martes, 26 octubre, 2021

LOS CURAS (2)

 

María, “Madre de la Iglesia!, no tuvo un documento específico dedicado a ella, como algunos Padres Conciliares deseaban. Protagonizó el  último capítulo, el octavo,  de la Constitución sobre la Iglesia, la “Lumen gentium”: un modo de dejar claro que María es parte indisoluble del Misterio eclesial, pero no un hueso aislado de la armazón dogmática de la Iglesia; tampoco una “corredentora”. Sin embargo, sí se le concedió el honor de clausurar el Vaticano II uno de los días festivos más señalados del calendario mariano: la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, el 8 de diciembre de 1965.

Aquel miércoles  de “la Purísima”, (fiesta “tan española”) del ecuador de la década quizás más simbólica del siglo XX, Pablo VI celebró la Eucaristía con todos los Padres Conciliares del momento. Cuatro años después de aquel jueves otoñal de 1962. El Concilio “había terminado”. ¿O, más bien, “comenzaba”?  No sé si los obispos, al menos algunos, tenían muy claro que aquella solemne celebración romana con María como culmen simbólico de la fe nacida de su Hijo Jesucristo, abría múltiples caminos y vericuetos a sus Iglesias locales (o “particulares”; como prefieren llamarlas otros). Supongo las prisas por terminar, las ganas de regresar a casa, el cansancio acumulado por tantos encuentros, reuniones, intentos de llegar a acuerdos “de compromiso”. Los obispos sacaban billetes para retornar a sus países, las últimas compras en la Ciudad Eterna, las sotanas moradas o rojas colgando en percheros, listas para ser embaladas, las mitras recogidas en sus fundas, los pectorales al fin sosegados… Había acabado aquel largo Concilio de cuatro años, y la vida, seguramente, “seguiría igual” en sus rutinarias comunidades, algunas demasiado lejanas en todos los sentidos, de lo que en las salas conciliares se había debatido, discutido, polemizado y rebatido; no siempre con serenidad y moderación, en ocasiones con ácidas diatribas teológicas o pastorales, entre obispos de distintas tendencias. Habían nacido los conservadores, que no acababan de aceptar las tomas de posición conciliares, y los progresistas, aparentes vencedores en las discusiones de los documentos conciliares.

En las diócesis, “los curas” esperaban. Pero en “la España de charanga y pandereta, de cerrado y sacristía, devota de Frasquelo y de María, de espíritu burlón y alma inquieta”, que cantaba años antes Antonio Machado, las aguas no estaban tan tranquilas. En otros países, tampoco. Algunos obispos nos confesaron que “el Concilio les había convertido”; otros, colocaron la primera edición de la BAC (1965) con prólogo de Mons. Casimiro Morcillo, arzobispo de Madrid-Alcalá, en un sitio preferente de sus bibliotecas de textos latinos, desentonando del contexto, y a la espera de que alguien leyera la cuidada y oportuna edición de las cuatro constituciones, los nueve decretos y las tres declaraciones conciliares. ¡Demasiados textos para ser leídos y estudiados!; otros, tal vez, iniciaron un avinagrado camino de rechazo implícito o explícito hacia algunas peligrosas “novedades” del Vaticano II, y se pertrecharon en sus diócesis en un doloroso exilio interior, haciendo mutis por el foro, aislados y frustrados. Decepcionados, tal vez.  Que de todo hubo.

Los curas fueron otra cosa. Un sector importante, posiblemente los mayores en edad, pero también otros más jóvenes, se resistieron ante una Iglesia que parecía otra, no la de siempre, simplemente, otra. Eran tantas las nuevas ideas, los nuevos planteamientos, tan atrevidos, irreverentes y hasta aparentemente heréticos, que no podían asimilar una revolución tan drástica, que emparentaba con los eternos enemigos protestantes, ahora “hermanos separados”; o abría puertas al terrible comunismo que ellos habían conocido y combatido décadas antes, ahora lo llamaban  “il dialogo alla prova”;  por si fuera poco, se tendía la mano -aunque fuera un tanto tímidamente- al resto de las religiones “falsas”, incluidos “moros”, hinduistas o budistas, por supuesto protestantes y hasta a las salvajes religiones animistas de taparrabo y sacrificios rituales humanos:  era la peligrosa “libertad religiosa”. Y, por supuesto, a la nefasta masonería. Era una contaminación con las teologías heréticas centroeuropeas, abiertas ahora a teólogos castigados antaño por el gran pontífice Pío XII en su Humani Generis (1950); y un alevoso atrevimiento al diálogo con el mundo, que junto al “demonio y la carne”, eran los tres grandes peligros para la salvación del alma, ¡de toda la vida!  Por otra parte, dicha osada “libertad religiosa” iba en contra de todos los tradicionales principios de la Iglesia Católica como la única religión verdadera “fuera de la cual no había salvación”, y abría resbaladizos  caminos a un pluralismo dogmático o a una “jerarquía del dogma” que podía conllevar el final de la Cristiandad. Todas las áreas de la vida cristiana parecían atacadas, corregidas, puestas en duda. La liturgia, que celebraba la gloria y majestad de la Divinidad, se veía reducida a reuniones de comensales donde el altar era sustituido por la mesa y el sacrificio por el banquete, mientras se desvestían los presbiterios y se retiraban retablos medievales (algunos de un preciado valor artístico e histórico) en un guiño a los protestantes; se perdía la lengua latina para dar paso a las lenguas vernáculas, arriesgando así la fijeza propia de la lengua de Cicerón y Tomás de Aquino;  las misas se popularizaban con cantos de origen luterano en detrimento de las scholas cantorum; ya no se “decía la misa” mirando al Oriente y de espaldas a la feligresía, sino en un “cara a cara” que restaba magnificencia, solemnidad y misterio  a las solemnidades litúrgicas; incluso se recomendaba que los simples fieles comulgaran el Cuerpo de Cristo en la mano, y de pie, con los riesgos de frivolización y falta de devoción y respeto que eso suponía. Ya no “se decía Misa”, “se celebraba la Eucaristía”. Incluso  las normas morales, establecidas y cumplidas desde antaño, con una casuística suficiente y amplia, daba paso a una llamada “moral de situación”, o incluso se atisbaba un camino hacia una “ética común”, no fundamentada en la Moral católica.  La lista de peligros, desafueros y errores se extendían de tal modo que algunas minorías, tras el obispo francés  Marcel Lefebvre, apostataban de aquella “nueva religión” impuesta creando su propio Seminario personal en Êcone y provocando un nuevo cisma en la Iglesia que traería un largo y rocambolesco deambular durante décadas.

Pero no todos los curas pensaban o sentían así. Todo estaba cambiando. Y se convirtieron en best sellers dos libros publicados precisamente en 1965: “Los nuevos curas” del francés Michel de Saint Pierre, y “Los curas comunistas”, un título más atrevido aún, del español José Luis Martín Vigil; ambos, con perfiles clericales contrapuestos. Y es que, efectivamente, algo de aquello había: curas “nuevos”, distintos; y curas “de izquierda”, revolucionarios, tal vez comunistas incluso, que comenzaban a flirtear con la teología latinoamericana de la liberación que se abría paso con el peruano Gustavo Gutiérrez, a finales de la intrépida década de los 60. Algo, o mucho, importante, estaba ocurriendo en el clero. En todo el mundo y también en España.

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