martes, 26 octubre, 2021

EL INTERRUPTOR

(José Tolentino de Mendonça). La diferencia entre esperanza y desánimo es mínima: es como encender un interruptor. ¡Qué extraña es la esperanza! A través de un sorprendente proceso de vida interior, lo que una vez nos pareció un vaso medio vacío, podemos llegar a verlo como un vaso medio lleno. Lo dice la filósofa Martha C. Nussbaum, y no se resigna a que hablemos tan poco de la esperanza.

Según Nussbaum, hay tres cosas esenciales que todos tenemos que aprender (o volver a aprender) sobre la esperanza.

La primera es que no es una charla sobre probabilidades. Al contrario, cuando nada parece seguro es cuando se revela la esperanza, movilizándonos para no cruzarnos de brazos o ceder a las derrotas. Renunciar a la esperanza es aceptar coincidir con la realidad sin más, mientras que aferrarse a ella es introducir una tensión inconformista entre nosotros y la morfología del presente. Esta tensión infunde, con el tiempo, un coraje que no conocíamos; nos motiva en una audacia y resistencia sin precedentes.

La segunda es que la esperanza no es un discurso sobre los deseos. Uno de los errores frecuentes es asociar la esperanza con la satisfacción de los deseos inmediatos, a menudo tremendamente banales e infantiles. Ahora bien, solo podemos hablar de esperanza cuando están en juego grandes cosas, superiores a nuestras posibilidades; cuando hay una incertidumbre confirmada sobre los resultados; y, finalmente, cuando ante el objeto de la esperanza percibimos una impotencia y una falta de control por nuestra parte. Además, tener esperanza no nos exime de experimentar miedo, o de sufrir violentamente con el temblor del suelo cuando nos enfrentamos con nuestra fragilidad guiados por las dudas. Como escribió Séneca, «si dejo de temer, también dejaré de esperar».

La tercera es que la esperanza no es solo un discurso dirigido a la práctica. De hecho, contiene todo: lógica e imaginación, preparativos prácticos para la acción y fantasía creativa; racionalidad y fe. Hay una «esperanza práctica», pero es inseparable de lo que Martha C. Nussbaum llama una «esperanza ociosa». La primera es la que sirve de combustible para la acción concreta y la que nos acerca a un objetivo determinado como un clavo a la pared. Sin embargo, esta modalidad no agota la esperanza. Incluso cuando la esperanza se dibuja como un viaje solitario como un equilibrista en un alambre, termina jugando un papel más determinante de lo que suponemos en nuestro viaje.

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