EL DIOS EN EL QUE CREO

0
760

Ya ha salido nuestro último número monográfico LAS IMÁGENES DE DIOS II. Dentro de un amplio sumario de reflexiones y propuestas, extraemos este testimonio de Carmela Barrientos, Hermanita de Jesús…

“Dios ha escogido lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo” (1Cor 1,28-29)

Tras recibir la propuesta de escribir estas líneas, lo primero que he hecho ha sido asomarme a la ventana. Desde ella se veía mi barrio, amaneciendo… ni siquiera las madres llevaban todavía a los niños al cole. Y he rezado: “Señor, Tú eres el Dios en quien creo, Tú el que te me has revelado en los rostros de estos vecinos y vecinas mías, Tú el que te haces Palabra encarnada en cada uno de ellos y el que resuenas en cada encuentro. Tú eres quien, en el silencio de la adoración, me enderezas y me vuelves a abrir las entrañas para que pueda seguir compartiendo el sufrimiento de mis vecinos y vecinas, de los presos, de mis compañeras de trabajo. Tú, Señor, eres la pasión que me habita, la Palabra que me hierve dentro y el silencio que me sana. Tú eres el Dios en quien creo”.

El Dios en quien creo me lanza a la intemperie para que me encuentre con Él ahí, en medio de las plazas:
Que le encuentre samaritano en Manuel, homosexual, en la calle, enfermo de Sida y medio paralítico. Sí, Dios, samaritano… Manuel recorre todos los días la ciudad buscando qué comer. Pide con extrema delicadeza en los comercios si tienen algo que les sobre, que esté medio malo… que él lo quitará y podrán comer Celes y él. Celes ha vivido en la calle la mayoría de su vida, enganchada y enferma. Así la encontró un día Manuel y no paró hasta convencerla, llevarla a la casa de derribo en la que malvive, curarle las heridas y darle de comer, cada día durante cinco meses. Sin pedir nada, con la sonrisa siempre en los labios. Hasta que la convención para entrar en un centro donde se recupera poco a poco y vuelve a tener la sonrisa que lucía de jovencilla cuando vino del pueblo. El Dios en quien creo es samaritano, sanador.
La intemperie a la que me invita mi Dios es a veces fría, sobre todo entre rejas. Y en ella he palpado la capacidad de caldear el corazón que tiene la escucha profunda de los sueños y anhelos de mis amigos presos. Antonio quiere salir y vender plantas, quiere, simplemente un puestecillo en el rastro que le permita ganarse el pan con lo que más le gusta: las plantas. Y encontrar una mujer buena que le quiera, con la que tener niños que jueguen al fútbol. Su inmensa bondad se esconde dentro de un cuerpo endurecido por los golpes y de una cabeza machacada por la droga. Pero cuando sueña, cuando soñamos, el Misterio se hace presente y aumenta en nosotros la fe en que un mundo diferente es posible, en el que los presos no vivan condenados a repetir sus errores una vez más, “gracias” al sistema en que vivimos. Muchas veces, al salir de la prisión he vuelto a casa como aquellos de Emaús, entre aturdida y asombrada por lo cerca que ha estado el Señor, que nos ha hecho pasar del sinsentido a la esperanza y de la oscuridad a la tenue luz de la fe.
Mi Señor me invita a que le encuentre también en el óbolo de la Paqui. Pero Paqui no es viuda, es madre soltera, con tres niños. Mi compañera de trabajo. Paqui fue un día a la trabajadora social a pedir para sus hijos uno de esos cheques que se cambian por comida, y pidió uno también para la vecina, también sola, con cinco niños… pero no quedaban. La trabajadora social, cansada de trampas, le dijo que ya no había más. Y cuando llegó Natalia del doble turno de limpieza tenía en casa unos yogures, leche, salchichas, cola-cao y unas pizzas. Porque Paqui hizo la compra con su cheque para las dos familias, y como la de Natalia es mayor, pues había más cosas para ella. Cuánto se fortalece mi fe en Dios solidario, que multiplica los bienes… cuando somos generosos como la viuda, o como la Paqui.
La intemperie se hace dura en el enfrentamiento con las instituciones, porque el Dios en quien creo me impulsa, me empuja a ser voz… pobre, sin poder, quizá, pero con la autoridad que da el compartir la vida de cada día en una cuneta de nuestro país. Cuando sonó el timbre aquella noche yo ya intuía que era Lidia. 17 años. Nos había costado tanto que la llevaran interna a un colegio hacía seis o siete años, y que se alejara de una casa de 40 m2 en la que convivía con tres hermanos de su madre toxicómanos y con otros enfermos mentales… pero se escapó, una y otra vez, hasta que entró en un centro cerrado en el que duró ¡24 horas!. El Tribunal de Menores ya no puede hacer nada… y no responde a nuestras peticiones de un nuevo internamiento “están hartos de la niña,”dicen. Cómo no pelear, cómo no gritar, cómo callarse ante tanto dolor. El Dios en quien yo creo escucha el sufrimiento de sus pobres y no soporta sus gritos. El Dios “todo- Justicia” en quien creo no entiende la falta de recursos, ni la hartura institucional.

El Dios en quien creo no sólo me impulsa fuera, sino que me espera dentro, en la comunidad. Es un Dios Comunidad y que invita a vivir la comunión. Cada vez que entra por la puerta, la María dice: “cuando llego a vuestra casa siento paz, dan ganas de quedarse…” Qué alegría poder vivir esta vida de comunión con los vecinos, con los que no tienen dónde ir y vienen a la casa a “sentir paz”. Y así se pasan los días, en los que descubro con asombro cómo son mis vecinos los que me enseñan lo que es la vida de comunión, lo que significa ser, sencillamente, fuente de paz. Será que en nuestra casa no hay tele y por tanto no está puesta siempre, como en las suyas, o será que si llegas a la hora de comer siempre hay sitio y se comparte lo que hay… no lo sé, lo que sé es que junto a ellos descubro que Dios es, esencialmente relación, y todos estamos sedientos de esa relación sanadora que se establece en el diálogo sincero, en la acogida incondicional, en el tiempo no perdido, sino regalado, junto al otro.
El buen Dios me ha regalado poder vivir también la comunión en la fe con mis hermanos presos. Recuerdo la primera vez que yo entré en prisión, fue para una eucaristía por la Virgen de la Merced, patrona de los presos. Cuánta esperanza en cada petición: por los hijos, por los compañeros enfermos, por la libertad… y cuánto dolor puesto a los pies de la Madre y ofrecido junto al pan y al vino para ser Comida y Bebida de Salvación para el mundo. Salí de allí con la fe fortalecida y con la convicción de que, como dice Pablo ““Dios ha escogido lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo, nadie puede presumir delante de Dios” (1Cor 1,28-29).
El Dios en quien creo me con-voca en una comunidad multicultural e intergeneracional, y me invita a descubrirle Vivo, activo y apasionado por los pequeños en la fragilidad de la edad de mis hermanas. Me apasiona su apertura a cada vecino que llega, a cada preso que visitan, su escucha profunda y atenta. Me cuestiona que hayan conseguido no endurecerse y tampoco quemarse tras tantos años de amistad compartida con los perdedores del mundo, cuando yo a veces caigo en la desesperanza o en la rabia. Y es a través de ellas, como muchas veces se fortalece mi fe en el Dios de los sencillos que es quien transforma la historia, quien da sentido a cada día, a cada año… sin que tengan nada que ver las fuerzas o la juventud; Él trabaja cuando nos dejamos hacer, cuando le buscamos…tengamos la edad que tengamos y por poco que seamos capaces de hacer. No es cuestión de “productividad evangélica” sino de generar espacios acogedores y querer con ternura a quien no es querido. Ése es también el Dios en quien yo creo.
Y el Dios en quien yo creo me llama al silencio, a ser presencia callada, escondida, orante, en el corazón de mi barrio. Sí, la simple presencia, la adoración silenciosa, la intercesión constante por cada uno de mis hermanos me abre al Misterio, me restaura y me va cincelando (cuando me dejo) a imagen de Jesús… es en el silencio de la oración donde todo mi ser se va rompiendo como el Pan, para que todos quepan, y se va derramando como el Vino para que la vida sea una fiesta en vez de un duelo para quienes ya están hartos de muerte.

… y, ¿en qué Dios no creo?
No creo en el Dios de los “espacios protegidos”, ni creo que Dios habite espacios, tiempos o lugares en los que haya hermanos de su Hijo que no puedan pasar por su condición social, religiosa, personal o su modo de vestir o de vivir. Creo que Dios espera siempre que todos nos reconozcamos hermanos y podamos celebrar juntos su mayor regalo: la vida.
Tampoco creo en un Dios de “silencios prudentes”, no creo que el Dios que inspiró a los profetas sonría al ver el silencio ante tanto dolor, el compromiso de parte de nuestras iglesias con los poderosos del mundo por un bien ¿mayor?. Echo de menos gestos proféticos, tomas públicas de postura en nuestra iglesia. Siento que hay tantos hermanos nuestros que necesitan que les sostengan en sus luchas por un mundo mejor…
Tampoco creo en un Dios de “las cosas serias”. Sí, muchas veces en nuestras liturgias transmitimos a un Dios serio, incomprensible (incluso si utilizamos la lengua vernácula) alejado por el vocabulario y las formas de las gentes sencillas. Y a mí me cuesta creer que si no puedo ir con mis vecinas analfabetas a una celebración porque no entienden nada, Dios se quede tan tranquilo. Ellas necesitan una celebración y una liturgia que sostenga su fe, no que las separe cada vez más de “la iglesia de los curas”. Y qué decir de los jóvenes…Creo que Dios es también fiesta, danza, lenguaje cercano a lo que vive la gente…
Por último, me cuesta creer en un Dios que no me recuerde al Jesús del evangelio, al Hijo-de-Dios-carpintero-de Nazaret. Todo lo que se aleja de las comidas abiertas, la accesibilidad sin horario a las gentes sencillas, del amor incondicional y previo a toda respuesta dificulta mi relación con Dios. Se me hace complicado creer cuando me pesa tanto ladrillo de tanta obra institucional mientras cuarenta millones de hermanos nuestros viven desplazados en tiendas de plástico en no se sabe qué desierto. Dudo de la presencia de Dios, lo confieso, cuando hay cualquier acto religioso (procesión, celebración….) y mendigos en la misma calle. Más bien, creo en su presencia en el pobre y me pregunto cuándo llegará la justicia a tocarnos el bolsillo de forma eficaz.
El Nazareno supo descubrir entre todo el fasto del Templo a la viuda; dentro de la sinagoga al publicano, supo mirar a la higuera cuando todos le miraban a él y encontró a Zaqueo y supo leer el corazón de la mujer del perfume. ¿cómo miramos nosotros? ¿cómo miro yo? ¿cómo descubro yo el rostro de Jesús y me dejo encontrar y transformar por él en cada uno de mis hermanos? Que el Dios en quien yo creo, en su infinita misericordia, nos rompa el corazón para que quepan todos, nos sane la vista para que veamos su acción salvadora y sanadora, y nos quite las parálisis que nos impiden darnos las manos para caminar con alegría participando en la construcción de un mundo más justo para todos. Amén.