Los jóvenes consagrados existen

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De tanto hablar de reducción y envejecimiento, nos hemos olvidado de que en los institutos de vida consagrada también hay jóvenes. Algunos –pocos– ingresan apenas terminados los estudios secundarios; la mayoría maduran su vocación después de concluir su formación profesional o universitaria. Muchos acceden tras años de experiencia laboral y autonomía económica. Parece que en Europa se inclinan más hacia formas monásticas que apostólicas. Es probable que las primeras les parezcan más contraculturales. A pesar de ser pocos, no todos responden al mismo tipo o patrón. No parecen muy sensibles al modelo del consagrado militante, tan típico de las primeras décadas posconciliares. Se identifican más con el modelo del peregrino. Aprecian la Tradición, la liturgia, la vida comunitaria organizada y un trabajo que no sea absorbente y les permita vivir una vida consagrada armónica.

Tanto los institutos de larga tradición como los más recientes anhelan y agradecen la presencia de jóvenes en sus filas. Procuran acompañarlos en su proceso de discernimiento vocacional y en su itinerario formativo. Los institutos tradicionales anhelan nuevas vocaciones (autóctonas o extranjeras) para asegurar la pervivencia del carisma, seguir llevando adelante su misión y garantizar el cuidado de los hermanos o hermanas mayores. Los nuevos institutos ven en las jóvenes vocaciones un signo de la autenticidad y fecundidad de su carisma en un contexto de escasez vocacional.

Pero, ¿qué piensan los jóvenes consagrados de lo que están viviendo? ¿Cómo se sienten en sus respectivos institutos? Su voz no es muy conocida y escuchada. Pareciera que han hecho de la discreción su tarjeta de identidad. O quizá no son invitados a expresarse con apertura y transparencia. A falta de estudios sobre su número, situación, aspiraciones y temores, nos limitamos a compartir impresiones obtenidas mediante el contacto personal y lo observado en varios encuentros y foros intercongregacionales. Algunos jóvenes consagrados acusan la brecha generacional que encuentran en sus institutos. A veces se sienten personas «tapagujeros» en un contexto frágil y precario. El riesgo de fragmentación y dispersión es alto. Les cuesta vivir su identidad generacional. Se sienten demasiado diferentes entre ellos. A menudo no saben con quién hablar y compartir sus perplejidades, aunque se les ofrezcan acompañantes internos o externos. Prefieren la autoformación. Disfrutan y padecen la soledad. El mundo digital es su segunda patria. No son pocos los casos en los que, tras unos primeros años de cierto entusiasmo, enseguida viene la decepción y hasta la crisis. La vida consagrada real no es como ellos y ellas habían imaginado. Los mayores los invitan a un sano realismo y a contribuir con sus talentos, pero estos mensajes llegan tarde o suenan a huecos. Sigue habiendo salidas por falta de horizonte.

Hay también jóvenes consagrados que, en medio del desierto, mantienen su alegría, encuentran metas claras y compañeros y compañeras de camino. Se sienten tentados por una vida confortable, por primar su agenda personal sobre la comunitaria y por una acomodación pasiva a lo que hay, pero no han perdido el fuego de los orígenes. Sueñan con una vida consagrada numéricamente pequeña, auténtica y ligera. Cultivan con fidelidad la oración y los sacramentos y no escurren el bulto en la vida comunitaria. Lo que ocurre es que no acaban de ver el rumbo que tomarán sus institutos en los próximos años; por eso, no saben bien hacia dónde dirigir sus esperanzas y esfuerzos. Viven sin una hoja de ruta clara, surfeando las olas que van apareciendo en un mar tan proceloso y cambiante como el actual. Confían en que a Dios no se le escapa la historia de las manos, pero se enojan un tanto con los responsables de sus institutos por su falta de visión y de estrategias claras. La resistencia consciente se ha convertido en su actitud de fondo.
No pierden la alegría de la vocación, valoran los signos de vida que existen, se forman para vivir en comunidades multiculturales, pero les cuesta navegar con las velas desplegadas. El encogimiento prima sobre el entusiasmo.

¿En qué sentido los jóvenes consagrados son centinelas del futuro? ¿Qué tipo de vida consagrada está incubando el Espíritu en sus mentes y en sus corazones? ¿Cómo podemos dejarnos interpelar por su fe y su generosidad? Está claro que necesitamos escuchar con atención y respeto las voces de nuestros hermanos y hermanas que están viviendo sus primeras etapas con nosotros.  Seguramente nos sorprenderemos de lo que tienen que decirnos.