miércoles, 25 mayo, 2022

Comunión, en Cristo, con Dios y con todos

Habíamos oído hablar de la sangre de Abel, el hombre en quien Dios se había fijado, y a quien Caín, su hermano, envidioso de la mirada de Dios, odió hasta matarlo: sangre de hermano derramada, sangre que grita a Dios desde la tierra.

Habíamos oído hablar de la sangre del cordero pascual, sangre señal en las puertas de los hijos, cuando el ángel del Señor pasó hiriendo y protegiendo en la noche de la liberación.

Hoy la liturgia recuerda la sangre de la alianza, sangre sello sobre un documento de fidelidad entre Dios y su pueblo.

En mi brazo derecho, una cicatriz hace aún memoria de otra sangre: la de un joven recluso y la mía. Para hacerla correr, sirvió el cristal roto de una ventana en la vieja cárcel compostelana. Luego, unidos los brazos, las juntamos con la pretensión de hacernos para siempre hermanos de sangre.

Sangre inocente que se derrama recordando obstinadamente la fraternidad herida, sangre que libera para que nazca el pueblo de Dios, sangre que une en alianza con el Dios de la libertad, sangre que crea lazos de fraternidad, eso es también, y lo es de manera plena, única, para siempre y para todos, la sangre de Cristo Jesús: sangre que nos devuelve la inocencia, nos libera de la muerte, nos hermana, y sella entre Dios y nosotros una alianza nueva y eterna.

Dios y nosotros, hermanos de sangre.

Dios y nosotros, unidos para siempre en alianza de amor.

Ya no hay Dios sin nosotros, y no hay nosotros sin Dios: él es nuestra heredad, y nosotros somos la heredad de Dios; él es nuestro Dios, y nosotros somos su pueblo; él vive en nosotros, y nosotros vivimos en él.

Nadie queda fuera de Dios. Nadie queda fuera de nosotros. Nadie.

En Dios y en todos, la misma sangre.

De ello es sacramento la eucaristía que celebramos, el cuerpo y la sangre de Cristo que recibimos: él en nosotros; nosotros en él.

Un encuentro, un abrazo, una comunión, que lo son a la vista de todos, aunque nadie pueda acceder al misterio de amor que cada uno de nosotros vive en el secreto del propio corazón.

Un encuentro, un abrazo, una comunión, que lo son con Dios y con todos

La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo nos invita y anima a honrar en el sacramento lo que vivimos en la intimidad del corazón.

Feliz encuentro.

Feliz abrazo.

Feliz comunión, en Cristo Jesús, con Dios y con todos.

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