ANCLA DEL ALMA

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(Rosa Ruiz). La esperanza que se nos ha prometido es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró por nosotros, como precursor, Jesús, sumo sacerdote para siempre, según el rito de Melquisedec (Hb 6, 18-20)

Habré leído muchas veces este pasaje y no soy consciente de haberme dado cuenta de la fuerza de esta imagen: la esperanza es un ancla que agarra nuestra alma en Dios mismo. ¡Qué curioso! Justo allí, tras la cortina del Sancta Sanctorum, donde sólo el Sumo Sacerdote podía entrar; justo allí tenemos un ancla que enraíza nuestra alma, lo que somos más profunda y genuinamente cada uno. Nuestra esperanza.

Y como me gusta conocer el significado de las palabras en la RAE y jugar con ellas, he ido a buscar qué dice de la palabra “ancla”:

  1. f. Instrumento de hierro formado por una barra de la que salen unos ganchos, que, unido a una cadena, se lanza al fondo del agua para sujetar la embarcación. U. t. en sent. fig.
  2. f. Arq. Pieza de metal duro que se pone en el extremo de un tirante para asegurar la función de este, y en general cualquier elemento que una o refuerce las partes de una construcción.

La esperanza nos sujeta como barra de hierro. Solo necesitas arrojarla al mar, a la vida… Si la guardas en ti, seguirá intacta y pulida pero no te sujetará a nada mas que a ti mismo. Y será ahí, en el fondo del mar, de la vida, donde no ves ni haces pie ni sabes qué ocurre… donde te sujetará a Dios. No a otra cosa ni a otras seguridades. A Dios.

La esperanza asegura que cumplamos la función que nos es propia. Que seamos quien somos, quien estamos llamados a ser. Por eso nunca divide, sino que refuerza, une extremos, incluso lo humano y lo divino, nos une a Dios.

No hacen falta ritos ni Sumos Sacerdotes, ni sacrificios ni holocaustos. Solo la esperanza prometida.

Y lo que no te una, sujete, refuerce  o no te facilite ser más tú mismo… no es de Dios. No es esperanza de la buena, la de Dios.