miércoles, 19 enero, 2022

ESPERAR ES ACTUAR

Creo que es posible crear algo diferente. No puede ser fruto solo del cansancio, y menos de la infidelidad, la insatisfacción que no pocos experimentan con lo que hay. Hay indicadores, para quien quiera verlos, de que el Espíritu está detrás de no pocas palabras, muchos silencios e infinidad de anhelos que hoy tejen la vida de los hombres y mujeres consagrados.

Hay cada vez más personas que se están arriesgando a dudar. A poner entre paréntesis lo que parecían principios seguros para caminar, convivir y organizarse. Porque el horizonte que ayer se describía, hoy no existe ni sirve para el plan de Dios.

Hay cada vez más consagrados que no se lamentan por vivir en el siglo XXI, porque no se quejan de las personas que en este siglo conviven y piensan; sienten, trabajan, oran y buscan su Dios. Estos consagrados no se asoman al mundo como si fuese un precipicio, sino como una viña donde tienen que aprender a trabajar y gozar (o gozar y trabajar), con otros y otras.

Va habiendo consagrados que leen la vida sin necesitar que en cada renglón aparezca la palabra Dios o en cada texto se afirme lo maravillosa que es la vida de consagración según revela sabiamente nuestra historia. Hay consagrados que encuentran a Dios en cada biografía que busca sinceramente la verdad, la armonía, la justicia social, la integridad de las personas.

Hay consagrados que han «renovado su profesión» en esta pandemia. Han releído sus votos y han descubierto que son dones para la vida, para cuidar el instante, para expresar amor y para desterrar la soledad. Estos mismos consagrados están empezando a dudar si todo lo que hacían y vivían con el apellido comunitario no era sino suma de individualidades que jamás se confunden, porque nunca se encontraron. Dudan porque, quizá, se ha cuidado más la empresa que la familia; más la seguridad institucional que el amor de comunión.

Sí, cada vez más, hay consagrados que dudan. Quizá lo hacen porque tienen fe, porque solo quienes mantienen actitudes tajantes, categóricas y clericales parecen seguros. No de Dios sino de sí mismos, o mismas, en su infinita inseguridad. Y es la fe la que permite hacer otra lectura de esta historia, de este tiempo, de esta cultura, del hoy de la vida consagrada.

Esta vida consagrada que está tomando forma, porque empieza a levantar la voz, ofrece signos. Es una consagración que no está tranquila, desconfía de procesos institucionales calculados, acríticos y reiterativos, no cree en el reparto de funciones, ni que las cosas se decidan porque toca o porque ya no queda más remedio. Es una vida consagrada que se hace preguntas y va encontrando respuestas. Y estas la acercan a lo que viven las mujeres y los hombres de nuestro tiempo. Esta vida consagrada está empezando a entender que el problema no es Dios y su Palabra, sino cómo se ha contado y desde dónde se ha sostenido el relato. Es por eso, una vida consagrada creativa, abierta, sinodal, despierta que necesita salir de un guion que ya no comunica porque está lleno de ruidos. Aunque estén construidos de palabras bonitas.

Y esta vida consagrada, habitada de mujeres y hombres, muchos muy ancianos y otros bien jóvenes, ha conectado con la sabiduría de Dios. Por eso encuentra emoción en el gran proyecto, la misión universal de fraternidad y no tanto en los parches para sostener estilos y presencias sin porvenir. Es una vida consagrada que recuerda que su origen es el hogar y su futuro también. Por eso no teme las consecuencias de tirar muros que pese a dar una apariencia de estabilidad, la hacen profundamente infecunda e infeliz. Dice Luis Aranguren que «la sabiduría de la duda conlleva el ejercicio de la lucidez» y esa lucidez está presente, muy presente.

Eso sí, todavía hay quienes creen que la clave es sostener a cualquier precio. Son hombres y mujeres con miedo, incapaces de salir del relato que conocen porque han contribuido a fabricarlo y apuntalarlo. Solo sueñan que quienes dudan salgan de su inseguridad y se «conviertan». No saben, o no quieren saber, que quienes así viven no esperan, o no creen. En estos casos… «ya llegamos tarde».

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