De árboles y frutos. Una vida enraizada en Cristo

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Manuel Ogalla, CMF

Misionesro Claretiano, Harare (Zimbabue)

Desenmascarando al fariseo interior. 

«Las palabras amables son como la miel, endulzan el alma y dan salud al cuerpo» (Prov 16:24). Esta expresión bellísima que encontramos en el libro de los Proverbios se puede aplicar fácilmente a la forma cotidiana de hablar que Jesús tenía. Sin mayor esfuerzo, podemos imaginarnos la dulzura con la que Jesús conversa con la Samaritana a los pies del pozo de Jacob provocando la apertura de corazón de aquella mujer huidiza y taciturna (Jn 4,5-7). O la determinación llamando a Simón y Andrés hasta el punto de dejarlo todo y seguirle (Mc 1,16-18). De qué manera acariciaría la conciencia de Zaqueo, el publicano, para que él y toda su familia se convirtieran y abrazaran la dinámica del Reino (Lc 19,8-10). Cómo pronunciaría Jesús resucitado el nombre de la Magdalena para que sus ojos reconocieran al Maestro y su vida se viera colmada de esperanza (Jn 20,14-16).

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