Gonzalo Fernández Sanz
Director de VR
Cuando este número llegue a manos de los lectores españoles, el papa León XIV estará visitando Madrid, Barcelona, Las Palmas y Santa Cruz de Tenerife. Su viaje de una semana a España se presenta bajo el lema «Alzad la mirada». La expresión está tomada del capítulo 4 del evangelio de Juan. En la traducción de la Biblia de la CEE, el texto suena así: «¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega». Jesús nos invita a levantar los ojos (o a «alzar la mirada») para ver los campos que ya están dorados para la siega. No suele ser este el punto de vista de muchos consagrados en estos tiempos de reducción. A menudo, cuando miramos nuestra sociedad, lo que solemos destacar es la falta de frutos maduros. Nos quejamos del secularismo y la indiferencia religiosa, de los bautizados que viven «como si Dios no existiera», de los peligros que nos vienen con la irrupción de la IA, de la corrupción política, del clericalismo eclesial, de las manipulaciones de los medios de comunicación, del mercado de algoritmos en las redes sociales, de la falta de vocaciones y hasta de nuestra fragilidad personal e institucional.
Para destacar todas estas cosas y otras semejantes no es necesario ningún esfuerzo. El «enfoque clínico» (el que suele fijarse en lo que no funciona en un grupo o sociedad, en sus enfermedades y desajustes) se activa por defecto. Todos somos expertos en denunciar los males de nuestra sociedad, de la Iglesia y de la vida consagrada exhibiendo una panoplia de argumentos que no son sino repetición de los que escuchamos a otros. Cuando este «enfoque clínico» es el dominante en la vida consagrada, nos deprimimos y paralizamos. En vez de esforzarnos por buscar soluciones eficaces a los problemas identificados, encontramos un cierto placer en repetirlos, acentuarlos y amplificarlos.
La visita del papa León XIV es una clara invitación a «alzar la mirada» para ver que, mientras muchas personas se esfuerzan por hacer este mundo irrespirable, otras muchas (científicos, profesores, médicos,
artistas, técnicos, padres y madres de familia, educadores, religiosas,
misioneros… incluso políticos), movidas por el Espíritu de Dios, están sembrando de verdad, bondad y belleza nuestros campos. Es hora de abrir los ojos y percibir todos estos signos. Es hora de agradecerlos. Es hora de multiplicarlos.
¿No estaremos necesitando en la vida consagrada «alzar la mirada» del suelo de la cotidianidad herida al cielo de la cotidianidad sanada para ver la realidad con más perspectiva? Es hora de valorar, apreciar, dar gracias, impulsar y soñar un futuro diferente, aunque tengamos la impresión de que no disponemos de los recursos humanos y materiales necesarios. Lo que hace falta es confiar en Dios, tejer redes, potenciar lo que porta vida, colaborar con otros, poner el acento en la misión compartida. Si algo aporta la fe cristiana a la existencia humana es una mirada alta, de largo alcance, que nos permite ver las cosas como Dios las ve (desde el amor) para no quedar atrapados por nuestra mirada miope (que acentúa siempre lo que no funciona).
Santa Catalina de Siena, de la que se habla en la entrevista de este mes y a la que hemos
dedicado la portada, es un ejemplo de cómo en circunstancias muy adversas la fe ofrece siempre un
horizonte de esperanza. Su famoso «Io voglio» (yo quiero) –que, en realidad, habría que entenderlo como «Cristo quiere»– es una fuerte invitación a combinar la mirada hacia el cielo y el regreso comprometido al suelo de la vida cotidiana.
Como hemos celebrado en la reciente fiesta de la Ascensión, alzar la mirada no significa quedarnos paralizados mirando a lo alto, sino emprender el camino misionero con entusiasmo, sabiendo que Jesús estará con nosotros hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). A más ascensión, más misión. Necesitamos alzar la mirada desde el suelo de nuestros problemas al cielo de la perspectiva de Dios para regresar de nuevo al suelo cargados de esperanza y audacia evangelizadora.
Por lo general, las personas consagradas que están muy cerca de los hombres y mujeres heridos, que viven el seguimiento de Jesús a ras de suelo, mantienen fresca la esperanza, porque ven a Dios en el rostro de la fragilidad. Alzar la mirada no significa perderse en abstracciones y multiplicar los análisis, sino aguzar los ojos del corazón para ver que el cielo de Dios se transparenta en el suelo de los seres humanos descartados. Y quedarse junto a ellos.





