sábado, 25 junio, 2022

Discípulos en la escuela del Espíritu

Lo dice Jesús a sus discípulos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”.

Lo que tal vez no llegues siquiera a sospechar es que, para cumplir “los mandamientos de Jesús”, necesitamos tener el Espíritu de Jesús.

En el último día del mes de mayo celebrábamos el misterio de la visitación de María a su prima Isabel. En ese misterio sobreabundante de gracia nada hubiera sido posible sin la acción del Espíritu Santo: no habría motivo para el camino de María desde Galilea a la montaña de Judá; no habría motivo para apresurar el encuentro, para los saludos inspirados, para la alegría mesiánica, para el entusiasmo de la estéril, para el cantico de la virgen, para la danza de Juan en el seno materno; sin el Espíritu Santo no sería posible la maternidad de María, la fecundidad de Isabel, la presencia de Jesús, la fiesta de Juan.

Apenas se le menciona, y en nada de lo que ves se le ve; y, sin embargo, él está en todo, en todos, y todo lo hace posible, y todo lo llena. Y lo que parece una historia familiar de madres inesperadas, es una historia de salvación, una historia de gracia, una historia que sólo el Espíritu de Dios podía escribir…

Ahora volvemos a ti, Iglesia cuerpo de Cristo, a ti y a cada uno de nosotros, tus hijos. Y esto es lo que hoy nos recuerda el Apóstol en su carta: “Nadie puede decir «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo”.

Aunque te sorprenda, esa es la realidad: Nadie puede creer si no es bajo la acción del Espíritu Santo; no podemos ser transformados, de modo que vivamos en Cristo y Cristo viva en nosotros, si no es por la acción del Espíritu Santo; nadie es enviado a evangelizar a los pobres si no es ungido por el Espíritu Santo; nadie puede ser hijo de Dios si no tiene el Espíritu de Cristo Jesús.

De ahí que ya no te sorprenda si alguien te dice que el Hijo de Dios se hizo hombre –que “la Palabra se hizo carne”- para que el hombre recibiese el Espíritu de Dios –para que “el hombre se hiciera Dios”-. Y encuentras del todo natural que el misterio de la Pascua de Cristo sea misterio de glorificación de Jesús y, al mismo tiempo, sea misterio de efusión del Espíritu sobre la humanidad nueva, sobre los que creen en Cristo, sobre el cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

El evangelista Juan dio a entender esa efusión del Espíritu, cuando escribió: “Jesús… inclinando la cabeza, entregó el espíritu”.

Y la narró así: “Estaban los discípulos en una casa… Entró Jesús, se puso en medio, y les dijo: «Paz a vosotros»… Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo»”.

Del Señor resucitado, aquellos discípulos, que se protegían de sus miedos en una casa con las puertas cerradas, estaban recibiendo otro Defensor que iba a estar siempre con ellos. Ese Defensor será también el Maestro que les enseñará a ofrecerse con Jesús, a perderse a sí mismos con Jesús. En la escuela del Espíritu, los discípulos aprendemos a guardar los mandamientos del Señor, a amar como Jesús nos ama, a servir como Jesús sirve, a ser como Jesús un pan sobre la mesa de los pobres. Sólo en la escuela del Espíritu podemos aprender a ser uno, a ser Jesús; sólo su Espíritu puede hacer de nosotros una imagen viva de Cristo Jesús.

Recibido el Espíritu Santo, empieza la misión de la Iglesia, nuestra misión –pero no salgas jamás de la escuela, no dejes de aprender a Jesús-.

 

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