viernes, 17 septiembre, 2021

La primera, sin privilegios

 

La primera fue María. La primera en dejarse atravesar por el Misterio de Dios sin ninguna condición.

Su hijo Jesús había dicho que quien quisiera ser primero que fuera el servidor de todos. Palabras suscitadas por el ejemplo de su madre y por la historia de su concepción; historia tantas veces relatada por ella.

La primera acogió un anuncio y, a continuación, se convirtió en una renuncia. La renuncia a guiarse por sus deseos o por el cumplimiento de sus expectativas. La primera, la joven María, recibió a un niño indefenso, acogió el descenso de todo un Dios para dar carne a la Palabra.

La primera que se puso en camino para ver a su prima Isabel. Para contarle lo ocurrido y para que ella le ayudara a comprender. Y ahí está el primer discernimiento. No había entrado en la casa cuando Isabel, llena del Espíritu, reconoce a la prima, a la mujer, a la judía, a la confiada María y provoca en ella el agradecimiento y la alabanza. Recoge la bondad y el reconocimiento que la mujer merece desde siempre y que nadie puede ni quitarle ni añadirle: se sabe elegida, bendita porque a través de ella cambiará la historia de la humanidad.  Y anticipa lo que serán todos aquellos que se saben en manos de Dios y con la posibilidad de hacer justicia y potenciar lo bello.

La primera en ser llevada al lugar o ámbito definitivo que Dios tiene reservado para sus hijos. La Iglesia lo recuerda y celebra ese lugar definitivo donde esa joven tiene su reconocimiento: más allá de la fama social, de la devoción religiosa o de la reivindicación política. María, la joven judía, es ya esa “mujer vestida de sol, con la luna por pedestal y coronada con doce estrellas” y está ya en el cielo, como Jesús fue acogido en su seno.

Por ella, por la primera, se oye una gran voz en el cielo: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. A causa de María, la primera.

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