CONTANDO MUJERES Y NIÑAS

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Tengo una amiga que trabaja en Cruz Roja, en ocasiones en contacto directo con los refugiados en las fronteras de Grecia. Le habían pedido un escrito sobre el tema de las mujeres migrantes y tuve la suerte de que me lo enviara para que le ayudara a dejarlo mucho más breve, pues era tanto lo que le brotaba que no podía contenerlo. Me impactó que los países que acogen al 86% de las personas refugiadas no sean los más desarrollados, los que más recursos y posibilidades tienen, sino aquellos que presentan realidades más frágiles y empobrecidas. Y, también, saber que más de la mitad de las personas que buscan la manera de salvar sus vidas, en las inciertas y devastadoras rutas de Europa, son mujeres y niños. Ella escribía: “me siguen cuestionando y fascinando las historias de vida de estas mujeres migrantes, su fortaleza y creatividad. Sus trayectorias en la mayoría de los casos son durísimas cuando huyen de la guerra, de la violencia de género, de la trata para fines sexuales. Bastantes logran reconstruirse y construir, desde una autonomía muchas veces recién descubierta. Toman las riendas de su vida, con un poder transformador para ellas, sus familias y su entorno”.

El día anterior una amiga de la Compañía de María y yo habíamos estado compartiendo en un encuentro con Superioras Generales de España y Portugal (USGEP). En uno de los talleres que tuvimos sobre “Experiencias de misión intercongregacional y de frontera”, ella nos animaba a pasar de dispositivos sociales a dispositivos fraternales, a trabar modos nuevos y diversos de crear comunidades de solidaridad. Subrayaba la necesidad de crear redes entre nosotras y con otros, y de ser más activas en posicionarnos ante las causas justas. Una de las generales, al acabar el taller, decía emocionada: “Somos muchas mujeres en la vida religiosa y necesitamos dar respuestas juntas al gran sufrimiento de las personas que se ven obligadas a desplazarse; ser más visibles como mujeres religiosas a favor de esta causa”.

Volvía a casa con esta convicción adentro y el escrito de mi amiga me hizo tomar mayor conciencia de la realidad que viven las mujeres refugiadas, mucho más vulnerables que los hombres y más expuestas al abuso y a la marginación. En estos días en que estamos a la espera, es tan evidente cuál es “la señal” donde el Dios-con-nosotros se manifiesta. La estrella de sus pobres y pequeños nos guía y una pregunta divina sacude nuestra comodidad: en esa Noche sagrada y bendita ¿dónde dormirán las mujeres y las niñas?