Gonzalo Fernández Sanz
Director de VR
Febrero es un mes señalado para las personas consagradas. Celebramos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, que este año 2026 llega a su trigésima edición. Es una oportunidad para agradecer esta vocación en la Iglesia y preguntarnos cómo estamos respondiendo a ella. No conviene andarnos con paños calientes. Estamos más desfondados de lo que la magnitud de algunas de nuestras obras parece todavía indicar. Con mucha valentía, nuestro hermano claretiano Luis Alberto Gonzalo Díez, fallecido repentinamente el pasado 2 de enero, denunció en los últimos años esta crisis de identidad y fidelidad. Lo hizo en su etapa al frente de esta revista (2008-2015) y continuó haciéndolo en su blog «Te interesa» y en sus numerosas actividades con institutos de vida consagrada. Si nos contentamos fácilmente con una situación insostenible, si no nos rebelamos contra la pasividad y la mediocridad, no estaremos preparados para acoger el don fresco de Dios.
El P. Luis Alberto Gonzalo, a quien queremos recordar con gratitud en este número de la revista, fue capaz también de soñar con un futuro distinto. A menudo hablaba de la necesidad de cambiar de paradigma. Con esta palabra resumía un nuevo modelo de seguir a Jesús que se haga cargo de lo que nos está pasando en este primer tercio del siglo XXI y que no arrastre por inercia fardos pesados que nos impiden vivir con serenidad y alegría. Una cosa es aceptar con paz la disminución numérica y el envejecimiento y otra muy distinta resignarse a una vida consagrada moribunda que transige con la mediocridad y solo busca pequeños oasis de orden y sosiego en medio del desierto. Sin abusar de actitudes ingenuamente visionarias u orgullosas, necesitamos una nueva rebeldía que nos despierte del letargo, que no confunda la autonomía personal con el individualismo, la atención a las necesidades propias con un estilo de vida burgués, la superación del ritualismo con la indisciplina adolescente y la urgencia de cuidarse con la indiferencia ante la realidad social.
Es obvio que la vida consagrada solo se renueva con hombres y mujeres santos que no han perdido la pasión por Jesús y su Reino y se dejan conducir por el Espíritu. Pero, junto a la santidad personal, se requiere también una rebelde lucidez y cambios institucionales. Desde la revista Vida Religiosa deseamos promover los testimonios y reflexiones que nos ayuden a abrir camino. No queremos convertirnos en meros notarios de una vida religiosa deshilachada, herida por problemas comunitarios, confusa en sus actitudes y conductas, cansada en su misión evangelizadora. Hace falta soplar con fuerza sobre las brasas de quienes mantienen vivo el fuego de la vocación y no se resignan a una vida cómoda y anodina. Todavía hay hombres y mujeres que tienen mucho que decir —aunque a menudo no deseen hacerlo— porque viven mucho, están tocando las heridas de las personas y tienen un sexto sentido para ver a Dios en la fragilidad e incertidumbre de nuestro tiempo. Esas voces son como centinelas que nos descubren por dónde va el camino. Necesitamos escucharlas con atención.
Esta humilde rebeldía no se puede separar de un acercamiento cordial
a las generaciones jóvenes para practicar el noble arte de la escucha. A menudo, naufragamos en nuestros procesos de discernimiento porque damos mucho más peso a la sensatez de los de mediana edad (siempre necesaria) que a la audacia de los jóvenes (energizante) y a la sabiduría de los ancianos (balsámica). Solo la tensión entre sensatez, audacia y sabiduría puede abrir nuevos caminos. De no hacerlo, muchos jóvenes no se sentirán atraídos por esta forma de vida que ha atravesado los siglos renovándose sin cesar. Creerán que no merece la pena adherirse a órdenes, congregaciones e institutos seculares que se concentran más en gestionar un presente oneroso que en soñar un futuro prometedor.
A ningún instituto de vida consagrada se le pide que sea muy numeroso o eternamente joven, pero sí que tenga un claro proyecto de vida evangélica, rezume autenticidad y esté siempre en una actitud de búsqueda de la voluntad de Dios. Ser «resto» profético es algo que nos conecta con la lógica evangélica y que ayuda a la Iglesia a mantenerse despierta. Ser «residuos» culturales nos conduce inexorablemente al cubo de la basura de la historia.
Este no es un tiempo para ser cansinamente sumisos, sino para levantarnos humildemente rebeldes. Pero no rebeldes contra el mundo o contra la Iglesia, sino contra nuestra incoherencia. Solo una sana insatisfacción con el estilo de vida que llevamos puede ayudarnos a despertar, escuchar y buscar.





