Gonzalo Fernández Sanz
Director de VR
Así se titula la 55ª Semana Nacional de Vida Consagrada que se celebra en Madrid en este mes de abril. La palabra reducción evoca conceptos como disminución, rebaja, deducción, mengua, merma, decrecimiento, minoración. Todos ellos describen algo de lo que le está pasando a la vida consagrada en este momento, pero no lo sustancial. De todos modos, la fuerza del título de la Semana se concentra en el verbo afrontar, que significa poner cara a cara, hacer frente al enemigo o hacer cara a un peligro, problema o situación comprometida. Quizás la tercera acepción sea la que mejor cuadra con lo que hoy vivimos en Europa y buena parte de América. La Semana nos invita a «hacer cara a una situación comprometida» explorando tres encrucijadas (eclesial, teológica y sociológica), iluminándolas desde tres modelos bíblicos (Elías, Israel y Jesús) y sugiriendo tres propuestas (oasis en el desierto, de la cotidianidad herida a la cotidianidad sanada y espacios de prueba).
Afrontar la reducción significa aceptar con serenidad (y, sobre todo, con espíritu de fe) una situación que no es coyuntural, sino que está marcando el devenir de la vida consagrada en las últimas seis décadas. Es verdad que hay algunas fundaciones recientes que están viviendo una primavera vocacional —no exenta de problemas— pero, pasadas las primeras etapas, es muy probable que también ellas experimenten la crisis que, tarde o temprano, afecta a todas las instituciones. Por eso, tantos los institutos antiguos como los nuevos debemos hacer una interpretación profunda que no se atenga solo a las cifras u otros indicadores superficiales, sino que se concentre en discernir lo que Dios quiere de nosotros en esta etapa histórica, el modo nuevo como esta forma de vida cristiana se articula con las demás, sobre todo con las formas laicales.
Parece cada vez más claro que la vida consagrada de los próximos años no está llamada a gestionar grandes obras (como lo ha hecho en los últimos siglos), sino a vivir desde dentro (con el corazón centrado en la búsqueda de Dios), desde abajo (compartiendo el camino con los pobres desde la pequeñez y la minoridad) y desde cerca (abiertos a nuevos modos relacionales desde la proximidad y la compasión). Las tres preposiciones (dentro, abajo y cerca) dibujan el perfil de una vida consagrada no invasiva, que sugiere e inspira sin ocupar demasiado espacio, casi sin hacerse notar. Quizás pertenece a su esencia ser siempre minoría, actuar a modo de fermento en la masa.
Esta vida consagrada reducida emparenta mejor con la pequeñez evangélica vivida por Jesús y María que una vida consagrada agrandada, fruto de otros momentos históricos en los que el Espíritu suscitó numerosos carismas para salir al paso de las muchas necesidades sociales y eclesiales. Afrontar la reducción no significa resignarse a regañadientes a una situación indeseable e inevitable, sino convertirse a un nuevo modo de entender la propia identidad y misión, pasar del paradigma del hacer mucho al paradigma de ser más, sin que esto signifique claudicar de nuestros compromisos con los más necesitados. Si el punto de comparación es el pasado reciente, entonces siempre tendremos la impresión de que la vida consagrada se está desmoronando, va a peor. Si la mirada se dirige al futuro, alimentaremos la esperanza de un nuevo modo de presencia que el Espíritu irá configurando con las nuevas generaciones de llamados. A nosotros nos toca «dejar ir» con corazón agradecido lo que ya fue y «dejar venir» con humildad expectante lo
que el Espíritu está suscitando.
En este número de abril exploramos algunos de estos acentos con ayuda de hermanos y hermanas que llevan años auscultando el corazón de la vida consagrada y comparten con nosotros el fruto de su discernimiento. En cualquier caso, más allá de sus análisis y sugerencias, se percibe con claridad un cantus firmus que san Juan Pablo II resumió hace ya 30 años con las palabras iniciales de su exhortación Vita Consecrata: «La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una típica y permanente visibilidad en medio del mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo» (n. 1).
Conscientes de que la vida consagrada es, sobre todo, «un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu», estamos invitados a afrontar la reducción como la forma histórica que este don adopta en esta etapa de la historia. Los dones se reciben y aceptan siempre con gratitud, sabedores de que encierran posibilidades inexploradas.





