, pero se siente muy libres ante “llamadas arrebato” para simular que estamos juntos. Sí, la renovación-reorganización-reforma de la vida consagrada la están encarnando quienes, con su vivir, nos evidencian que algunas actitudes no dan más de sí y durarán mientras quienes viven para la pura voluntad y su puesto, tengan vida y sigan sintiendo que mandan… Porque el día que dejan de hacerlo entran en una profundísima depresión, ya que no habían vivido como consagrados, sino como vigilantes, gestores o “formadores” de sus “hermanos”.

Esto tiene que nacer de nuevo para que vuelva a discurrir por terrenos más libres y atractivos. Más veraces. Menos miedosos. Más capaces de entender y asumir la humanidad como es, en su complejo desarrollo afectivo. Tiene que nacer una nueva convivencia más sincera, con una economía también sincera. Una mística emocionante, sin luchas, ni celos, ni batallas para ver quién manda y quién adula o se defiende; con quién contamos y a quién arrinconamos.

La vida consagrada es, por definición, un marco maravilloso para entender qué significa ser discípulo o discípula, pero hoy tiene un “problema intestinal grave”. Las estructuras que nacieron para ser expresividad de amor han degenerado en control; la generosidad, capacidad y gracia, imprescindibles para el servicio de liderazgo, se han reducido, en algunos casos, al antojo de algunos corazones mediocres que solo ven y viven desde el sentimiento, sin ejercicio de discernimiento, ni sueño sobrenatural. El vínculo con la misión… aquellos últimos, donde nadie llega, se aleja gravemente cuando solo hay esfuerzos de conservación y supervivencia.

No nos queda más remedio que nacer de nuevo porque llevamos décadas muy preocupados por nosotros y cómo organizar horarios teóricos para aprender a convivir, sin caer en la cuenta que la opción vocacional es solo amor, que si no se entrega genera vidas amorfas.

Por eso, el Espíritu Santo, que hace bien las cosas, nos habla de manera penetrante de un final de ciclo expresivo. Nos pide eso sí, que no se apague ni la voz ni el intento. Que mantengamos la llama, pero busquemos la claridad. Que pongamos nombre a las cosas y salgamos del rodillo de la palabrería y la costumbre… Nos pide aprender a vivir. Mientras tanto, sin cambiar una coma de su rutina, habrá quienes pidan un día y otro vocaciones para la provincia equis, sin saber qué piden y, mucho menos, para qué y con quién. También estos y estas nos evidencian la urgencia de que la vida consagrada nazca… nueva.