CARTA A MARÍA-MUJER (el 8M)

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¡María, Mujer! La primera historia

Así te presenta el evangelista Lucas. Tu destino está muy unido al destino de las mujeres. De aquellas de tu tiempo y de las mujeres de hoy.

Tú fuiste la testigo por excelencia de Jesús en su concepción y nacimiento y en su muerte. Y aquellas mujeres, a las que tú conociste y que siguieron tan fielmente a tu Hijo desde Galilea, también fueron testigos de su muerte, sepultura y resurrección. Jesús quiso venir y despedirse de este mundo bajo la mirada femenina.

“Alégrate… no temas” (Lc 1,28.30) te dijo el ángel, cuando te anunció la encarnación. “Alegraos… no temáis” (Mt 28,9-10), les dijo Jesús resucitado cuando se acercó a las mujeres que intentaban ungir su cuerpo. Tú, María, meditabas todas las palabras y acontecimientos en tu corazón (Lc 1,29; 2,19.51). Ellas también recordaban las palabras de Jesús (Lc 24,8).

Tú, María, te pusiste en camino, obedeciendo a la Palabra, te hiciste la primera misionera de Jesús: con prontitud fuiste a la montaña para comunicar tu misterio a Isabel; y ante ella proclamaste el gran himno de la liberación de Dios, tu Magnificat, tu gran pancarta (Lc 2,39-56). Las mujeres discípulas también se pusieron en camino y anunciaron a Jesús resucitado a los Once y a todos los demás… “hasta sobresaltarlos” (Lc 24,9).

Tú, con José tu esposo, buscaste angustiadamente -¡temiéndote lo peor!- a Jesús perdido en el Templo y lo encontrasteis también en el templo del Abbá al tercer día (Lc 2,41-50). Ellas también fueron en busca del cuerpo de Jesús para embalsamarlo. Lo buscaron en el sepulcro, hasta que se les anunció que no habían de buscar entre los muertos a quien estaba vivo. Y también ellas lo encontraron, resucitado, el tercer día.

Tú, María, te presentaste como “¡la esclava del Señor” (Lc 1,38). Fuiste su cuidadora, servidora y diaconisa perfecta. Tras de ti, las mujeres que seguían a Jesús, “lo servían” (diaconaban) y cuidaban (Lc 8,3). Tus hermanas discípulas se acercaron de mañana para embalsamar el cuerpo de Jesús (Lc 23,56); pero recibieron el encargo de otra diaconía: anunciar al Resurrección a los Once.

María, las mujeres discípulas y tú os encontrasteis en el Cenáculo, en Pentecostés. No podía inaugurarse solemnemente la Iglesia sin vosotras. Y el Espíritu descendió y os consagró, igual que a los Doce. El Espíritu no hizo discriminaciones: no se efundió más intensamente sobre unos que sobre otros; y os constituyó a todas y a todos, testigos del Evangelio de la Resurrección, testigos y portavoces de la Palabra.

La “otra historia”

Sin embargo, ¿qué ha ocurrido en esta larga historia de la Iglesia, de la cual Tú, María, y ellas fuisteis la semilla?

Todo comenzó cuando los Once y los demás se cerraron en banda ante el testimonio de las mujeres y consideraron que todas esas palabras eran desatinos y no las creyeron (Lc 24,11). ¡Qué poco se habló de ti (excepto Mateo, Lucas en sus introducciones teológicas y el cuarto evangelio al principio y final del ministerio profético de Jesús)! ¡Cómo tus hermanas, mujeres-testigo, fueron siendo olvidadas! Quizá a causa de una cultura judía que no aceptaba el testimonio de la mujer. Pero ¿porqué más tarde os mandaron callar: “No permito que ninguna mujer enseñe o tenga autoridad, sobre los hombres; ella ha de guardar silencio” (1 Tim 2,12)? Algunas de vosotras comprendisteis a Jesús mucho mejor que los discípulos masculinos. María de Betania, Marta junto al sepulcro de Lázaro, la Samaritana, y sobre todo, tú María. ¿Cómo es que la teología ha sido casi siempre elaborada por varones? ¿Por qué se ha acallado vuestra profecía teológica o es relegada comparándola con la teología de los varones?

En la historia nos hemos complicado el pensamiento con eso de la “representación de Jesús”; lo cual nos ha servido también para la exclusión. ¿Representar a Aquel que es nuestro Salvador, nuestro único Mediador, el Hijo de Dios? Quizá, ni la mujer, ni el varón, sino ambos porque “a imagen de Dios fueron creados” y en Cristo Jesús todos somos “uno”. No solo los Doce, también los Setenta y dos escucharon de la boca de Jesús que los enviaba: “quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc 10, 16.1). ¿No fuiste tú, María, portadora de la presencia de Jesús en el encuentro con Isabel? ¿No fuiste tú la que provocaste su presencia mesiánica en Caná cuando pediste a los servidores: “haced lo que Él os diga”? ¿No fuiste para el evangelista Lucas y para el “discípulo amado” “memoria Jesu”? ¿No te ha hecho el Espíritu de Jesús su delegada y embajadora allí donde surge la fe, rompiendo las barreras de tu tiempo y haciéndote contemporánea de todos los hombres y mujeres? ¿No dijo Jesús que donde quiera que se proclame el Evangelio se recordará lo que aquella mujer de Betania (¡la mujer anónima!) hizo con su Cuerpo? ¿No fue la samaritana embajadora de Jesús para su pueblo?

En la penúltima Cena, la de Betania, dos mujeres (Marta y María) son protagonistas y “ungen” el cuerpo de Jesús y sirven a la mesa; en la última Cena, Jesús lava los pies de los discípulos, y sirve en la Mesa su Cuerpo y Sangre. Aquí las mujeres muestran a Jesús su carisma de “anticipación” e “inspiración”.

La obediencia subversiva

Hemos querido inspirar nuestra obediencia en la tuya. Nos decía san Ireneo que con tu obediencia desataste el nudo de la desobediencia de Eva.

Pero hemos olvidado que tu obediencia no fue servil, sino dialogante con la Palabra. La tuya fue la obediencia de la pregunta. Sólo a la tercera dijiste sí en el diálogo precioso de la Anunciación.

Fuiste la sierva obediente del Señor, pero preguntándole y hasta quejándote, como cuando el Niño se perdió en el templo, como cuando lo buscaste durante su vida pública, liderando el grupo de los hermanos (Mc 3).

Fuiste obediente acompañándolo hasta la cruz y sabiendo estar allá “en pie” y desafiando al imperio y a las autoridades de tu pueblo.

Fuiste obediente,  quitándote el vestido viejo de las tradiciones de Israel y poniéndote el vestido nuevo de la Revolución del Reino, proclamada e inaugurado por tu Hijo.

Fuiste obediente a la novedad, al Dios que depone del trono a los poderosos y enaltece a los humillados, que despide vacío a los ricos y a los pobres los colma de bienes. Fuiste obediente al Dios que mira a los humillados.

Hoy las mujeres, tus hermanas, claman por su liberación, por la igualdad, también en tu Iglesia o Iglesias. Incluso, hoy, tú necesitas ser liberada de la imagen que sobre ti hemos proyectado y elaborado, como la “privilegiada” y la desconectada de tus hermanas. Te hemos ensalzado, te hemos llamado “casa de oro”, “torre de marfil”, cuando te deberíamos llamar “madre de los sin casa”, “madre vida”, “madre del quizá despreciado como hijo bastardo”, “madre de un prisionero político”, “mujer oprimida”, “madre del Crucificado”, “portavoz de la liberación de todos los oprimidos, silenciados y descartados

María de Nazaret, nunca me has resultado tan peligrosa, que como cuando te contemplo en el contexto de tus hermanas, las mujeres de tu tiempo y de hoy. ¿De qué sirve ensalzarte y entronizarte, si te desconectamos de tus hermanas? María, ¿cómo alabarte, si te minusvaloramos en esa humanidad femenina oprimida, descartada? ¿Cómo comprenderte en una eclesiología de divisiones y exclusiones? ¿Cómo hablar de ti en esquemas ideados para mantener el estado de cosas?

Que llegue pronto el momento en que podamos cantar: “un nuevo sitio disponed… para ti y para tus hermanas” en la Iglesia y en la sociedad. Y que no dejemos para la próxima generación, lo que en esta no nos atrevemos a introducir. ¿De verdad que nuestra generación te llama “bienaventurada”? Gracias, Maria, Madre, Mujer, mi Agraciada inquieta.

Post-data: “la otra mujer”

Perdóname, María, si todavía añado algo a tu carta. Y es que después de escribirte, me doy cuenta de que no he dicho nada de tu presencia misteriosa en el Apocalipsis. En esa gran profecía de consolación en tiempos de persecución, también tú eres perseguida por el Dragón y la madre tierra sale en tu defensa y te ves obligada a huir y refugiarte en el desierto (Apc 12). Y en el mismo Apocalipsis aparece “otra mujer”: es la enemiga de la gran Alianza con Dios, es atea e idólatra, y se prostituye con los poderosos de la tierra -de cualquier signo-. (Apc 17) Es amiga de las dos Bestias apocalípticas. No concibe, pero pone su sexualidad al servicio de cualquier pacto idolátrico. Esta “otra mujer” utiliza armas que no son las que tú y las discípulas de Jesús utilizasteis para acoger y hacer llegar el Reino de Dios. ¡Qué advertencia tan impresionante! Tú y tus compañeras sois la imagen de un Nuevo cielo y una nueva Tierra. Pero hay otras mujeres que como no se conviertan, correrán la suerte catastrófica de la Babilonia prostituida. Por ellas, te ruego, María -inquieta luchadora apocalíptica, atráelas a tu feminidad “vestida del sol”.