Dolores Aleixandre
Sagrado Corazón de Jesús (Madrid)
Mi provincial tiene en su despacho una foto de un inmenso iceberg y no hacen falta demasiadas explicaciones de por qué: la imagen hace pensar, por sí sola, en la enorme desproporción que existe entre «lo que se ve» y lo que «no se ve» en la realidad en la que nos movemos, especialmente en las relaciones.
Lo dice también, a su manera, la escena de Lc 7, 36-50, en la que una mujer «pecadora» unge a Jesús. Los personajes se agrupan en dos bloques: el que forman el fariseo y el resto de invitados, seguros de estar acertando en su calificación de la mujer que tienen delante —«una pecadora…»— y también del propio Jesús —«si este fuera profeta sabría…»—. Desde su altura moral, emiten el juicio condenatorio de quien se siente poseedor de esas certezas que no dejan espacio a dudas ni preguntas.
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