sábado, 24 febrero, 2024

DEBEMOS RECUPERAR UNA DETERMINADA VISIÓN SOCIOLÓGICA

(Rino Cozza).El alcance del cambio de época se manifiesta sobre todo en las diferentes formas de ser hombre y mujer, y en su relación con la sociedad, ya sea el estado, la Iglesia u otra institución. N. Bobbio escribió: «No sé si nos damos cuenta hasta qué punto la «Declaración Universal de los Derechos Humanos» (1948) representa un hecho sin precedentes en la historia. Por primera vez se invierte la relación entre el individuo y la institución y de esta manera también se invierte la relación tradicional entre el derecho y el deber». Con una metáfora se puede decir que el derecho y el deber son dos caras de una moneda. ¿Pero cuál es la cara y cuál la cruz? La ética había sido tradicionalmente vista como la cara de los deberes más que como la cara de los derechos. El problema ético era considerado desde el punto de vista de la sociedad antes que de la persona. Y no podía ser de otra manera: a los códigos de conducta se les había dado la función de proteger al grupo en su conjunto. Así, a lo largo de la historia del pensamiento, el punto de vista que ha prevalecido durante siglos ha sido el de los que gobiernan, tanto en el campo civil como en el religioso.

Ya en 1988 el Cardenal W. Kasper, entonces obispo de Toltenburg-Stuttgart, escribió a su diócesis: «los derechos humanos constituyen, hoy en día, un nuevo ethos mundial», y esto se expresó incluso antes de la «declaración» de 1989 que decía (art. 2) que «el propósito de toda agregación social es la preservación de los derechos naturales y esenciales del hombre» porque no perjudican a los del conjunto. El documento de la comisión pontificia Iustitia et pax, titulado «La Iglesia y los derechos humanos» (2011), también se sitúa en esta línea. Al definir esta «inversión» como un signo de los tiempos, queremos decir que esto no viene del espíritu de los tiempos, es decir, del mundo, sino de Quien guía la historia. Evidentemente, este cambio es un hecho sin precedentes en la Iglesia, que durante siglos tuvo dificultades para reconocer los derechos humanos al me-nos hasta mediados del siglo XX.

Esta nueva concepción de la identidad individual lleva al descubrimiento del ideal de fidelidad a la propia forma de ser, no como algo secundario, de manera que las instituciones que no sintonicen con esta visión difícilmente serán atractivas.

Precisamente desde la conciencia de que la identidad del discipulado hoy no viene del pasado sino del futuro, que comienza en Cristo (n.12), las personas consagradas están obligadas a hacerse preguntas sobre el significado de su identidad y su futuro, porque en la identidad está la necesidad inherente de dinamismo y evolución. Se puede deducir entonces que si la vida religiosa se descubre hoy «atascada» es porque no se ha desafiado a sí misma a ser parte viva de las grandes transformaciones que el continente está experimentando.

Debemos redescubrir como rasgo principal, para nosotros, ser nómadas y buscadores porque únicamente seremos fieles a la eternidad cuando lo seamos al tiempo.

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