De normas lingüísticas y liturgia

El otro día caí en la cuenta de lo difícil que resulta a ciertos varones-clérigos asumir como propias normas lingüísticas que la RAE hace mucho que asumió. No, no soy una maniática de las “palabras bien utilizadas”… ni siquiera soy “de letras”, al revés, más bien tengo una mentalidad tirando a científica, pero me gustaría pensar que se trata de dificultades para asumir cambios en las normas sobre el uso del lenguaje cuando un sacerdote, presidiendo ante una comunidad de religiosas (evidentemente todas mujeres), utiliza constantemente el “queridos hermanos”.

Quiero pensar que es desconocimiento este quedarse anclado en una norma antigua del castellano (más antigua que el sacerdote que me hizo pensar todo esto, por cierto) que consideraba que, con que hubiera un único varón en la asamblea, ya se debía usar el masculino. Por supuesto que prefiero creer esto y no que se ha quedado “cerrado” en la rúbrica, leyendo expresiones escritas que no corresponden con la realidad que tiene ante sí, que no se da cuenta de quiénes están ante él celebrando o que no se considere incluido por el hecho de utilizar el femenino, que es lo que en un buen castellano tendría que hacer… mientras que nosotras sí nos tenemos que sentir incluidas en el masculino que él utiliza.

¿Será que la liturgia y el castellano no evolucionan a la vez? ¿O será, más bien, que se vive en riesgo la masculinidad cuando ésta es incluida en un contexto en el que hay más mujeres? ¿O quizá tenemos que utilizar un lenguaje para la vida cotidiana y otro para celebrar al Dios de la Vida?

No lo sé… pero esto me da que pensar.

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