viernes, 17 septiembre, 2021

Al hilo del trabajo cotidiano (4)

En el ser humano todo es binario, simétrico y complementario, tenemos dos brazos, dos ojos, dos manos…Así también el trabajo y la oración son complementarios. La oración –que es la “respiración” de todo– permanece como el fondo vital del trabajo, también en los momentos en los que no está explicitada. Es deshumano estar tan absortos por el trabajo como para no encontrar el tiempo para la oración. Al mismo tiempo, no es sana una oración que sea ajena a la vida. Una oración que nos enajena de lo concreto de la vida se convierte en espiritualismo, o peor en ritualismo, de los cuales no se obtienen frutos de vida.

Recordemos que Jesús, después de haber mostrado a los discípulos su gloria en el monte Tabor, no quiere alargar ese momento, sino que baja con ellos del monte, y retoma el camino cotidiano, porque esa experiencia tenía que permanecer en los corazones como luz y fuerza de su fe; también una luz y fuerza para los días venideros: los de la Pasión.

Mi experiencia es que los tiempos dedicados a estar con Dios a solas avivan la fe, la cual nos ayuda en la concreción de la vida con sus dificultades; y la fe, a su vez, alimenta la oración, sin interrupción, para no instalarnos cómodamente en lo que es pasajero. En esta circularidad entre fe, vida y oración, se mantiene encendido ese fuego del amor cristiano que Dios espera de nosotros.

En los días que vivimos, llenos de conflictos serios, el Santo Padre no deja de llamarnos a convertirnos en “arquitectos del diálogo”, para que el virus de la polarización y la enemistad no invada nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar.

Para responder a esta llamada es de gran ayuda seguir la senda de la LECTIO DIVINA, que iniciada -como vimos- por la Statio, avanza con la Lectio, Meditatio, Oratio y Contemplatio, para conducirnos a los últimos pasos de este itinerario: la Collatio y la Actio, a los que nos acercamos hoy.

  1. COLLATIO: La sabiduría nacida del magisterio fraterno

La Collatio es el coloquio comunitario en el que se comparte la resonancia de la Palabra leída, meditada y orada. En este diálogo con los hermanos, sopeso mi respuesta a la Palabra de Dios con las otras respuestas de cada miembro de la comunidad o del grupo orante reunido.

Ya no es mi sabiduría, sino la sabiduría del grupo lo que surge en medio de nosotros. Lo que se inició como un itinerario personal en los primeros pasos, aquí se hace vida común y praxis comunitaria, compartiendo, suplicando y dando gracias “todos juntos”.

En la Collatio prima el clima oracional, más que el de estudio. No caben aquí las disquisiciones o disertaciones teológicas. Lo que en el monacato se conocía como la Disputatio era propia de las escuelas catedralicias, que se convertirán posteriormente en las universidades. Para las escuelas monacales era el crecimiento de la vida espiritual lo que se buscaba por encima de todo. El compartir era en función de alimentar la vida espiritual personal y comunitaria.

En esta línea san Gregorio Magno decía: “Sé realmente que a menudo muchas de las cosas de la Escritura que yo no lograba comprender, las he comprendido cuando me he encontrado en medio de mis hermanos… Considero como un regalo todo lo que él puede sentir o comprender mejor que yo… y esta es la potestad de la verdad, el que ella se manifieste por medio de mí a otros, o que por medio de otros llegue a mí… unas veces toca a uno, para que escuche con provecho lo que ha hecho resonar por medio de otro; y otras veces toca a otro que haga oír con claridad lo que otros tienen que escuchar”.

La Collatio es, pues, la reunión laboriosa y de gracia de todos los lectores orantes. La palabra Collatio literalmente significa “poner juntos, en comparación”, por ello se desarrolla en la búsqueda de la armónica unidad en la diversidad, en la que cada uno se beneficia de la aportación del otro, como de un alimento más completo, a través de un confrontar lo propio con los sentidos aprehendidos por los demás.

En mis numerosas praxis de Collatio compruebo que son enriquecedoras y estimulantes para hacer camino juntos.

En una de sus cartas, san Basilio establece unos consejos prácticos, que nos pueden ayudar para una fructuosa Collatio:

  • Hablar con conocimiento de la palabra que se medita.
  • Preguntar sin ánimo de discutir.
  • Responder sin arrogancia.
  • No interrumpir al que habla si dice cosas útiles.
  • No intervenir por ostentación.
  • Ser moderado en el hablar y en el escuchar.
  • Aprender sin avergonzarse de ello.
  • Enseñar sin buscar ningún interés.
  • No ocultar lo que se ha aprendido de otros.

En la Collatio, cada uno de los miembros de la comunidad monástica, exponían recíprocamente lo que habían leído y aprendido de la rumia de la Escritura durante la jornada, e incluso las dificultades que les había planteado el texto. Las aportaciones eran confrontadas y todas recibían luz de los otros. Texto y lectores se interpelaban mutuamente, cada uno cotejaba lo propio con lo expuesto por los otros, y todos en parangón con Dios y su Palabra.

La Collatio era la dimensión comunitaria de la LECTIO DIVINA, constituyendo un tiempo fuerte de vida fraterna, comunicación de las cosas de Dios y recíproca edificación en el camino de la fe. Se ayudaban así a obedecer la voz de Dios, que les hablaba en el silencio a lo largo de toda la jornada.

Al final del día, durante una hora de Collatio, los monjes en diálogo entregaban el consuelo recibido de Dios a los otros, y también su instrucción, así encendían de nuevo las lámparas del amor de Dios, para continuar animosos en el camino del bien, sin desfallecer en el empeño del bien mutuo.

Estas son las raíces de la Collatio, que no pide alardes de erudición, pero tampoco las simples efusiones de devoción y sentimentalismo pueril. La referencia continua al texto común meditado y orado evitaba estas deformaciones infantiles.

Se comunicaba lo que en la intimidad se había saboreado: paralelos textuales, reminiscencias, ideas, símbolos, sentimientos, propósitos, estímulos, preguntas, todo lo que rebosaba y redundaba del texto en el oído del corazón, -lo que se conocía como eructatio-, para enriquecimiento de todos. Si algún texto planteaba alguna dificultad, entre todos se arrojaba luz y diversidad de sentidos.

Esmaragdo, monje del s. IX, utilizaba tres términos para describir la Collatio que nos arrojan luz para nuestra praxis actual:

  • collocutio: diálogo enriquecedor cultural y espiritual, conversación.
  • confabulatio: conversación fraterna, que construía la comunión mutua y la amistad espiritual.
  • confessio: aportación o contribución proveniente de un testimonio o experiencia personal.

La Collatio sigue hoy enseñándonos la disponibilidad para aprender en comunidad, en compañía de los demás y por medio de ellos. El resultado de esta obra común es que las “cosas ocultas” se hacen “perspicuas” o transparentes, se accede a un conocimiento más profundo de la “sacra página”, de sus múltiples sentidos, y por ello de Dios.

El clima era coloquial, fraterno y amistoso, y se componía de preguntas, respuestas y testimonio personal. Se realizaban dos cada día, una en la mañana, antes del trabajo y la actividad, y otra al final del día, antes del descanso. Se reunían en los momentos de más serenidad comunitaria y duraba una hora aproximadamente. Era una forma de transmitir lo que el monje cree, espera y ama.

Sin duda este paso imprime el carácter sinodal de la lectura orante de la Biblia. Guiados por sus textos caminamos juntos desde el corazón de la “escucha de Dios compartida”.

Estas son las raíces de la Collatio, que tanto auge está recobrando en los últimos tiempos en todos los ámbitos eclesiales. Pero hay que regar esta práctica orante común, para que siga dando fruto el árbol viejo de la Collatio monástica en medio de todos los cristianos, ya que es herencia de todos.

Toda la senda de la LECTIO DIVINA conduce al testimonio de vida o la Actio, meta de todo encuentro vivo con la Palabra de Dios. Leemos para amar en lo concreto de cada día.

  1. ACTIO: Una vida llena de estrellas y huellas de la Palabra

La Palabra da frutos de vida nueva. La Lectio es un ejercicio existencial e integral, compromete al hombre a convertirse a Dios y a los hombres, descentrarse de su ego para salir, en un movimiento de búsqueda del rostro de Dios y del rostro de los hermanos.

Lectura y existencia están unidas. San Juan Crisóstomo, en su homilía antes de partir al exilio dice: “Tengo en mis manos su palabra escrita. Este es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

La Palabra de Dios acompañó a san Juan Crisóstomo en su exilio y fue su fortaleza. También nos acompaña a cada uno de nosotros, es nuestro báculo.

Verdaderamente la Escritura es un pedagogo excepcional, por eso las necesidades, los propósitos, los peligros, las ilusiones, las dudas, todo el mundo interior que lleva consigo el lector, al abrir el texto sagrado obtiene una respuesta, una luz que indica el camino.

El objetivo de leer y orar la Escritura es la Actio, encarnar los valores que leo, amar activamente, conducirme a la luz del amor que se trasluce en ella. Actuar según la luz de Dios, y rechazar las tinieblas de toda cerrazón y egoísmo, es la estrella que guía la vida del que realiza asiduamente la LECTIO DIVINA. En medio de las tribulaciones de esta vida, el lector recibe el consuelo, la luz, y la dulzura de la Palabra de Dios, lámpara de todas las generaciones.

Por eso, el Santo Padre nos recuerda: “La tarea prioritaria de la Iglesia consiste ante todo en alimentarse de la Palabra de Dios, para hacer eficaz el compromiso de la evangelización. Es preciso traducir en gestos de amor la Palabra escuchada. ¿Cómo vivir el amor a Dios y a los hermanos sin un contacto vivo e intenso con las Sagradas Escrituras?

Es cierto, el lugar privilegiado en el que resuena la Palabra de Dios -que edifica la Iglesia- es la liturgia. En ella Dios habla al pueblo, es un diálogo “con todos”, pero este debe transformarse en diálogo “personal” en la LECTIO DIVINA, personalizar la Palabra para que fructifique en nosotros.

En la liturgia la Palabra -que sale de la boca de Dios- regresa a Él en forma de respuesta orante, respuesta vivida y respuesta que brota del amor en la Actio.

El pueblo no subsiste sin la Biblia, porque en ella encuentra su razón de ser, su vocación, su identidad. Esta mutua dependencia entre pueblo y Sagrada Escritura se celebra en cada asamblea litúrgica. Pero Escritura y liturgia convergen en el único fin de llevar al pueblo al diálogo con el Señor y a la obediencia a su voluntad, a la Actio de nuestro itinerario de la LECTIO DIVINA.

En este ejercicio de la LECTIO DIVINA, toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. Así, todo el vivir del hombre está bajo una llamada divina a la existencia (cf. VD 24). Por eso cada hombre no se entiende a sí mismo si no se abre al diálogo con Dios en su Palabra. Ésta dialoga con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida cotidiana, da una respuesta a nuestros interrogantes, y transforma nuestra vida en un movimiento hacia Dios y los hermanos.

Esta realidad de la Actio como “palabra encarnada” en la vida entera, en todos los campos de la existencia, como testimonio vivo que llena de dicha, la expresó con gran belleza san Bernardo en uno de sus sermones de Adviento: “Así has de cumplir la Palabra de Dios, porque son dichosos los que la cumplen. Es como si la Palabra de Dios tuviera que pasar a las entrañas de tu alma, a tus afectos y a tu conducta. Haz del bien tu comida y tu alma disfrutará con este alimento sustancioso. Y no te olvides de comer tu pan, no sea que tu corazón se vuelva árido, por el contrario, que tu alma rebose completamente satisfecha. Si es así cómo guardas la Palabra de Dios, no cabe duda que ella te guardará a ti” (Serm. Adv. 5).

Somos muchos los testigos de que estas palabras son verdad, y del tesoro que en nuestras vidas es la LECTIO DIVINA, el caudal de Vida que de ella recibimos, por eso te entrego este tesoro para que también sea tuyo.

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